Prosaismo desde una distemporaneidad postnacional postmoderna postpornográfica postcolonial postestructural postindustrial postinternética

1998 y las primeras rupturas hacia mi juventud temprana

En diciembre de 1998 presenté examen de cinta negra segundo dan. Mi entonces maestro Santiago Escutía Martínez rompía con la asociación de Tae Kwon Do Moo Duk Kwan de México y creaba su propia escuela Excelencia Marcial. Por aquellos años yo comenzaba a inquietarme por asuntos humanistas, leía a El juego de los abalorios de Hermman Hesse, me preparaba para mi último año de preparatoria, iba a la muestra internacional de cina de la CINETECA nacional y mantenía una cierta actividad de escritura. Para mi primer dan de Tae Kwon Do escribí una tesis sobre los cambios psicolóigicos promovidos por la práctica del karate coreano mientras que en esta ocasión para mi segundo dan presenté un trabajo sobre un proyecto de Tae Kwon Do y vida para niños, para hacer una escuela. Realmente quería dedicarme a enseñar Tae Kwon Do. Cubría a mi maestro Santiago en su escuela cuando él no podía estar y era como su mano derecha respecto a las ausencias y clases que debían darse. Pero estaba decepcionado de su actitud hacia conmigo. Presenté mi examen pero solo para dejar poco tiempo después la práctica del Tae Kwon Do. Aunque tuve intentos de volver más adelante en mi vida, la verdad es que nunca pude regresar a prácticar Tae Kwon Do.

Me mantenía escribiendo, comenzaba a emborrocharme fuertemente en las fiestas, quería estudiar antropología y deseaba cambiar el mundo. Era muy inocente, muy ignorante. Ya había dejado casi en su totalidad de jugar vídeo juegos pero de vez en cuando lo hacía en el entonces novedoso Nintendo 64. En contraste con mi hermana no fumaba marihuana y tenía una postura contraria al uso de drogas. Era más deportista, aunque bastante alcohólico. Seguía componiendo canciones en mi guitarra e incluso llevé serenata a mi novia de aquel entonces junto a un trío de jaraneros que me decían sería el nuevo Ricardo Arjona, vaya comparación.

Mi maestro Santiago, que fue muy importante para mí hasta ese momento, también se había decepcionado de que prefiriera ir a ver cine de arte a entrenar, que prefiriera pasar tiempo con mi novia que prepararme para una vida deportiva profesional. Él quería que yo me fuera a estudiar Tae Kwon Do a Corea, que volviera crecido, que optara por un camino, su camino, el del Tae Kwon Do. Yo quería terminar mi prepa, estudiar antropología, leer, ser un intelectual. Y en parte lo logré en el año 2000 cuando envíe mi ensayo sobre la educación en México al concurso del CIDE. Pero no, nunca pude superar la ruptura con mi maestro Santiago, porque el tenía unos planes para mí que yo no compartía y porque el estaba en contra de mis planes de vida, que al final resultaron un fracaso rotundo.

Nunca dejé de escribir, de leer e investigar. No lo haré mientras viva. Incluso al terminar de leer el libro de Hesse sentía la necesidad de escribir una obra teatral donde se plasmara la ruptura de un aprendiz con su maestro, que era lo que me estaba pasando en ese momento. Mi hermano mayor, Emiliano, me recomendó leer el libro de Artaud El teatro y su doble y parecía que el proyecto podría nutrirse para escribir ese guión teatral. Nunca lo hice, nunca lo logré. El día del examen, después de todo ese sentimiento de frustración, de falta de reconocimiento y de tristeza, celebramos en casa de mi entrañable amigo de entonces, Luciano Fernández Sola. Yo no quería saber nada de nadie. Fue una noche horrible.

De aquella época ya no quedan casi personas ni cosas en mi vida. Estaba defraudado, estaba decepcionado y no pude seguir en esa escuela nueva de Tae Kwon Do, en Excelencia Marcial de México. Y no sabía que en menos de dos años mi madre moriría y que me hundiría en una profunda y tremenda depresión. No sabía que me convertiría en aquello contra lo que estaba (un drogadicto o una persona con problemas de adicción), no sabía que perdería amigos, tiempo, estudios, no sabía que mi vida quedaría truncada hasta el año 2010, ni que terminaría en el 2000 con el primer amor y que todo se convertiría en un páramo para mí.

No sabía que Xalapa se volvería la ciudad odiada, el referente de la desolación y el abandono, no sabía que me convertiría en una especie de socipata cuando ya no tendría ganas de vivir después de perder al primer amor y a mi madre. No sabía que me convertiría en una inmensa renuncia a la vida y a su lucha. El cambio de siglo traería sorpreasas que no serían gratas ni agradables y que me harían perder más y más cada vez. Estaría distante, sería un camarón dormido arrastrado por la corriente y tendría que esperar más de una década para poder encontrar un camino de vida nuevamente. La vida se mide más que por los éxitos por las crisis superadas. En 1998 estaba a punto de ingresar a un ciclo de crisis que me llevarían fatalmente a un desenlace poco favorable. En 1998, cuando tenía cumplidos 17 años, escuchaba rock argentino, jugaba foot ball, componía música, intentaba ser alguien en el mundo, pero mi futuro inmediato diría otras cosas, mi destino estaba marcado por la renuncia, por el abandono, por un sentimiento de orfandad, claramente dispuesto en el 2000, al morir mi madre. Y yo no tenía consciencia ni herramientas ni intenciones para saber que me acercaba a una crisis mayor. Pero en 1998, presenté examen de cinta negra segundo dan, mi última gran hazaña deportiva.

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