Diario publico de Romulaizer Pardo

Diario público de Romulaizer Pardo 6

Soy hijo de una mujer científica social y de un médico. Gracias a ella me intereso en asuntos humanistas y sociales. Gracias a él intenté ser deportista en mis primeros 17 años de vida. Pero las divisiones ideológicas entre la educación materna y la paterna, me orillaron desde pequeño al alcoholismo. Mi padre me decía de pequeño —lee más, no seas flojo— y mi madre arremetía contra mí (nosotros) —eres un burgués—. El burgués al fin de cuentas era mi padre. Mi madre, ex guerrillera y presa política, izquierdista, docente universitaria e investigadora, siempre fue muy crítica conmigo. Y en el fondo de mis recuerdos no puedo evitar asumir que con la muerte de mi madre en el año 2000 mi vida se hundió. Y aunque mi padre ha estado presente, no significó un lazo profundo ni fiable.

Desde pequeño he sido un vago, un callejero. Mi madre nunca pudo controlarme ni contenerme. Mi padre en cambio me disciplino metiéndome a clases particulares de reforzamiento escolar y deportivas. Mi vida pasó entre ciudades y personas de muchos tipos, moviéndome de regiones muy apartadas e inconexas entre sí como lo son Chihuahua y Xalapa, siempre con un cierto centro en la Ciudad de México. Pero siempre viví la contradicción ideológica de dos personas que se habían amado pero cuya distancia en todos los sentidos se incrementaba cada vez más conforme pasaban los años.

De esa manera la lectura fue una de las actividades que más pereza y tedio me causaron de niño, siempre preferí los video juegos. Al final había bastantes elementos culturales en mi vida: libros, cómics, enciclopedias, viajes, música, arte, teatro, danza, pintura. Siempre hubo algo de qué agarrarse. Yo preferí, muy desde mi inconsciencia infantil, dirigirme sin saber por el camino adictivo, es decir, por ese alcoholismo que comenzó tan temprano como identifiqué que el alcohol me hacía sentir bien y que en mi casa nunca faltaba. Otra adicción fueron los video juegos, donde podía pasar más de 3 o 4 horas pegado a la televisión y la consola. Pero en 1991 me fueron revelados los contenidos pornográficos de Play boy vía televisión satelital y entonces otra de mis adicciones fue la pornografía. Al crecer todo se combino para generar en mi una identidad y conducta adictiva en tres frentes: el mental, el sexual y el narcótico.

La vida fue poniendo las piezas para que en el año 2002 tronará existencialmente. Un exceso de drogas psicodélicas, una orfandad, un vacío existencial, un truene psíquico y fisiológico, me orillaron a la peor crisis de mi existencia. No podía leer, no podía tomar nada en serio. Fueron días de miedo. Siempre mi postura ha sido crítica con los regímenes gubernamentales y en aquel año del mundial de Corea y Japón, donde estuve presente, mi odio y fobia a Vicente Fox se incrementó. Escandalicé Xalapa gritando que amaba a Dariana, una completa desconocida que idealicé y a quien nunca conocí. Y también la psicosis me condujo a creerme controlado por la televisión, es decir, que los medios de comunicación controlaban mis actos, mis movimientos y mis pensamientos. Odié la primera emisión de la Academia, dirigida por Alán Thatcher, a quien también odiaba. No podía vestirme por mí mismo, no podía bañarme, no podía salir a la calle. Escuchaba voces en mi cabeza, tenía delirios conspiratorios contra mí, estaba sumamente obstaculizado y obstruido mental y emotivamente.

Al final las contradicciones hicieron su efecto y en el momento crítico del 2002 no pude resolver la ausencia de mamá, no pude resolver la discordia con papá, no pude asumir el quiebre que vivía. Pero en el medio de todas esas contradicciones mis hermanos me apoyaron. Perdí amigos, perdí estudios, perdí fiestas y esparcimiento, perdí amores. Y todo se convirtió en una pesadilla que se ha ido matizando con los años.

Sí, al final no soy ejemplar ni consciente, no soy más que un residuo de la vida y del siglo XX mexicano. Insisto en vivir y en escribir porque eso me salvó la vida y la existencia, la cordura y la razón, en aquellos tiempos oscuros. Porque al final lo único que podía hacer era escribir, a mano o en computadora. Porque al final de cuentas mi escritura, para bien y para mal, es una forma de elaboración personal de mi circunstancia. Porque la escritura me ha salvado, por eso escribo igual hoy.

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