En una calle lejos de la vida
una silla permuta los silencios,
contra el sentido del sintagma,
una calle permuta los silencios,
esconde siempre la llama viva,
expansiva, tenaz, ardiente, del hablar.
una calle lejana de la vida
invita a los hombres a morder la boca
de las mujeres y a los niños
a perseguir niñas en los prados.
Sí, una calle lejana de la vida
escupe tumefactos sintagmas
contra el álgido fulgor de la noche
y nosotros, mitades de mitades,
enquistamos la luz en nuestros adentros.
Mitad de mitades en el torbellino
del ajetreo común, en la liviandad
de los ancestros y la fuga de los instintos.
Siempre la calle y la vida se alejan
como nos alejamos ahora de los cansancios
y nos impelen los adentros a una nueva
mueca gris, terrorífica, absorta, falaz.
Siempre quedamos de píe en la indemne
afrenta y nos conquista el sintagma
pero quedamos despiertos, lentos, robustecidos,
en una caminata eterna por los rincones
de las eternidades caducas de nuestras pieles.

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