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Enquistadas láminas de ideas y dolores
enmascaran los senderos inquietos
que son almas en los túneles del silencio.
Las fibras condensadas en urdimbres
de palabras y letras envisten lo cotidiano.
Las conspiraciones esparcen su temporalidad
contra el soplo de las páginas y en el sismo
de los espíritus algo esconde nuestra lengua.
Como silban los ayeres en el torpe salto
a la eternidad, es que zambullidas imágenes
inconscientes nos abducen del ahora.
Por todas las singularidades del régimen textual
una especie de magia y mutismo nos alimenta.
Contrapelo del ruido que nos circunda
la luz de los otros implica nuestro argumento
febril en una pérdida de sentido intelectual.
No es un remanso lo que nos deja la existencia
pero sí nos decide entre la poltrona y el trabajo.
En sí la descomposición no es nombre conquistado
si no conquista hecho de fuerza mayor, natural y divino.