Blogging poetico

Autopoiesis 2019

Muchas voces rompieron

mi interior. La negrura existe.

Heredé el veneno de mis ancestros

y las cobijas de mi infancia

no perduran. Después de ser

el páramo indómito de la locura,

después del esplendor de cruzar el Pacífico,

después de las noches y de amar la luna,

una pesadilla inmensa —mi destino—

fraguó totalidades desérticas: porque

si la soledad enquista

en la piel y el entorno

es porque nada hay dentro

salvo sombras y ruidos.

 

No fueron caricias ni conquistar

a una bailarina —la más bella de la fiesta—

como no fue caer y doblegarme

a un fastidioso delirio

las instancias que me volvieron

prófugo del presente.

Hoy ya la imagen de aquellos días

esconde en sí

caminos que nunca existieron.

Trunca mi alma, traidor mi instinto,

invertebrada mi esperanza,

este solipsismo me incumbe

porque circuncida mi memoria.

Los tiempos significaron

embestidas o quedarme pegado

a hechos que arrollaron mi psique.

Entonces la bestialidad de la locura

plasmó de negro mis segundos.

El terror escribía en mi cuerpo

todos los días

su balada siniestra y ruín,

las calles eran amenazas,

anclada mi atención en algo imposible,

infértil, caduco y ruinoso.

 

Pero fui al oriente e intercambiar

collares rarámuris que tal vez

sigan por ahí en algún departamento

en Tokio, Nigata o Matsushima.

Fui a un mundo que me era familiar

para volverme ajeno a mi mundo.

El relato del silencio, que mis sueños buenos

ordenaba como figurines en una mesa,

era desbordante. ¿Casi mi voz se vertía

en el horizonte a cambio del terror?

Eran tiempos oscuros y grises, día gris

entonces, diría Cepeda, arrinconado

entre imágenes que ya no eran vigentes.

En el instante del colapso

que pronto fue tarde, que tarde

llegó la paz, que paz fue

sucumbir y renunciar al miedo y la angustia.

Fue cuando dejé de creer en el amor

porque no había ya luz en mi alma,

porque mi boca solo fumaba

para intentar morir, porque mi anhelo

era volver a un estado previo

ya desaparecido, porque los signos

representaban una derrota rotunda.

Derrotado la vida sugió

como siempre siguen las cosas

a pesar de nosotros. Sabina diría

que no tiene mucho sentido

eso que sigue, pero sí,

todo siguió, todo fluyó, todo fue

movimiento y yo… petrificado.

Hoy no es más que una memoria enloquecida y turbia

la que me incita a saber que fueron días

plenos de sosobra y lamentos,

de llanto, demencia, psicosis y muerte,

muerte de mi espíritu, de quien fui

hasta ese momento. Y en cambio

la luz de hoy es distinta, el aire de hoy

diverge de aquel, los amigos, los sentimientos

ahora se nutren y ya no son terror, ya no son

renuncia, ya no son emblemas del abandono.

Sí, renunciar a la vida es un acto cobarde,

traicionar al destino es un acto cobarde,

doblegarse, hunidrse, perderse, es un acto cobarde.

A veces no hay más salida que esa puerta falsa

donde quedan rotas nuestras vidas, nuestras almas,

donde Pandora abre los infiernos propios

para dejarnos huecos y vacíos.

A veces no hay más que pasar el trance

para entender que nada dejaremos en este mundo

porque somos polvo de otros alientos

que dejan en su camino huellas efímeras.

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