Diario publico de Romulaizer Pardo

Crisis y pérdidas, pero año de cosecha

Un profundo vacío me habita desde el año pasado, desde finales del 2018. La vida puso en mi camino a personas muy estimadas, queridas, con vivencias y cariño, con estima, con recuerdos. El año pasado se fueron prácticamente cinco miembros de mi red más cercana. En todos mis ámbitos tuve pérdidas personales. Ya venía arrastrando crisis a flor de piel y al final reventé. Desde el año pasado vivo inmerso en un vaivén pendular entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. He revivido el signo de la orfandad, que me traslada a mi madre y sus casi 20 años de ausencia.

No he tenido oportunidad de desvencijarme completamente ni de rendirme a mis demonios, voy sacando mis obligaciones mínimas, pero estoy absolutamente distante de la realidad y del presente. Me ubico en un camino dónde cada vez hay menos vínculos y circunstancias propicias. Me incliné por un soberbio modo de vida, lánguido. Y al final observo que mi ausencia es producida por mis propios actos.

Hasta el año 2016 carecía de gremio profesional y ahora en medio de un posgrado abierto, por ser de ciencias humanas, es fácil que haya tal vez perdido el rumbo. ¿Qué hace el historiador de las ideas y de los libros? ¿Qué hace el buscador documental? ¿Qué hace un raquítico adulto mexicano indagando la vida y obra de un gran personaje español y su traslado a México y América? Tan simple que es construir historias de menciones, más ahora que las menciones están de moda, ¿qué hago buscando documentos en bibliotecas nacionales y catálogos de fondos antiguos? Tal vez todo sea parte de mis dos frustraciones juveniles de no ser antropólogo ni lingüística o literato, sino haber decidido el camino del tiempo y sus policronías (multitemporalidades y multinarraciones).

Más allá de las condiciones gremiales, las crisis, las pérdidas y los vestigios ciertos de una fatiga emocional y de un temor constante, intento persistir y tal vez poder sacar avante este trabajo que efectuó como una de las huellas posibles al rastrear a mi personaje. Al final del día mis juicios no se transforman por simple prestidigitación sino mediante un falaz intento lector. Me pierde el rumbo oscilante de las historias y las culturas nacionales, omitiendo legados y promoviendo leyendas. Me pierde la posibilidad documental de una episteme internética. Me pierde la voluntad de abrazar una totalidad desquiciante que no es más que un signo de mis dispersiones.

Es más que la relación entre historia y literatura, es más que la fenomenología de la cultura (en artes varias, en discursos varios, en expresiones y pastiches también varias). Es el haber sentido la pérdida de mi voz y de mi intencionalidad, es el haber experimentado un acto de consagración que fue el cúlmen transitorio a un otro estado de mi rol institucional: mi examen de maestría en junio pasado, donde no quedan más que aprendizajes y cosechas.

Porque igual este año coseché jitomates, chiles, limones, amaranto, diente de león y otras cosas vegetales en este jardín. Porque igual sigo sintiendo que fui el peor de los hijos de mi mamá. Porque mis pulmones oscilantes pueden llevarme a desquiciarme y perderlo todo o a proseguir y fomentar el buen camino. Toda esa maraña emocional está ahí. Igual que la maraña transdisciplinaria permeada por una cultura escrita. ¿Y los hallazgos? ¿Y los tiempos? ¿Y la familia? ¿Y los amigos? Por si fuera poco no hay tregua con la pandemia, pero al final del día decidí volver aquí, tal vez con poca certidumbre, para indicarles mi ruta presente.

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