Gramatopoeticografia y literatocentrismo alfabetocéntrico

De la escritura y sus aristas

Por lo común se piensa en la literatura como algo subjetivo y único, singular y peculiar. Olvidamos que vivimos lo escrito como algo alfabético y fonético, donde cada representación gráfica encuentra una correspondencia con determinados sonidos. Eso no pasa en otros sistemas de escritura como el chino o el japonés. La escritura es una materialidad y un objeto, pero no es la lengua misma, es un derivado de ella, una especie de metafísica verbal o discurso de segundo orden.

Es verdad que en lo escrito hay subjetividad y unicidad, singularidad y particularidad, pero también hay objetividad y materialidad. De ahí entonces que una sana y buena gramática, ortografía y sintaxis, sean elementos primordiales para el desarrollo técnico de la escritura. Pero la lengua está viva y muta, cambia y se transforma. Por eso las dimensiones técnicas de la ortografía y la reglamentación gramática sean sugerencias de un uso de la lengua mayormente normalizado que orientan el ejercicio escritural. Cuando escribimos escuela la c de la sílaba media suena como k o q y de ahí entonces que vivamos en un universo escrito con disgrafias, es decir, con escrituras no acorde al uso establecido de la lengua. Todo esto también repercute por ejemplo en términos del estilo, que es muy distinto del nivel técnico normativo de la lengua. Ahí, en el estilo, se encuentra la subjetividad de lo escrito. Y frente a este escenario nos enfrentamos también, como creadores, a los antecedentes escritos, a la tradición escrita, en la cual nos queremos insertar como autores.

Toda esta reflexión es para decir que no es posible sin conocimientos ni sencillo escribir, pero tampoco imposible. Yo por ejemplo inventé la palabra Natdzhadarayama a partir de un juego de sonidos que en italiano o alemán corresponden a la vocal con la z intermedia, que suena tz, como ragazza o pizza en italiano o civilization en alemán. Pero la fonética de mi palabra, que da título a mi novela y crea un mundo, es española. Si uno pronuncia N-a-t-d enfatizando conscientemente las consonantes se puede apreciar este sonido naturalmente escrito como lo propuse. Incluso un reproductor verbal lo pronuncia así, por ejemplo el google traductor cuando en español escribimos la palabra y le damos clic a la pronunciación. Así, escribir es inventar y construir, ensamblando relatos o versos, colocando citas o paráfrasis, invocando a otros autores, metaforizando, usando el lenguaje. Y aquí lo que hoy presentó se inscribe, por ejemplo, en la narrativa y el ensayo, en el nivel de la prosa. Porque también cada género escrito tienes sus reglas, sus directrices, sus modos y mecanismos de efectuar un contrato de verosimilitud o semejanza con la realidad impregnada en el escrito. Texto significa tejido y poesía significa creación etimológicamente. Por ello cuando escribimos tejemos, urdimos redes y significados, por eso creamos mundos y universos, creamos personajes y caracteres.

Por si esto fuera poco, olvidamos que una de las primeras virtualidades históricas es la lectura, que no se refiere exclusivamente al acto de leer lo escrito pues también en la oralidad existe el proceso de leer. Leer es descifrar el código de aquello que intentamos conocer, ya sea un símbolo, un signo, un ritual, un rostro, un escrito. Y esa virtualidad, como algo que no se toca pero se percibe, como algo que no es materialmente tangible pero sí perceptiblemente aprehensible, es la lectura. En el mundo del alfabetismo no puede haber escritura sin lectura y el desciframiento del código escrito insta a encontrar elementos culturales que provienen de códigos compartidos.

La escritura tiene aristas, aunque no sea en términos matemáticos, porque los libros son rectángulares y en cada una de sus piezas encontramos libertad, encontramos los ladrillos y el material para construir. La arista es donde se intersectan los ángulos de un caudrado o rectángulo y en tanto intersecciones la escritura también cuenta con ellas. Es decir, un libro se lee y se coloca sobre otro leído y así se crea un infinito fractal, una espiral luminosa que va dando pauta a la lectura y después a la interpretación. Porque esa es otra parte de la subjetividad de lo escrito, la interpretación, que corresponde en sentidos distintos tanto a quien escribe como a quien lee, pero también a quien comenta.

Si del lenguaje nos vamos a la escritura el otro nivel es el cultural, porque la cultura la vivimos a partir de nuestra lengua. El libro, entonces, como material es un objeto que simboliza un mensaje, una obra, un código, como dije y su dimensión cultural estriba en la capacidad de articular una lectura del mismo. La interpretación también es indisociable de la lectura, porque no se puede interpretar algo que no se comprende, pero tampoco puede comprenderse algo que no es asequible a nuestro entendimiento. Cuando nos enfrentamos a un texto en otro idioma y no sabemos cómo se pronuncia o como se lee, aunque se trate de escritura alfabética, lo que hacemos es fonetizarlo a nuestro código de sonidos, es decir, pronunciar las palabras alemanas o inglesas como si se pronunciaran en español, lo cual es un error muy común. Y ahí lo que ocurre es que desconocemos el código fuente para poder leer y para intentar hacerlo lo transformamos en algo que nos sea familiar. La lectura y la interpretación entonces también colocan en juego el problema de la comprensión y el entendimiento.

Entonces tenemos lo escrito, lo genérico textual, lo técnico (ortografía, gramática, sintaxis, puntuación), lo estilístico (subjetivo), lo interpretativo y lo virtual, lo cultural y, por si fuera poco, lo temático y disciplinar. Porque esa es otra de las capacidades escritas, poder insertarnos en una malla de obras, autores, pensamientos, ideas, tradiciones, que nos van a dar el valor como autores. No se puede crear de la nada y tampoco se trata de conocer todo para después escribir. Hay una dialéctica, un movimiento que va del conocimiento de la tradición a la autenticidad de la obra propia.Y es en el cruce de la lectura y lo interpretativo, en el desciframiento del código y de lo cultural, donde emerge otro componente imprescindible de lo escrito, esto es la emoción. Puede haber textos racionales o filosóficos, tristes o alegres, irónicos y satíricos, mordaces y críticos, y en cada casa textual nos encontramos frente a una intención del autor —consciente o inconsciente—. Ahí es donde se comprueba el arte de escribir. Arte como algo formativo, algo que da forma, según la idea clásica de los antiguos al respecto. El arte forja una experiencia que da fisonomía a la personalidad o la sociedad, a un grupo, que da identidad y construye elementos verificables y normalizadores. De ahí, entonces también, que se confunda al arte con la moral, es decir, que el arte debe inculcar buenos valores. Eso ya es una idea clásica del arte, porque además en la evolución de lo artístico, de lo escrito y lo literario, hay movimientos y estilos, tendencias y formas, estructuras y lineamientos presentes en un época o tiempo histórico. De ahí por ejemplo que se hable de la muerte del arte o del cine o de los valores. Pero el arte no es estrictamente una representación que tenga por obligación inculcar un bien moral, eso se sabe desde la estética del siglo XVIII, sino que su intención es mover las emociones, los afectos, las pasiones, más que dar una lección de la correcta forma de vivir o sentir. Porque además no hay una manera única de sentir o de emocionarse, no hay una única interpretación de un texto, no hay una exclusiva manera de descifrar los códigos. La interpretación y la lectura son relativas tanto al mensaje del autor como al bagaje cultural del lector y la posibilidad de especializarse en cierto tipo de textos es lo que da cuenta de cómo un autor puede saber de poesía sin ser poeta o saber de novela sin ser novelista o saber de ensayo sin ser ensayista. Pero todo poeta debe saber de poesía, todo novelista debe saber de novela, todo ensayista debe saber de ensayo. Después de esa apropiación personal del escritor por su materia textual —o género escrito— se pueden improvisar o expresar formas novedosas o disruptoras de dicha tradición textual. Y algo que nos confunde todo el tiempo es por ejemplo la educación basada en el alfabetismo, porque cuando llegamos a la universidad nos dicen que escribamos un ensayo, pero no nos dicen porque el ensayo es el género literario o escrito legítimo para reflexionar y mostrar resultados ciertos y constatables. Porque el ensayo surgió con la era moderna como un divertimento escrito para discutir libremente, por ejemplo con Montaigne, pero también para la desmotración científica, por ejemplo con Bacon. Porque el ensayo académico puede ser filosófico, antropológico, histórico, literario, pero sin duda se inscribe en el universo de la prosa. Entonces se distingue del verso por ejemplo, con sus medidas y sus meticulosos sistemas silábicos, porque la prosa se entiende como algo más libre y espontáneo, algo más de acuerdo a nuestra habla cotidiana, que el verso, como dije, meticulosamente medido. Esto ya es algo complicado porque dentro de la poesía el verso ya no es una medida rígida y estricta en la actualidad, porque no hay reglas o estructuras universales para la composición poética. Sí hay un canon o tradición escrita en cada caso, pero la diferencia entre verso y prosa puede muy bien establecerse como otra de las herramientas técnicas para escribir, cuyo debate actual no es tan relevante. Particularmente a partir del romanticismo se consideró a la poesía en su forma lírica, es decir, la poesía en la que el poeta da voz a sus sentimientos y cosmos personal, porque la escuela clásica no asumía que en la lírica hubiera valor o libertad, sino que se trataba de un tipo de poesía poco recomendable frente a la tragedia y drama y la épica.

En este tenor además hay que ver que el poema tiene su propia narración, como el ensayo tiene su narración y como la narrativa misma tiene su propia narración. Porque narrar es ensamblar fábulas o anécdotas, es contar, es urdir y tejer textos. Y narrar es un acto común también, cuando platicamos, cuando contamos un chiste, cuando recordamos un evento. De ahí entonces que narrar sea un mecanismo de memoria y de escritura, algo que da un orden al discurso y a los hechos, algo que tiene un principio, desarrollo, nudo y fin. Pero cuando nos dicen narradores nos encasillan en un tipo de género textual, cuando nos dicen ensayista igual o cuando nos dicen poeta. Y no podemos conocer todo lo escrito, es infinito. Entonces olvidamos que existe la palabra polígrafo, que es aquel o aquella que escribe muchos géneros textuales. Más ahora, en esta era postmoderna, donde el relativismo es la moneda de todo lo que podemos vivir, en esta era postinternética, donde se ha homologado la comunicación a partir de la infraestructura de internet —que no es lo mismo que la web—, donde todos podemos opinar sin saber, donde todos podemos movernos en el terreno de la doxa que sentenciaba Platón como perjudicial. En este universo saturado de información lo más complicado es hacerse de un criterio propio y frente a eso escribir, como lo he expuesto, no es tan sencillo ni tan complicado, pero sí es necesario porque los atributos culturales de nuestra civilización occidentalista se basan en la lectoescritura.

 

Xalapa, Veracruz 28 de febrero de 2020

 

Leído en Xanadu Art Galería en Coatepec, Veracruz en la fecha anterior

 

 

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