Romulaizer Pardo México Codice Digital

Larga marcha al territorio indómito

Mi mundo familiar se ha desmoronado desde antes de la pandemia, mis pérdidas cercanas representaron obstáculos, mi fortaleza se vio quebrantada, mi vida se cubrió de oscuridad. Desde el rincón de una casa vacía, solitario, enquistado en procesos emocionales dudosos, me entrego a la escritura como un acto de vida. ¿Qué decir de mis intentos por tener en este sitio un espacio cultural? ¿Qué decir de mis esfuerzos por crear un diario público? No es posible construir nada cuando se pierde la cabeza y el corazón navega por los caminos de las tinieblas… Pero en el sentido mismo de existir, de respirar, de estar resguardado, la vida es una maravilla, se abre paso. Los días transcurren como una estación que se acurruca en mis recuerdos. Mi mundo cercano, mi mundo íntimo, está dislocado, descolocado, perdido. Y en esto la pandemia ayudó a valorar el hecho de estar vivo, de estar aquí y en el mundo, construyendo, presente. Ese sentido que tiene explorar algo más que la angustia por las exigencias de mi posgrado, algo más que la soledad en esta casa materna, algo más que los libros, los documentos, los papeles que de ella se resguardan aquí. Ese sentido que trasciende el hecho de haber quedado sin guía ni norte cuando murieron mis queridos maestros Sergio Pitol y después Herón Pérez, esa negrura de la muerte, ese revivir, ese volver a sentir, recordar, los peores años de mi vida. La desorientación, el miedo, la tristeza, el dolor, el quebranto, todo se juntó. Perder seres cercanos, inmersos en el infierno de la adicción, perder a mi hermano y amigo Jerónimo, perder también el sentido de estar en el mundo, inmerso en la querella por la ilustración española del siglo XVIII, inmerso en una retable de pérdidas y dolores, de partidas y de instancias y circunstancias que no volverán.

¿Cómo acordar los hechos? ¿Dónde pertrecharme? Todo ha sido una fórmula poco clara, poco convincente, poco firme. Ahora, como dicen las caricaturas el que debe cambiar soy yo, no el año. Entonces no me queda más que retomar el empuje, volver a lo básico, tener certezas, por mínimas que sean. Porque abandoné la poesía, porque me deje romper, porque me orillé a un universo atroz, despiadado y crudo, porque en el fondo también la epidemia me hace ver que la muerte puede estar a la vuelta de la esquina. ¿Cuál es ese territorio indómito? La incertidumbre del presente, de los días, del futuro, nos cuelga a todos por igual. No es entonces lo indomable del destino lo que prevalece sino también lo incierto de la vida, la posibilidad de la muerte en cada día, en cada instante, a cada paso dado. Entonces se trata de una marcha, un camino, en medio de lo incierto, que desdoble por tiempos cortos las posibilidades del ser y del estar, la esencialidad misma del día a día, del un paso a la vez, del presente. Porque también es trata de la trascendencia del pasado, ese pasado cercano, lejano, inmediato, que se vuelca en el inconsciente, que juega malas pasadas, que invade, que atormenta y destruye, que sacude los cimientos mismos de mi personalidad. Porque el problema no es la muerte sino la ausencia, no es la desorientación sino la fatal de soporte, no es la pérdida sino la no recuperación del lazo. Porque en mi corazón que se levanta cada día y que se derrumba todas las veces parece no existir tregua, aunque ahora me encuentro en el intento de construir otros horizontes, de abrir otras puertas, de tener al menos por cierto que mi respiración vale cada porción de aire y de tiempo recorrido, que mis ojos pueden admirar el sol, las nubes, el cielo, este jardín que tenemos, que mis manos pueden escribir, que puedo cocinar, que puedo leer, que puedo estar en el mundo aunque ese mi mundo esté lleno de ruidos, de rincones vacíos, de extravíos y lamentos. Porque al final de cuentas no hay otra forma de actuar que efectuando trayectorias muchas veces azarosas y otras más certeras, porque estamos todos, con esta pandemia, en el riesgo expuesto de morir cuando menos lo consideremos. Y frente al miedo, frente al aislamiento, frente al ruido del mundo y de la enfermedad, no queda más que recomponerse, reconstituirse, con el arte, con la poesía, con la creación. Porque aunque no se trate más de las retaguardias estéticas o de los intentos por figurar en las nóminas de la literatura mexicana, al final de lo que se trata es de seguir el proceso propio, el propio deambular, el propio sentido existencial que puede prevalecer cuando todo parece derrumbarse. Porque en el insigne momento consciente, en el momento de la claridad y de la luz, los hechos y los actos son los únicos que pueden definirnos.

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