Gramatopoeticografia y literatocentrismo alfabetocéntrico

Las aristas de la creación

No se crea desde cero, no se puede inventar infusamente, no hay nada nuevo detrás del sol como bien nos recordó Borges. La amplitud para adentrarse en los horizontes creativas, por ello, representa un abismo de posibilidades. Se aprende a escribir conociendo el idioma en el que se escribe, recurriendo a los autores reconocidos, apelando también a un instinto propio para elaborar de forma auténtica los temas, problemas, situaciones, ideas, que la obra requiera. Y en el punto de crisis, eso que nos recuerda Zaid de que no se puede leer todo para empezar a escribir, el abigarramiento textual requiere el uso de algún tipo de criterio.

Desde Aristóteles es sabido que la imitación funge como un pilar formativo para el ser humano. De ahí entonces también que la construcción de los cánones estéticos, intelectuales y culturales responda a un proceso de selectividad, muchas veces auscultado por el tipo de género escrito que se pretende desarrollar. La capacidad de especialización genérica textual, donde un poeta solo escribe poesía y no narrativa, donde un narrador no escribe ensayo, donde un ensayista no versifica, es un síntoma de nuestros tiempos. La creación, no obstante, no responde a esos cinturones particulares. De ahí también la querella entre el mundo académico y el mundo de la creación, que aunque compartan el adecuado uso del idioma y la necesidad de invención renovativa, se mantiene peleados y en pugna en términos del principio de libertad que la segunda fomenta como su caballo de batalla, mientras que el academicismo se muestra mucho más restrictivo. Pero en términos de una cierta institucionalización de la creatividad escrita (con todos esos institutos, fundaciones, escuelas y hasta carreras universitarias para ser creador), el acto de crear queda entonces subsumido al tan inquietante problema de la segmentación genérica.

En términos de escritura, además, la creatividad oscila de expresiones individuales a expresiones colectivas, dentro de los necesarios movimientos intelectuales, ideológicos y eidéticos que conlleva la palabra, el lenguaje y el idioma. Entonces importa conocer las técnicas idiomáticas, pero también alcanzar ciertos niveles de imaginación. No todo puede ser aprendido de la otredad textual ni todo puede ser inventado del nihilismo ontológico. Hay un equilibrio entre el input y el output, la lectura como ingreso y alcance, como información y conocimiento, la escritura como catarsis y como elaboración propia. En ese sentido tanto la creatividad literaria como la creatividad académica precisan este balance entre lo previo y lo nuevo, entre lo interpretativo y lo recopilatorio, entre el ser un savant, un conocedor, y ser un novato.

 

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