Prosaismo desde una distemporaneidad postnacional postmoderna postpornográfica postcolonial postestructural postindustrial postinternética

Las fauces del silencio

El silencio es el principio, es el fin. Cuando callamos impregnamos significados a la ausencia. Siempre parece que el ruido, constante universal, nos atraviesa. El silencio convoca y define la música. Pero en nosotros, erguidos como marionetas en el teatro de la existencia, callar es no nombrar, es anular, es desidentificar. Porque en el abismo cierto de la incertidumbre escribimos cuando callamos y al silenciar a otros ejercemos el poder que nos induce a dominar. Porque en la cacería hay silencio, como hay silencio en la lectura. No es en vano que la musicalidad de la poesía también adorne, con comas, los silencios convergentes.

Silencio es una palabra muy fuerte y muy absoluta. Pero el silencio no existe aquí, en este planeta de escándalos. El silencio no puede definirse, no es el cuchicheo de los grillos en la noche, no es la alerta nocturna del bosque, no es tampoco el beso que calla las bocas cuando terminan de hacer el amor dos jóvenes que se quisieron y cuyo amor fue imposible. El silencio no puede dialectizarse negativamente como ausencia de sonido, ni como negación de las vibraciones sonoras. No, el silencio es la eternidad que en las religiones se promete, pero codificado en un instante que palpa todas las cicatrices de una vida. Silenciar es dominar a otros, porque el silencio, si existe y puede nombrarse, es ese sostener el aliento de terror o  calma, es ese escudriñar los linderos infértiles de lo no dicho, es ese acto, mitad frustración mitad potencia, de mantener la lengua en su lugar.

Silencio, si, se pide, como artificio para el recordatorio de que una vez todo explotó y el ruido fue la norma, es el remanso de los ajetreos y las comidas, de los llantos, como ese silencio que llega después de la tormenta. El silencio es una metáfora y un quiste que nos encorva la audición porque en el fondo queremos mantenermos atados a la inclemente certeza de lo real. Pero lo real también es un artificio. El silencio es un constructo mental, una ideación, un acto, que indica la realización de la quietud, también como metáfora de lo no activo. Silencio es no activar entonces los sonidos, pero existe el viento siempre que nos zurca y nos rompe los oídos con simbologías extrañas. Porque el silencio es parte del lenguaje, como la escritura es parte de la lectura, porque si hablamos, si la oralidad es universal, también la lectura lo es, y en la lectura lo que vale, la atención, es el silencio.

Caemos todos los días —occidentales, orientales, indígenas, todos humanos— a la remilgosa guarida del silencio: como cobijo, como remedio, como ejecución, como poder, como dolor, como lástima, como tragedia, como símbolo, como electrocución, como locución negada, como falibilidad de nuestras lenguas.

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