Blogging poético

Alfabetocentrismo y literatofagia: lectogramaticidad

Desde el perogrullo de una ontología metalingüística, envolvente de la actualidad neologista, la fenomenología del alfabeto (con sus distintas variantes) no aminora la centralidad del alfabetismo. Pero éste debe asumirse también como aritmetismo. El lenguaje natural y el lenguaje matemático son primordiales para la capacidad simbólica. El alfabetismo y su centralidad representan un hito civilizatorio que nos sitúa, inmediatamente, en la historia de las identidades colectivas. El particularísimo del alfabetocentrismo no se relaciona estrictamente con los dialectos idiomáticos de los grandes sistemas lingüísticos alfabetocentrados, sino más bien con los tipos de escritura que en cada caso se emplea. Aunque sin duda, también existen variantes dialectales escritas según reglamentaciones, autoridades, contextos y variantes geográficas y toponímicas. Un ejemplo es el caso de la escritura divergente de México, para los mexicanos, y Méjico, para ciertos sectores españoles. El problema de la escritura de la X o de la J se observa también en el caso de Xalapa o Jalapa. El fonema X se asocia al sonido fuerte J, pero en consideración con hechos lingüísticos nahuas, por ejemplo, la X se asociaría más con la Ch o Sh, pronunciándose Chalapa, Méchico. Como la escritura del nombre ‘mexicas’. Fue en el siglo XVI cuando se nombre a estos grupos étnicos y colectivos con el apelativo de mexicanos. Hasta el siglo XX se conocían por Mexicanos a los grupos nahuas. Pero en términos de la mitología de Aztlán, nos interesa más indicar los cambios fonéticos y de grafías, sin omitir por ejemplo la sinonimia entre aztecas, de Aztlán, y mexicas, de México. México era Tenochtitlán, la Ciudad de México.

Después de esta digresión… ¿qué sería la lectogramaticidad? Cultural y académicamente se ha querido comparar a la escritura con la oralidad. Pero la escritura tiene en sí misma un micro sistema que es la lectura. No puede haber escritura sin lenguaje, puede haber oralidad sin escritura, pero no puedo haber escritura sin lectura. Si la oralidad representa una competencia lingüística base, la escritura, como meta-lenguaje, cuenta con el sistema de la lectura que es lo que crea el vínculo virtual. La foneticidad de la escritura alfabética no representa un rasgo cultural superior o inferior respecto al desarrollo de la escritura y su asociación fonética. Pero también hay que recordar el valor icónico y gráfico de la escritura. La tradición escrita alfabética, a su vez, no es unitaria, pues existen múltiples alfabetos emparentados: griego, latino, cirílico, hebreo, por ejemplo. El proceso de romance de las lenguas europeas dió cuenta de un proceso de estandarización del alfabeto latino fonetizado al español, al francés, al italiano, al alemán, al inglés, al holandés, al sueco, al danés, entre otras lenguas. El mismo proceso de fonetización ocurrió en América, desarrollando una lexicografía propia: las variantes del ‘creolle’ francés, holandés, inglés, las variantes portuguesas y españolas, pero también el amplio arsenal y registro de las lenguas americanas vivas y muertas: el nahuatl, el quechua, el guaraní, el araucano, por nombrar algunas.

El alfabetocentrismo es una exageración cultural innecesaria pero útil. Es decir, ¿cuánto de lo humano ha sido escrito? ¿cuánto de lo escrito ha sido leído? ¿cuánto de lo leído ha sido comprendido? ¿cuánto de lo comprendido puede ser comunicado? La lectogramaticidad de las cosas —de la vida sobre todo— parte de este alfabetismo-aritmetismo, elemental para el desenvolvimiento del ciudadano, del burgués, del comerciante, del banquero, del industrial. Dentro de este hábito cultural, su instauración colectiva fue gradual y mayor o menor, pero inserta en casos concretos de literaturas y culturas nacionales como la mexicana, la argentina, la colombiana, la cubana, la peruana, la guatemalteca, la chilena, entre varias más en América Latina, o la congoleña y sudafricana, la keniana, la etíope, la egipcia, la argelina, la marroquí, la siria, la saudí, la iraní. El alfabetocentrismo —aritmetocéntrico— también corresponde a un conjunto de saberes eclécticos y diversos —árabes, americanos, asiáticos, medio orientales, turcos, latinos, griegos, egipcios, sirios, persas, hebreos, entre varios más— conglomerados en un canon que se adjudica un nombre totalitario y encubre esta diversidad mediante una terminología (lo clásico es griego y romano, excluye a lo persa, lo sirio, lo hitita, lo egipcio, lo sumerio, lo iraní, y lo hebreo por ejemplo), elaboraciones tradicionales librarías (cánones escritos que se fueron localizando en el romanceamiento de las lenguas europeas nacionales), pero también la unidad semántica del mundo a un sistema de intercambios estables y variantes, interconectados por lo escrito.

Yo imagino a un médico chino en el Popocatepetl. Imagino por ejemplo la ruta Veracruz-Acapulco. Eso que después los Estados Unidos lograron parcialmente con el canal de Panamá. Pero de lo que sí hay testimonio mediante lo escrito es de estos intercambios. El valor, solides y fundamento del alfabetismo-aritmetismo como bien público, ciudadano, colectivo, democrático y signo de una sociedad culta, fue instaurado como valor a partir del siglo XVIII y de las implementaciones del buen gusto como un conjunto axiológico en términos políticos, literarios, estéticos, educativos, económicos, ideológicos y pragmáticos.

No hay escritura sin lectura, no hay lectura sin oralidad, puede haber escritura sin oralidad, pero no lectura sin oralidad. Lectogramaticidad condición de lectura de algo escrito. Alfabetismo-aritmetismo centrado: alfabeto-aritmetocentrismo. Lo neológico como enunciación y potencia enunciativa, como acto de rigor —rigor moráis también— de una kínder geschichte perturbada por senos femeninos desde hace más de 28 años.

Pero la escritura es un ancla: de la graphía al graphos, a la grammatiké, a la littera, un alfabetismo.

Feliz lector-escritura.

 

 

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