Pornonarcotecnodemocracia

Telecentrismo y postinterneticidad

Llevamos dos décadas en este proceso de telecentrificación gracias a la infraestructura internética. El desarrollo de los medios comunicativos y de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICS) han realizado la lógica de una telecentralidad, donde la distancia se asume de una forma completamente distinta. Hoy, con el COVID-19 el estado totalitario de la telecentralidad nos arroja a un mundo donde las mediaciones exoepiteliales y lo que Subirats analizó como Culturas virtuales —a partir del uso de pantallas para la vida diaria— nos impelen, por órdenes de los Estados, a la falta de contacto.

Si ya de por sí las formas de vida se encontraban mediatizadas e interconectadas, lo que vivimos ahora es la telecentricidad, el centralismo indemne de la distancia. Nos encontraremos sí con ciertas personas, pero la simple idea de guardar una cuarentena en casa, como sugieren los médicos y los mensajes oficiales, ¿nos hará reformular la condición ontológica, el ser mismo de la distancia? Hoy estamos distanciados más que nunca porque nos enfrentamos como especie a retos que jamás imaginamos y porque en el fondo estamos atemorizados.

Pero esta telecentricidad, este centralismo de la distancia, nos puede engullir. Es decir, el automatismo ya existía y en los relatos de ciencia ficción es recurrente el hito apocalíptico que marca el fin de una era y el principio de otra. Pero poner en el centro de nuestros actos el distanciamiento es una forma bastante inteligente de mitigar la acción social en pro de causas antisistémicas o de reartitcular, en una palabra, la totalidad de las relaciones humanas. No dejaremos de ser humanos y lo que está en juego es nuestra capacidad de solidaridad, de comprensión, de sensatez, de inteligencia y cordura. No obstante, el golpe maestro de la pornonarcotecnodemocracia ha sido asestado con un toque que no conoceremos los que viviremos los próximos 80 años.

La telecentricidad entonces nos ha sido impuesta como una forma de dominar y retar nuestra condición de ser, pero con toda la impronta de lo postinternético, es decir, de la vida que pasa por internet. La infraestructuralidad de estos hechos no pueden más que orillarnos a sentimientos de zozobra, angustia, miedo, pánico e histeria colectiva, pero ese es un primer efecto. Realmente el modelo pornonarcotecnodemocrático nos ha engullido en sus fauces informáticas infinitas, estamos solos frente a nuestra pantalla y tendremos que reinventar la vida.

Nuestro activado telecentrismo, además, no puede disociarse de las estrategias geopolíticas y económicas, temas de los cuales es notoria una reconfiguración, a partir no solo de los intereses del gran capital o capitales, sino de la disputa por el ínfimo acto de la vida. Si en el horizonte pornonarcotecnodemocrático la rapiña, el crimen, la desigualdad, la injusticia, la iniquidad, el terror y la interneticidad, nos colocan en un aislamiento, individualista, ¿qué debemos hacer como especie cuando nos enfrentamos a un reto cultural como el de no asomarnos al mundo sino mantenernos conectados por la red? Y este telecentrismo nos impone la pérdida de lo que Aristóteles establecía como el principio de la sociedad, nuestro greagarismo. Pero también nos impone asumir que detrás de los planes ocultos en el devenir histórico, la pornonarcotecnodemocracia es un sistema que en su agotamiento no distingue depredación y salvación.

De esto se sigue que nuestra dictadura telecéntrica y las dimensiones de un nuevo ethos global, también indican que el modelo pornonarcotecnodemocrático verá renovar sus mecanismos y sus elementos modales. La vertebración de la vida a partir de la distancia entre nosotros es una más de las contradicciones —capitales y del capital— que hoy me induce a pensar en el riesgoso peligro renaciente de la barbarie de la dominación de los débiles. El juego de las minorías ya no estriba solo en vivir y producir, sino en distanciarse bajo una imposición que no acalla las necesidades históricas de estos grupos.

¿Dejaremos de paso de aporetizarnos y contradecir la naturaleza?

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