pixelandia

Longitud de quebranto

Foto de 2001 o 2002, Ciudad de México

Todo horizonte es prófugo contra el vértigo de los pasos. Tediosas esculturas de memoria reconstruyen el tejido anclado entre el follaje psíquico. La vida comienza y no es tiempo de castigos o sueños. Lánguidas se levantan las insípidas praderas de los instantes, ocasionalmente escrituras destruidas contra el pellejo soporífero de la ausencia. Siempre parece más sensato huir que afrontar, aunque en el vacío incierto la afrenta conquiste lazos tenues de añoranzas. Los átomos mentales circundan la faz misma del intelecto pero no consagran emociones al soplo de los años. Caricias torpes promueven un acto vandálico en la enquistada masa de sitios, personas y eventos. Cuando nos enfrentamos a la muerte y al amor nos asomamos al tino de los perfiles que asoman, abyectos, sus cántigas, mantras, salmos e himnos. ¿Acaso recordar es tan subrepticio como alcanzar la cima de una montaña con un sitio arqueológico? La silueta de los ayeres asoma siempre en el horizonte y nos conquista, porque olvidamos los antecedentes del presente o solemos repasar de memoria sus huellas indecisas.

Cuando conseguimos enfrascar la noche, encapsular las estrellas, intuir el enigma del universo, el sol ya despunta y nos arropa. Cada momento que yace en el torrente frío de los intereses y las envidias nos interpela. Como también interpelamos a otros y en otros somos interpelación. Mitades de silencios y ruidos configuran su fracaso o efectividad en nosotros. Contra la marea narrativa esparcimos tendones semánticos que arropan y articulan discursos poco fiables, poco certeros, poco verosímiles, peor aún verdaderos. Como siluetas imantadas a la astrofísica interior nuestra, la sacralidad de los segundos adviene en el galope fútil de las palabras. Siempre queda para nosotros un atisbo de cordura o de locura, porque acaso los símbolos falaces y ciertos esconden su fabricación en los torrentes insípidos de la consciencia. Ya cuando hemos partido de la cognitividad a la mazmorra de los instintos, acallamos la represa racional y nos dejamos llevar por el impulso escueto del sensacionalismo.

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