Gramatopoeticografia y literatocentrismo alfabetocéntrico

Desmodernidad autoinducida

La compleja trama de las modernidades históricas me inducen a la creencia de una desmodernidad propia, es decir, una especie de negatividad de lo nuevo en la que no puedo encontrar nada salvo intuiciones sobre tradiciones y formas elaboradas en el tiempo. Lo que quiero establecer y dejar claro no es la querella entre postmodernistas y antipostmodernistas sino la dificultad personal para asumir lo innovado como el único valor para lo auténtico. Pero tampoco se trata de que la innovación remita a la originalidad. En esa medida igualmente no es lo nuevo o lo no existente la cualidad propia de este perfil mío. La desmodernidad me remite a un anclaje que trasciende el simbolismo del post abriendo camino a una recolocación de lo previo y lo precedente. Entonces deambulo por mi idea también de lo distemporáneo, es decir, lo destemporal y en ese punto no hay más que la existencia de huellas y vestigios de otras edades que son accesibles en nuestro presente.

La gran ágora de la web me induce en este intento desmodernizatorio a la confluencia entre la más alta novedad tecnológica y el más sincero estímulo de lo histórico, no sólo respecto a la posthistoria elaborada por Sloterdijk sino, sobre todo, respecto a esta dislocación del tiempo en donde se puede encontrar cualquier clase de elemento cultural que no corresponde a un presente o a un tiempo linealmente elaborado. Por eso mi desmodernidad es también el trauma —psíquico y afectivo— de crecer en un mundo donde el cambio es permanente. De ahí entonces que me desmodernizo, me envuelvo en la típica querella entre lo pre-existente y lo posterior del torrente humano, para intuir un etos cargado de costumbrismo académico. Pero en mis intentos por esta desrealidad o desmodernidad autoinducida no hay espacio para una crítica pura ni para una metafísica divergente a la internética. En esa medida, la internet y la web representan el terreno, la ágora, donde lo posible es inabarcable y lo imposible es impredecible. Asimismo, en la seriedad del fracaso por interiorizar la episteme clásica y la episteme moderna el universo simbólico que construyo resta significado a los intentos por desacralizar y desmonumentalizar el patos individual. Los lazos comunicativos tampoco son fiables y en cambio me endilgo una intencionalidad que no surca los linderos del destino y el amor fatí sino sus extrapolaciones más rudimentarias. Sí, se trata de un problema teológico que deviene en una aprehensión trascendental y en una mitología personalizada a partir de la memoria, la evasión, el desconocimiento y la doxología propia. En ese umbral de criticismo dudoso los axiomas de mis instancias intelectuales, culturales, sociales, filosóficas entre otras, responden más a mi alfabetocentrismo, a mía centralidad escrita, a mi literatocentralidad respecto a la compleja urdimbre de elaboraciones y culturas en sus registros mediante sistemas gráficos. Así, lo que resta en este inverosímil relato y esta narrativa desquiciante no es otra cosa que el intento deconstructivista aunque sin una fiabilidad de certidumbre ni respecto a una condicionante intra religiosa. Por ello, mi desmodernidad autoinducida representa un esfuerzo menos de propagación y comprensión que de descriptividad interior frente a una longeva e imposible resolución disciplinaria que puede muy bien anclarse en el trabajo del tiempo y su dislocación, como dije, la distemporaneidad, frente a una contemporaneidad que ya no abarca otra cosa más que su negación histórica y su posthistoricismo.

Uno de los mayores indicios de la modalidad posthistórica de los torrentes actuales de acontecimientos se encuentra, precisamente, en el tráfago de un gremio de historiadores, disperso por todos los países, cuya política de búsqueda de temas abre constantemente nuevos campos. Su existencia testimonia la cristalización de todas las modalidades del pasado en plasma para una history of everything. Que algo haya sucedido hace unas semanas o hace cien mil años importa poco a los trabajadores generales del pasado.

Peter Sloterdik, En el mundo interior del capital. Para una teoría filosófica de la globalización. Madrid: Siruela, 2010. p. 200

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