De recordar no morir

Crisis y memoria

Lo complicado que representa afrontar la muerte de seres queridos y cercanos puede significar un cataclismo emocional perdurable y poco llevadero. La pérdida de pilares emocionales en la vida es algo muy costoso en muchos sentidos cuando en sí como dijera Séneca ley es no pena morir. Y cuando las personas se van de nuestra vida, no sólo los muertos, el precio que pagamos de involucrarnos afectivamente es alto. En ocasiones puede haber rupturas amistosas y en otras serán violentas. Pero en sí las crisis derivadas de estas pérdidas son propicias para el desarrollo personal y el crecimiento por más abajo que se llegué en la escala de la tristeza y la depresión. Hay un punto en el cual después de haber tocado fondo todo empieza a ser hacia arriba, aunque sea de forma lenta. Para mí ha habido distintos momentos de crisis que me han hecho tener estilos de vida bastante dionisiácos: excesos, falta de cuidado, pérdida del sentido, problemas emocionales y afectivos, entre otras instancias. Y por si fuera poco mis crisis pueden estar acompañadas de una profunda frustración y autorepresión. No puedo muy bien dilucidar cuando me enfrento ante crisis fuertes o crisis débiles, pero mis crisis son parte de mi vida.

En el año 2000 ocurrieron muchos eventos significativos para mi vida. Ingresé a la Universidad y tuve el rito de transición de la preparatoria. Terminé mi primer noviazgo serio que duró 4 años. También tuve mi rito de iniciación como escritor cuando quedé finalista de un concurso nacional de ensayo. Pero además murió mi madre. Entre el año 2000 y el 2004 viví un torbellino de muchas emociones, vivencias, cambios de domicilio, entre otras cosas. Viví en la Ciudad de México, volví a Xalapa, troné en la universidad, perdí amores, amigos, viaje a Sonora y Baja California, fui al cervantino, me desquicie psicóticamente, fue un lapso en los que mi vida perdió el rumbo. Volver a Xalapa en 2004, derrotado por la Ciudad de México, por los excesos de una drogadicción complicada y un conflicto emocional severo. Pero para 2005 ingresaba en Xalapa a mi segunda experiencia universitaria, ya no en antropología social sino en letras españolas. Volví a vivir a la casa de mi madre, me encontré con su biblioteca siempre con la obsesión de editar sus trabajos, aunque con muy poca orientación y muy insistencia en emprender la labor. Pero desde el 2000 me dediqué a escribir poesía en cuadernos y eso lo mantuve sin mucha profesionalización hasta el año 2007 que gracias al poeta Alejandro Albarrán Polanco logré publicar mis primeros poemas en una antología nacional, quizá lo muy poco de poesía que he publicado. Pero entre 2005 y 2010 tuve otro proceso muy complicado, intenso, de periodos de lucidez y semi crisis, cuando en 2006 presenté una ponencia en mi primer congreso internacional de diálogos interartísticos en La Habana. En 2007 mis poemas editados por Resistencia y un viaje a Sudamérica que representó mi más ferviente vuelta a la psicotización y la drogadicción. Un fuerte consumo de floripondio y un desquiciante 2008 viajando con psilocibina que me terminó por desquiciar. Después intentos de seguir escribiendo pero siempre en una desfiguración rotunda, completa, contundente. Finalmente en 2010 la decisión de rehabilitarme, de la mano de un acercamiento personal con el maestro Sergio Pitol que me brindó confianza, esperanza, amistad y calidez. Entre 2010 y 2016 un periodo mucho más solido de formación, después de haber fracasado en letras españolas. Una vuelta a las aulas universitarias pero esta vez en historia. La completa certeza de querer sacar los textos de mi mamá y una oportunidad de oro para hacerlo. También trabajo de asistente con el antropólogo Mariano Báez Landa y luego con la profesora de literatura Elizabeth Corral Peña. En 2015 mi participación en el verano de investigación científica de la Academia Mexicana de Ciencia y el trabajo junto al historiador Carlos Sola Ayape. Un boom productivo también publicando otras cosas aquí y allá, una certidumbre en ciertas de mis habilidades y mucha tenacidad. Al final todo concluye en mi titulación como historiador en 2016. Y el último ciclo viene de 2017 al presente, cuando ingreso al posgrado en El Colegio de Michoacán donde me mantengo. En 2020, a mitad de la pandemia mi obtención del grado de maestro y un cierto avance curricular. Finalmente ese mismo 2017 la publicación de los textos reunidos de mi madre, Margarita, en 2018 mis ensayos de juventud entre el 2000 y el 2012, pero también otra vez la muerte: Sergio Pitol fallece y deja un hueco en mi vida y mi corazón. Para 2019 se hace patente sólidamente la mortandad de personas cercanas, mi tía mayor, mi asesor de tesis en el Colegio el Dr. Herón Pérez Martínez, luego también mis perritas en la segunda mitad del año. Trabajo de campo y búsquedas bibliográficas que fueron dando fisonomía a mi “tesis” de maestría. Pero eso sí, mantenerme seguro de que mis estudios son la puerta de una vida mejor, de mi pasión por la investigación, de mis búsquedas obsesivas, desde el 2008, por la vida y obra del autor español del siglo XVIII Ignacio de Luzán.

Crisis más, crisis menos, en este tiempo he conocido personas, he viajado, he participado en congresos, en publicado artículos y libros, he mantenido mi trabajo, me he mantenido a flote en medio de la tempestad. Pero eso sí, los costos se dejan ver en muchas formas, de muchas maneras. Sin embargo, no hay vida sin cambios, ni hay cambios sin crisis. Ahora, desde este 2021 puedo ver mucho más claramente que el ciclo en el que me encuentro, cuyo cierre se proyecta para 2022, es más una bondad y certeza que una prueba infranqueable.

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