Rómulo Pardo Urías escribe

Autopoiesis bis alpha

Entonces… Si 1981 atrapa un hito la fuga indeleble reside en los panteones y las culturas. Si en el horizonte autopoiético, auto narrativo, autobiográfico, resplandece la tendenciosidad o si bien un horizonte de intencionalidades: ¿1981?. Quizá mis primeras incursiones en distintas y dispersas lecturas, temas y problemas, no fue suficientemente nutrida. Mi formación en diversos ámbitos es cuestionable. Aunque en términos del alfabetismo y el aritmetismo, el ser escrito, en nombre propio, la autoreferencialidad, la metareferencialidad, la ontoreferencialidad, en transtemporal. El particularísimo en la concreción de los hechos, casos y fenómenos, debería ubicarse en 1982 y el mundial de España, si mal no recuerdo.

Acaso miento en mis declaraciones públicas porque tengo una memoria de chorlito. Acaso por eso mi ceguera alfabético-aritmética no es privativa. Fue en el siglo XVIII quizá cuando el objetivo de alcanzar al alfabetismo-aritmetismo como mecanismo de libertad, de educación, de progreso, de mejora social, de requisito cultural, se instauró como axioma euroamericano. Porque el problema del alfabetismo por si solo no excluye el tema de distinguir al «hombre de letras» del «hombre de ciencia». Y no sólo bajo las distinciones en los contextos europeos de un Federico de Prusia, de un Pedro el Grande, de una Catalina, de las pugnas Austro-Húngaras y Borbónicas, del pulso y auge academicista, clasicista, monarquista. Pero en los intersticios en los que se observa una discusión incierta —tanto como mi fascinación por cierto siglo XVIII desde Mozart hace más de 25 años—, pasando por el trauma ilustrado, algunas lecturas de Ernst Cassirer, cierto recorrido psicoanalítico (Fromm, Jung, Freud, ínfimo Lacan) y sus relaciones con la antropología desde la escuela de cultura y personalidad (De Vos, Linton, Kroeber) y la psicología cultural (Brunner).

¿Y todo para qué? ¿Todo para qué? ¿Para qué tanto amor?

El planificar lo educativo, lo cultural, lo social, lo institucional, en lo escrito representa el ideal de la educación elemental: alfabetismo-aritmetismo. Desdibujando mi autointeriorización de la interiorizacion vigotskiana, el desgaste de la fibrocidad cronotópica: 1981, 1982, 1983. One decade before and one after. En el aprendizaje de idiomas, la terminología puede ayudar a comprender exclusivamente aspectos. La historia conceptual estaría soportada en el hecho de transplantar la fenomenalidad escrita en un entramado significativo en el todo y las partes. Se trataría de una cosmografía, un mapeo en el infinito textual existente.

No sabía, allá por el año 2001, que Google tuviera una campaña de digitalización textual. Tampoco que fuera cuestionada por autores como Robert Darnton o discutida por otros como Roger Chartier. Asumir una ontología textual alfabético-aritmética implica el problema de contemplar un conducto materializado, un meta-lenguaje escrito. El problema del lenguaje como «continum» o como elaboración mental y material (conceptual/fonética), el tema de su historicidad y diacronía, los fenómenos posibles en una observación minuciosa de documentación, el tema de las identidades colectivas, la asunción del simbolismo eterno y etéreo. Todo confluye en la robustecida instancia mortuoria. Escribo para morir en la palabra, como la palabra antes de ser palabra me mató una primavera. Sordo, ahora. Ciego, ahora, Mudo, ahora. No puedo parar de escribir.

Pero también ando divagante en el tema del graphos: cosmografía, polígrafo. ¿Hispanografía? ¿Luzanografía? ¿Eurografía? ¿Euroamericanografía? ¿Lectografía? ¿Lectogramaticografía? Neologismos, la neologicidad del punto no es discutible. La dimensión del biatlantismo representa un bloque cronológico que también debe descomponerse. 1492-1945 macro equívoco, deshistoricidad, cronofagía, utopofobia. Siempre acaso las piedras ¿surcan los caminos de la des-interpretación? Falta de idea, falta de exégesis, falta de sentido. La vacuidad del olvido también azota mis mañanas. Me pregunto, me reafirmo, me ensamblo con palabras. Pero tengo que verlas. Soy alfabético-aritmético, un producto del alfabetismo-aritmetismo, un simple factor incidental.

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