Blogging poético

Filias y fobias literarias

No soy un gran lector. Quizá a lo mucho y de lo que más he leído es de psicoanálisis. Heredamos libros de mi madre, ella sí gran lectora. Por ejemplo, de Cortázar recuerdo pocas lecturas, alguna sí, por ahí. De Neruda también algo, algunos versos. Desconozco las escuelas de muchas generaciones en Latinoamérica. A Huidobro me parece no lo leí. Algo de Benedetti me acompañó en la adolescencia, especialmente su narrativa. Siempre he leído muy poca poesía. A Borges lo leí a fuerza en un curso de mi madre. Nada de él reposa en mi bagaje, salvo, eso sí, su Manual de Zoología Fantástica. ¿Cómo olvidar la investigación trunca sobre San Jorge y la derrota del Dragón? En cambio, lo jesuita me es irreconocible.

De México especialmente tengo lagunas fuertes, predilecciones. A los 17 o 18 años adquirí las obras de Lorenzo Turrent Rosas y las leí con gusto, fascinación y empeño. No he leído todo lo que he comprado, ni he comprado todo lo que me interesa. Por ejemplo, a Lyotard lo compré en un remate de saldos en la Gandhi en Miguel Ángel de Quevedo allá por 2000 o 2001. No recuerdo muy bien cómo llegué a Habermas, aunque sin duda mi canon germano se fundamenta en mi amistad con Juan Carlos Villegas de la Universidad Autónoma Metropolitana. Ahí localizó el origen de mi dispositivo seudo consciente de la modernidad.

Fue corta la edad dorada, para variar: 2000-2002. Antropología social. El lado maligno comenzó a expresarse sin profundizar por ejemplo en las colecciones literarias maternas. Sí acaso, e inolvidable, Leví-Strauss y Octavio Paz, sí también Ricardo Pozas, sí también Gonzalo Aguirre, sí además Hesse, Galeano, Pacheco. Abandoné a Monsiváis por incomprensible, pero nunca lo disocié de mi madre. Sí también ese viaje al CIDE, años atrás, ese periodicazo de marzo del 2000, año de mi primera credencial del Instituto Federal Electoral y de mis primeras votaciones. Mi primer participación en un Congreso. esudiantil de educación superior en México. Innolvidablemente también habría que colocar en escena a Varela, Castaigns, Dussel, Kerney y Canclini.

Inolvidable también el Uslar Pietri de Las lanzas coloradas, inaudito como el esclavismo en el Caribe o las Venas abiertas de América Latina. En este torrente desquician debo ubicar a Guadalupe Dueñas, gracias a la herencia de mi hermana Luisa Pardo de Lagartijas tiradas al sol. Un pleito en Chiapas se registró entre nosotros aquel 2000 o tal vez fue en el 1999. Ella Hippyteka y yo intelectualoide. Fueron sinos como su trabajo para los jornaleros en el cofre de Perote o mi incursión en la jardinería. Ahora tenemos un pequeño parque en la casa, un terreno verde, arbóreo y con pasto, bambú, bugambilias y otras cosas por el estilo.

Habló también de la metafórica monsiváiana y de una creciente aversión por la lectura. Siempre olvidando corrientes, estilos, generaciones. La gran crisis comenzó en 2001 cuando leía El junta cadáveres de Onetti, que me dislocó el pensamiento. Antes de eso leer la empresa de los marineros portugueses del siglo XV y XVI fue impactante. Desembocar en la empresa de Magallanes, cuando ya Colón había alzado el esplendor de La Corona de Castilla y Aragón, fue un verdadero deleite.

Habría de considerar mi falta de método y de disciplina respecto al conocimiento de las obras cumbres de la literatura, aunque eso sí, al final del periodo que oscila de 1998 a 2002 me adentré en Camus y sus dos primeras obras, El extranjero y El mito de Sísifo. Pero en términos de lo absurdo había una relación fugaz pero obsesiva por encontrar semejanza con Castaneda y Don Juan Matus.

Si en marzo de 2000 mi pseudónimo de Litto Parusa García aparecía en La Jornada junto al de otros finalistas, en mayo llegamos a la Benito Juárez y mi cuarto, otrora amplio y cómodo, se volvió un micro espacio para dormir. Tenía un estudio en un tapanco interior y ahí solía leer. Tocaba la guitarra y componía canciones. Había dejado la práctica del Tae Kwon Do, con la escritura de dos trabajos juveniles en tono ensayístico, aunque todavía con la ayuda de mi madre, entre 1997 y 1998. Cuando Natalia Lafourcade lanzó su “En el 2000…” para mí se expandía un abismo interior y una desfiguración de la exterioridad. Pero en el 2000 me incliné por iniciarme en la obligatoriedad de la lectura: renuncié a una aventura en Jeep del año con mi padre para ir por tierra a Costa Rica, leía psicoanálisis social, ciencia ficción rusa en inglés, poesía latinoamericana, sosteniendo un registro sonoro de mis sesiones.

Siempre termino en un distanciamiento, muy falaz y torpe, de conglomerados ampliados de referencias. Si en 1998 dí por concluidas mis actividades deportivas, para el año 2000 jugaba soccer en un equipo de señores, adultos y jóvenes. Cascareaba ocasionalmente. Aunque al llegar a la privada teníamos un horizonte de casa y de vida bastante dudoso, con firmeza en la intención de ser antropólogo. Mi madre enferma solicitaba ayuda en varias cosas. Una vez llevé a la casa una escalera de palo de naranjo cargándolo cerca de dos kilómetros y a pie. Sin duda, nuestro terreno, previamente basurero vecinal, carecía de vegetación. Había sí ciertos cafetos, dos o tres árboles de nísperos, guayabos, naranjos, dispersos en un terreno suficientemente grande para dejar ver la desolación.

Fue el tiempo en el que mi gran amigo Ángel y yo comenzamos a intuir la construcción de un jardín, en principio por la preocupación de mi madre al ver lo desolado y triste de un par de lotes que tenían kilos y kilos de basura en su superficie. Fue también el tiempo en el que Baldo comenzó también en el apoyo del jardín, la limpia del terreno, la recolección y sacado de basura. Por si fuera poco eran tiempos de lluvia y cada aguacero desvelaba, como capaz de campamento arqueológico, botellas de vidrio, ollas de peltre oxidadas, bolsas, envolturas de frituras y dulces, vidrios y un gran etcétera ahora olvidado. Gracias a Baldo, quien trabajaba en la Reserva, logramos tener plantadas unas palmeras, por ejemplo.

Margarita compró unos platanales de ornato que dieron un toque tropical pero muy desentonado. Y recuerdo que se sembraron flores, al grado de recordar un campo de cempaxochitl en nuestro jardín. Angel y yo trajimos algo de flora local y regional. Sembramos en la zona trasera, donde solo había una protección, unas bugambilias. Después yo traje bambú y hoy en día tenemos una barrera natural con esta planta.

¿Dónde quedó la letra? Hay rincones de bibliotecas, hay obras grandes y obras pequeñas, hay obras mínimas, hay obras máximas, hay obras registradas y otras que no. El recuerdo del 2000 es un borroso hilo a un conjunto de expectativas frustradas. Mi dificultad fue inclinarme al arte, siempre incomprensible para mí, fue inclinarme a la música, donde también encontraba letras y ritmos, fue acercarme poco a la foto, al cine también. Siempre la biblioteca de mi madre fungió como un estímulo, pero no le entré con amplitud si no en lo específico.

Hace 20 años desconocía el paradero de mis inquietudes. Hoy tampoco las conozco, pero sigo intentando construir un territorio (escrito y ambiental).

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