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Leer y desenvolver una especie de olvido, ignorar y buscar, acarrear autores, hojas, libros. Escribo para no olvidar, porque se me olvida todo. Desde la instancia de mi memoria quebradiza voy ensamblando instantes que tienen una actitud bastante quijotesca. Por ejemplo, el Quijote no lo he leído. Pero también es cierto, como escribiera Zaid de los muchos libros, que vivimos de muchas formas, quienes leemos y escribimos, en lo inconmensurable. Y en el tratar de acceder a una cultura propia o de construir un criterio personal, la cosa está complicada cuando no existen guías ni certidumbres. Uno puede abrir un libro por distintos motivos, por recomendación, por interés, por tedio, por cultivarse, por lo que sea. A final lo que trasciende el acto de la lectura es el mercantilismo, hoy exacerbado. En las modas efímeras de nuestro hoy no hay tiempo para novedades, porque en sí esa lógica ya no funciona ni opera, aunque todo parezca nuevo, inventado y novedoso. Pero además hay que leer de muchas cosas, porque otra cosa que ya no opera es la episteme clásica y la de la modernidad, exhausta por el postmodernismo, se reinventó en todos sentidos: bajo un pluralismo distemporáneo según entiendo la atomización de las opiniones y los inmensos fluis de lugares comunes en el universo metafísico de la web. Tampoco se trata de las mediaciones ni de los intermediarios de los contextos comunicativos, pero la lectura ahora es una forma de resistir al embrujo audiovisual, predominantemente oral. La gente no lee porque no sabe escribir, sabe pronunciar, pero no escribir. Por eso los dialectos alfabéticos postmodernos, discriminados por la RAE y la “gente culta”, son expresiones fonéticas de la fonetización escrita de lo oral. Pero eso siempre ha pasado, la lengua viva cambia y se ajusta. Pero ya nadie lee, nadie consigue intentarlo, si quiera.

Pero tampoco es que se presuma la lectura como un acto “revolucionario”. Cuando uno lee se transforma la manera en la que piensa, muchas veces ocurre una magia. Cuando uno escribe después de haber leído algo de lo infinito escrito, es que está en el proceso de transferencia mental a la material, es una técnica, como el trabajo. La dificultad es el nivel metalingüístico de lo escrito, su ser un lenguaje de segundo orden, una virtualidad. Porque ahí es donde está el encanta de leer, en lo virtual. Y el encanto de escribir en la simbolización y significación, en el cífraje y codificación, de los mensajes. Y uno que estudia una cosa o que intenta construir un discurso coherente de un mismo autor deberá conocer su biografía, el contexto de sus ideas y actos, sus genealogías culturales e intelectuales, sus relaciones familiares, etcétera.

El Modernismo de Rafael Gutiérrez Girardot, FCE.

Pero la división epistémica de la modernidad divide en saberes y ciencias divergentes a partir de los objetos y sujetos de estudio por ramos y divisiones del conocimiento. La disciplinariedad ostenta un cargo de segmentación porque no todo puede decirse ni explicarse, porque dividimos y fragmentamos nuestros estudios en función de esos objetos y de esos sujetos. Entonces perdemos los hilos de otras complejidades históricas y otras maneras de escribir e investigar, como la tan famosa micro-historia y su posible dualidad macrohistórica. Porque pareciera fomentarse el hecho de que el historiador no lea poesía, que el filósofo no lea lingüística, que el letrado no lea sociología, que el sociólogo no lea etnología, que el etnólogo no lea epistemología, etcétera. Porque al final no existe un entendimiento abrigador de lo humano sino una parcelación de sus formas expresivas. ¿Pero no es acaso el conocimiento de lo humano una intrincada red de saberes?

¿Qué es la modernidad? de Bolivar Echeverría, UNAM.

Y en los vericuetos del monismo disciplinar olvidamos que todos echamos mano de los conocimientos y referencias accesibles en nuestro horizonte de enunciación, en nuestro conjunto de objetivos e intencionalidades, en nuestras formas teoréticas y explicativas, descriptivas e interpretativas. Porque estamos hechos de muchos tipos de mensajes, referentes, códigos, instancias, institucionalidades, experiencias, vivencias, emociones, ideas, libros, sobre todo cuando de escribir se trata, de libros. Por eso nos encontramos con estas tendenciosidades presentes, con este entronizar autores, venderlos y promoverlos hasta el hartazgo, la lógica del best sellar que nunca es real, que siempre habla de elaboraciones masificadas que distan mucho de la patrimonialización literaria, cultural, ideológica, histórica. Porque puede ser un best sellar cada año distinto y se van haciendo olas de sus factualidades pero eso no representa otra cosa que lectura y lectores. ¿Cómo ganamos lectores quienes intentamos construir un perfil propio, distinta de los lugares comunes, fuera de la lógica de los mercados voraces? ¿Cómo nos identificamos los autores que no le apostamos a los premios, los concursos, las becas creativas? ¿Cómo hacemos nosotros para fomentar una audiencia propia? Igual que los demás, pero sin su aparato de marketing, leyendo y escribiendo, promocionando y difundiendo, construyendo un perfil literario propio.

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