La historia alfabética representa una dimensión cultural ampliada en el tiempo y el espacio. Su diacronía nos propone el estudio de las formas escritas, del corpus alfabético que no se restringe a la usual definición idiomática sino que abarca elaboraciones culturales, sociales, económicas y culturales en muchos sentidos. Pensar en la aprehensión de la cultura escrita ostentada an su dimensión alfabética trasciende culturas, espacios y tiempos. No obstante, la tradición grecolatina alfabética nos explica muy bien el hecho del alfabetismo como instrumentación de las naciones modernas.

Si tratamos de levantar cualquier tipo de construcción cultural debemos buscar un camino para alzarlo. Esto significa la construcción de formas culturales que desde la dimensión alfabética atañen a lo escrito. ¿Cómo podemos definir una cultura escrita centrada en el alfabeto? No exclusivamente por la dimensión material, sino particularmente conjuntando los aspectos diacrónicos de la realización de esa cultura escrita.

Existe una base alfabética grecolatina que después sufrió un proceso de romance y ajustó distintas expresiones y fenómenos concretos de hacer variantes alfabéticas. De ahí, entonces, que los distintos idiomas europeos mantengan rasgos compartidos en su alfabetismo y rasgos divergentes entre sí. Por ello, colocar el centro en el alfabeto va más allá de observar sus teorizaciones a partir de un modelo universal, para mostrar la complejidad de sus realizaciones, su fenomenología.

El impulso humanista de los siglos XIII y XIV fue crucial para conocer el alfabeto griego y latino, para traducir a los autores de la antigüedad clásica y para dar fisonomía concreta a procesos lingüísticos de romanceamiento de lenguas como el italiano, el español, el francés, el inglés, el alemán, el portugués, y toda una serie de formas escritas que derivaron de la cultura grecolatina. El impulso para instituir estos idiomas se rastrea con claridad en la Gramática de Nebrija, primer obra de ese tipo en la edad moderna, que dará pasó también, en el siglo XVII, a crear instituciones culturales como la Academia Francesa o la Sociedad de Ciencias de Londres.

El humanismo se propuso recuperar el pasado grecolatino para dar a la cultura una forma definida a partir de la paideia y la areté, formas de instrucción y construcción individuales desde los modelos griegos y romanos. Esta forma pedagógica fue principal para construir un tipo de hombre de letras, entre militar y escritor, que fue representativo hasta el siglo XVIII. En esa centuria el modelo cambió a un tipo de hombre dedicado únicamente a las tareas y oficios intelectuales como los académicos, los secretarios, los tutores y maestros, los copistas y los impresores, entre un sin fin de obreros intelectuales. Por ello, el militar que representa al hombre culto y letrado de los siglos XVI y XVII, como Hernán Cortés, Miguel de Cervantes, Garcilaso de la Vega, por ejemplo, son prototipos que denotan ese humanismo marcial que dio a España sus más grandes glorias. Pero en el siglo XVIII ese modelo cambia cuando se crean las ocupaciones de camaristas y las ciencias de cámara, las ciencias del estado, las reales academias, las tertulias intelectuales, los cafés, entre un sin número de asociaciones que van a dar un giro al tipo de hombre de letras.

Por ello, el humanismo va de la par del descubrimiento y conocimiento del alfabeto, no solo griego y romano, sino hebreo, árabe, para desarrollar otros tipos alfabéticos a partir de idiomas particulares: alemán, ingles, francés, toscano, castellano, catalán, portugués, entre varios más. De ese modo, el humanismo y el alfabeto fueron necesarios para construir al idea de algo universal, algo que fuera escrito y susceptible de transmitirse en el tiempo y el espacio, como las reediciones de los clásicos.

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