El problema de esta obra se centra en encontrar las diferencias y convergencias entre la expresión artística plástica y la poesía. En pleno fermento neoclásico y pre-romántico, Lessing muestra un conocimiento profundo de fuentes griegas y latinas, intentado evidenciar los hechos de que la pintura y la poesía son dos formas de expresión distintas por su medios, más no por sus fines, es decir, la representación de la belleza. Lessing controvierte las posturas de Winckelmann respecto a la escultura del Laocoonte y consigue, por ejemplo, evidenciar que la pintura es una expresión del espacio mientras que la poesía lo es del tiempo. Los alegatos que muestra el autor también se mueven en términos de expresar conocimientos lingüísticos —al hablar del lenguaje natural y de la arbitrariedad de sus signos—, estéticos —al indicar la elaboración de la belleza, pero también de otros sentimientos como la fealdad—, históricos —al elaborar una cronología de escultores griegos y latinos de la antigüedad—, además de literarios —comentando a Pope, Milton, entre otros—. El trabajo es importante en muchos sentidos y presenta un estado cultural profundo al tiempo que crítico. Lessing no se inclina ni por la erudición ni por las antigüedades, pero advierte de los riesgos de distintos anacronismos para la segunda mitad del siglo XVIII, respecto por ejemplo a valorar las contribuciones a la discusión poética sobre Homero y sus obras.