Si en el tejido de las cosas
nos embeleza una luz
es la costa del sintagma
la que nos abre en cruz.
Porque el dinero nos baila,
nos coloca y atañe
siempre detrás de la vida:
moneda, capital y alarde.
En la conquista incierta
de los testimonios falaces
las cicatrices enclenques
indican los gendarmes
de la vida y de la muerte
son figuras que se arden
contra el soplo de los días:
tiempo, cicatriz cobarde.
Porque en la ruta de los sentidos
las costras de nuestro voz
deambularan con el tiento
que escondemos, hoy atroz,
en el manantial prohibido
de tetas y periodicazos,
contra el vendaval florido
de todos nuestros ocasos.
Silente remanso galopa
en nuestras mitades sombrías
como cortinas que cierran
la luz del medio día, que. es
nuestra sirena y alarma,
alarma de hacer divina
la constricción sonora del ego
y de su filantropía. Pero en la cima
de todos nuestros pecados
caemos siempre rendidos,
rendidos acaudalados, entre sorpresas
de viento, de carne y de masticado,
porque gemimos indemenes
los amores del pasado. Pero sin duda
nos queda frita la cabezota. Una vez
dijimos en nuestra costa
la cosa más interrupta de nuestra voz
y sus alas llenaron el cimiento
nuestro de espíritu y aliento,
aunque perdimos siempre,
nuestra quietud en silencio.
Porque en el mundo no existe
La Paz y la esperanza sino la guerra constante
nos escondemos los sentimientos
en esta tregua fulgurante de mitades
de demonios, dioses brujas y mercantes.

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