Distorsión visual o de la irreverencia del pastiche fotográfico y su sátira

Pornonarcotecnodemocracia, luminopatía y postinterneticidad

La relación entre símbolo, infra-estructura y pathos que relaciono en mi título remite necesariamente a la dimensión conjunta de elaboraciones estructurales. Somos todos unos luminópatas, esa es la premisa. El desarrollo cultural pornonarcotecnodemocrático queda muy bien representado por los procesos de sexualización (visual, imaginativa, práctica, pragmática, ejecutiva, etc.), el proceso de internetización (infra-estructuralmente dando píe a un momento postinternético o de interneticidad fáctica), además de una tendencia luminópata, es decir, de afecto, sentimiento, a lo luminozo, a la luz. La luminopatía es inherente a la vida, aunque las proporciones actuales de esta tendencia no siempre sean remisibles a tendencias benefactoras, benévolas o buenas. Lo luminoso y su desarrollo tecnológico puede inscribirse muy bien en la tercera revolución industrial. Mientras que en términos semánticos y simbólicos corresponde al desarrollo tecnológico del presente esta necesaria obsesión y ejecución de lo cultural en un ambiente lumínico.

Toda escritura es un metalenguaje, indudablemente. Al enunciar la pornonarcotecnodemocracia nos podemos ubicar sencillamente en el ambiente político de inicios de siglo al presente año 19. No sólo Berllusconni, Trump y otros secueces de la política internacional sostienen las piezas del poder en juego para la legítima intromisión pornonarcótica narcopornotizante en el universo simbólico. Hay miles de mecanismos de acceso a la versión pornonarcótica de la cultura: obtener dinero, asumir prestigio y fama, generar reconocimiento, obtener méritos, entre un gran etcétera de localizaciones socioambientales del self meritocrático.

La porno cultra no es en sí demeritoria, sino promotora y difusora. En términos culturales lo pornográfico no expone más que una condición ficcional, estetizante y erotizante al discurso. Los mecanismos de erotización también juegan en una economía sexual. La transgenericidad de los roles y su aceptación no estriba en sí en una sociopatía hiper sexualizada. Por el contrario, la experiencia transgénero no es exclusiva de las tendencias sexuales. La poligrafía es, a su vez, una experiencia transgénero. Un cineasta también trabaja en una experiencia transgénero. Sin retomar las metáforas simbólicas y fábulas antiguas sobre los seres hermafroditas, lo transgénero incide en el hacer humano como elemento constante. En sentido tansgresor o en sentido conservador, bajo el signo de la abundancia o de la restricción, entre la dimensión de lo histórico-social y lo arqueológico testimonial: somos seres luminópatas, luminopatías nos impelen todo el tiempo a mantener una incidencia visual con lo luminoso. La luz nos cifra, descifra, entretiene, mantiene, sostiene. La luz y sus formas. ¿Habría espacio para una fenomenología hermenéutica de lo luminoso, de la luz?

Lo porno remite a un proceso de sexualización mediática y a una impronta de carácter gimnástico: las estrellas porno representan un canon de belleza ejercido mediante la potencia de lo corporal musculatorio o de lo corporal estético, para dar paso a una dimensión de lo estético que arrebata el aliento de la sibilancia de los cuerpos estrujados.

Entonces existe una retícula donde se plasman los deseos y donde quedan imantadas las imágenes propias del porvenir. El infinito catégorico sexual de la mujer pornográfica es una intento de manifestación estética que no arremete contra la posición enclenque  de la temporalidad.

El problema es la complicidad voyeurista donde se objetiva y cosifica a la mujer como objeto sexual. El ejercicio de una violencia real y simbólica como parte del nodo de la pornografía, más allá del entretenimiento, fabrica espectadores en todas las escalas humanas.

La narcoticidad de las cosas, de la vida y del actuar es otro de las rasgos de nuestros tiempos, una realización descontextualizada de los rituales de consumo de substancias alucinógenas. El espíritu narcótico es igual que el pornográfico uno de evasión, placer desbordado y mutilación afectiva. Lo narcótico hace vivir a millones de personas en un estado de trance o de negación de la realidad. Pero no es una conducta capaz de subvertir, en todos los casos, el orden del mundo. Sin duda otro rasgo en común con el porno es el de la capacidad monetaria que representa la producción y venta de drogas.

Y en esos términos lo democrático se encuentra en el acceso libre y sencillo de lo pornonarcótico en la interfase internética, esta metafísica de la web que funge como receptáculo y escaparate de lo psicodélico y las elaboraciones narcotizantes y de lo pornográfico y la híper sexualización. Pero todo este acceso está mediado por el contrato comunicativo que permite la tecnología y sus desarrollos a partir del estigma sobre la condición existencial de la vida adulta y sus potencias. En sí, la pornonarcotecnodemocracia profusamente se instaura en el dispositivo luminópata, para dar píe a un subconsciente necropático, a una pulsión de muerte que arroja sus fauces a las entrañas mismas del capital y que se regodea en el mercado. Por esto es importante advertir que el ethos pornonarcotecnodemocrático es indisociable del dispositivo luminópata y del pantallismo, donde los efectos virales de reproducción de contenidos, de obtención de placer con fines evasivos y de saturación comercial mercantilista de los objetos accesibles —en el porno la mujer pornográfica, en la narcoticidad las drogas y substancias (legales e ilegales), en la democracia la gubernamentalidad y los juegos de las mayorías y minorías, y en la tecnología los desarrollos de punta de las TICS y también la obsolescencia programada— fungen como modalidades que permiten interacciones de menor agresividad pero también soportes de comportamientos evasivos, adictivos, necropáticos: los vídeo juegos, el consumo de comida, el coleccionismo, entre otras modalidades de nuestra cultura obsesiva.

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