Rómulo Pardo Urías escribe

Prosa improductiva

Comenzar la indicación de una terrible figura envuelta en la Luz del estrellato es convertir el silencio en la capa audaz de una torcedura del alma. Lo que transita en los átomos de emociones son bestiales recuerdos que dejaron cicatrices. ¿Cuándo perdimos la faz de las caricias entre los años desvencijados que arrebatan una columna de humo? Nadie puede escapar a la muerte y en el designio fugaz del sino que nos persigue con las estrellas nuestros corazones se embalan contra la marea de testigos infantiles. Cada vez que quedamos atrapados en un elevador y deseamos beber un tequila nos escondemos en la figura de un amor imposible y recóndito, como de las costas las olas que golpean y se alejan. Pero en la quietud insatisfecha dentro delpantano del territorio que somos una condición existencial nos acomete insípida en su devenir. Pasan los tiempos, pasa la vida, enquistamos acaso una emoción en alguien y de pronto… pum, ya no somos nadie para nadie.

Cuando precipitados en los acantilados de lo cotidiano embelesamos el oído de un joven o de una doncella, cuando nos sonreímos con un niño, cuando dejamos ver que el vuelo de los pájaros nos conmueve es cuando la vida se pone dura con nosotros. ¿Acaso en el olvidar siempre por la rutina el ser inoperable divino desciframos los códigos ocultos de la naturaleza? Nada comulga con el aliento que ostentamos porque cuando creemos y tenemos esperanza nos acurrucamos a algo tierno y amoroso que desconfigura la esencia misma del perdón. Una tremenda tormenta veraniega, un automóvil, una cerveza, una conversación, todo queda enmascarado como sigilosa maraña de significados. Cuando dentro nuestro descubrimos algo de valor lo rematamos en el mercado de las amistades y ¿con qué nos quedamos? Con una turbulencia podrida que es nuestra alma gimiendo y diciendo que cada vez será distinto aunque cada vez sea igual. Nadie nos puede encontrar solventando los gastos de un viaje a Tahíti o La Habana porque desempolvamos los álbumes familiares con la que sería nuestra pareja, cuando en el fondo no creemos en el amor eterno. Pamplinas. Toda constelación de emociones nos esconde una pérfida marcha al sillón, un café, un cigarrillo, la tenue máscara de los años y las experiencias. Caemos si a los abismos ciertos de la poltrona y en el cansado absolutismo de la sobrevivencia nos inundamos en pantallazos de luz y sombras.

Cada quien se dice es dueño de su propio destino pero eso no es verdad. Si un maldito maniático nos atropella en la calle y perdemos la vida no fuimos dueños de nuestro destino, fuimos dueños de nuestra muerte ¿qué más nos queda? Habitamos mundos, relaciones, espacios, tiempos, que dislocan la profundidad de las ausencias, pero que en su ir y venir, del estar al no estar, pasajeros fraguan las tendencias que inscriben narraciones desfiguradas, como esta. Porque al final no intentamos pensar —vaya, estoy enamorado, qué maravilla— sino deseamos vernos a salvo de la barbarie, del terror, de la violencia. Todo eso nos inculca miedo y nos avasalla, como siervos medievales que no saben vivir sin su amo, sin su señor. Porque también existen elaboraciones de nosotros que no son copias de nadie pero que tampoco son originales como la idea de creer que somos hijos del sol y que al final de cuentas otros son hijos de la luna, porque también hay quien cree en la zoofilia o peor aún en la atrocidad institucional de las Iglesias. Como es nuestra persecución un acto de moralidad elevada, escondemos en símbolos las formas en las que queda fraguada la comunicación de los instantes, porque cada día ganamos y perdemos, porque cada vez estamos más cerca y más lejos de ser nosotros mismos alguien a quien darle la mana y decirle: felicidades, el trabajo es tuyo.

Nadie puede conquistar una montaña, nadie puede construir una conspiración, nadie puede ser un matricida, sin haber dejado de lado la idea misma de que nos salva la distancia y el encierro. ¿De qué nos salva? De ser estropajos rancios en otras vidas, de ser ausencias en otras vidas, de ser unos muñecos superficiales en otros vidas. Porque en esas otras vidas hay dolor, llanto, amor, ternura, pasión, risas, enojo, frustración, coraje, todo lo que nos conforma como seres despreciables en las habitaciones vacías de la eternidad. Como si la esperanza pudiera darnos certidumbre caemos frágiles a la mundanal oscuridad del buenos días, del buenas noches, del aquí déjelo por favor. No, nadie puede salvar a nadie ni si quiera puede ser nihilista si no ha observado con nitidez la conflagración de los instantes. Sí, todo eso es parte de una torcedura, ya lo dije, la torcedura del lenguaje. y nos precipitamos a la realización de la vida como si fuéramos inocentes pero en cambio somos cada vez más maliciosos, más experimentados, más tenuemente divinos. Y así estamos perdidos, siempre, para el otro y para nosotros mismos.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .