Diario publico de Romulaizer Pardo

Diario público de Romulaizer Pardo 19

La internetización cultural en muchas dimensiones ostenta una axiología que debe matizar los principios básicos de las opiniones. Pero en la era de la información las posibilidades abigarradas de ubicar datos, fuentes, documentos, libros, vídeos, fotos, obras de arte, audios, planos, música, es decir, las formas legales de expresividad digital, instan a una continuada querella entre la tradición y la innovación. Pero dentro de los tan cuestionados objetivos del plan de la ONU 2030 el alfabetismo digital es una realidad necesaria de solventarse. Respecto a ser un humanista digital me remito a mis primeros acercamientos al Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española allá por el año 2009 y 2010. También aprendí a buscar libros en los digitalizados por Google y en varias ocasiones los leí en Google Play. Después encontré Internet Archive de donde he nutrido en mucho mis búsquedas librarias y documentales. En uno de esos años me encontré con la plataforma JStor, a la cual ahora tengo acceso gracias a mis estudios de posgrado con mayor libertad, y me suscribí empleando la versión gratuita. También poco a poco fui teniendo conocimiento de Redalyc y Scielo, dos plataformas latinoamericanas, además de Dialnet, europea. Pero el proceso largo entre mis exploraciones en los diccionarios del siglo XVIII español de la Real Academia Española, aquel 2009, hasta por lo menos 2016, cuando presenté mi tesis de licenciatura en historia, fue decisivo. Combinando además estos repositorios y sitios con el manejo, bastante rudimentario y poco eficiente, de una Mac Book 2010, de las blanquitas, me fui acercando también a procesos de edición diversos (vídeo, audio, imagen, texto), y combinando mis habilidades y desarrollos digitales con mis blogs y proyectos creativos.

Portada de este blog con el título anterior Páginas escindidas cuando estaban en línea mis ensayos literarios y otras cosas más que ahora están impresas y publicadas. Vídeos, fotos, entre varias otras cosas que ahora casi no hago.

Pero también, desquiciadamente, me fui adentrando en el territorio de los idiomas, de esta babel renovada, y tan cuestionada, que abre Google Translate. Identifiqué textos alemanes, franceses, italianos, portugueses, entre un sin número de documentos y libros para proyectos de lectura y escritura. Sin saber nada ni de alemán o francés, comencé a leer algunas cosas en esos idiomas y hacer traducciones con las apps distintas que iba conociendo. No quiere decir que sea un políglota reconocido ni mucho menos, pero la anterior cabecera de mi blog tenía una larga frase en varios idiomas. Después, una vez ingresé al posgrado en 2017, habiendo tenido dominado un poco más que básicamente el inglés, debía certificar mi francés y tomé cursos en el Colegio de Michoacán de esa lengua hasta certificarme como lector comprensivo de esa lengua. Ahora me encuentro ingresando en el terreno de la lengua italiana, pero ya manejaba un poco la lectura de comprensión, y escasa habla, del portugués. De mis certificaciones de idiomas tengo puros niveles básicos, nada de gran seriedad, aunque mis búsquedas me han conducido a tener algunas ideas referenciales y lingüísticas de los idiomas mencionados. Tengo, por obligación de mi tema de investigación, una sólida necesidad de aprender latín, lo cual no he hecho, pero me apetecería más aprender griego. Sin embargo, en mis territorios de humanista digital, más allá de las apps y los repositorios, voy identificando mis capacidades lingüísticas como valiosas para elaborar problemas (principalmente históricos, literarios, periodísticos, culturales, estéticos, filosóficos) a partir de esa infinita documentación políglota. Ni qué decir la envidia que siento de mi hermano, colega y amigo Juan Ángel Torres Rechy, doctorado por la Universidad de Salamanca y que actualmente es profesor investigador en una reconocida universidad China. El mismo está aprendiendo la lengua china y a expensas de una presentación del año pasado le obsequié un diccionario español-chino que compré muchos años atrás en una Feria del Libro Universitario de la Universidad Veracruzana.

Pero como me digo siempre a duras penas sé hablar español, mascullo otras lenguas, tengo conceptos, intuiciones lingüísticas. Una de las tareas que me gustaría realizar es traducir, pero no me creo lo suficientemente preparado para hacerlo. Las oportunidades ahí están, siempre abiertas a poder conquistarse, como el temor al juicio y la crítica. Pero al final el desarrollo de un ars combinatoria entre lo digital y lo impreso, entre el español y otras lenguas, entre el conocimiento de las elaboraciones tradicionales y de las formas informatizadas son cruciales para el emprendimiento de un neohumanismo, un neoiluminismo, una neoracionalidad. Pero mis desactualizados conocimientos de gramática, de ortografía, mis dudas y fracasas en el aprendizaje de la normativa española, son notorios. No sé acentuar, a veces me equivoco en eso, aunque creo que es por cómo me enseñaron a dar tono con la tilde, porque las reglas no las sé, no las recuerdo, no las manejo ni domino. El uso de signos de puntuación también me falla, muchas veces, como me criticó Luis Aboites Aguilar, porque uso oraciones muy largas. Entiendo que me puede faltar también actualizar mis conocimientos sobre esos temas, porque también mi trayectoria en la carrera de letras no fue esplendorosa, aunque sí aprendí varias cosas. Pero es eso, a duras penas hablo español, insisto. Me preparo, aprendo, insisto en estudiar, en conocer, a saber y comprender, en entender, en descubrir, en indagar. Me fascina investigar, con los beneficios y contras que eso trae: mis creaciones literarias son cada vez más nulas, cada vez más efímeras y sueltas, sin idea, sin estructura, sin proyecto. Y al haber subido aquí en línea mi libro Tiempos escritos, con mis ensayos, muy básicos, de iniciación al estudio de la disciplina histórica entre 2012 y 2016, he conseguido posicionarlos con un mínimo tino y referencia. Sin embargo, lo que me gustaría para hacer despegar este sitio, sería incluir en sus secciones otros documentos y escritos, otros ensayos (también del posgrado por ejemplo), hacer otras búsquedas, otras investigaciones, otras lecturas. Me falta tiempo, me falta dedicación, me falta entender que no hay totalidad abarcable en el universo de las textualdades infinitas de la historia occidental. Pero voy aprendiendo, voy construyendo un perfil digital. Mantengo este sitio. Por ello mi despegue como investigador digital puede ser sólido y firme a raíz de mis intentos, de mis búsquedas, aunque me falta mejorar mis modelos argumentativos, salir de mis resquicios autobiográficos, dar otro tono a lo que plasmo. Comprender también mis procesos entre el 2017 y el 2021, es una tarea de metacognición, de autocomprensión, de abandono de otras áreas de mi hacer escrito: el segundo volumen de mi saga sobre Natdzhadarayama, publicar mis cuentos, varios proyectos de libros de creación, entre otros. Sin duda mis inquietudes no cesan, no paran, pero no puedo abarcarlo todo. Ni lo digital ni lo impreso. 

Recién ingresado en el posgrado del Colegio de Michoacán (octubre, 2017)

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