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Una complejidad tejida a partir de la circunstancia realizada por síntesis crítica puede muy bien desbordar los contenidos que arropan el terreno del conocimiento. Pero, además, en el proceso falaz de interiorización de elementos epistémicos uno puede caer ciertamente en los desquiciados terrenos de elementos inciertos. Aunque se trata de elaboraciones que muchas veces tienen tintes conceptuales que se definen histórica y contextualmente, disciplinariamente, el problema en sí también mantiene posturas ideológicas y meta narrativas. Pero en el fondo muchas veces me encuentro en la falacia de revisión de materiales que ya no son actuales ni son ciertos ni mucho menos válidos. Es decir, estoy desactualizado. Porque en sí mis búsquedas se centran en interiorizaciones e indagaciones que oscilan de mis primeros periodos universitarios entre 2000 y 2002 y mis inquietudes por entender y comprender aspectos muy definidos de la cultura.

Pero en sí, mis indagaciones, que transitan por dimensiones estéticas, culturales, lingüísticas, filosóficas, literarias, históricas, entre otras, ponen en jaque muchas veces mis propias interpretaciones. Porque en el trasfondo de mis intentos hay muchas variantes no resueltas, muchos cabos sueltos, muchos atisbos de ideas y reflexiones propias no elaboradas. Una comprensión falta de conocimientos mínimos y básicos, elementales, de los lugares comunes, de las interpretaciones colectivas y constructivas de elementos y nociones que permitan asumir posturas clarificadoras. Y ahora, en nuestro presente, me enfrente al problema de los documentos digitales y la saturación informativa que me hacen pecar de ultra documentar mis textos, de saturar de referencias mis trabajos, de ahogarme en documentos, citas y autores, que muchas veces hacen que mi vos de investigación y mi reflexión propia, mi criterio y crítica personal, no existan. En sí, mi problema, en todo caso, parte de no identificar muy bien los puntos claves de lo que investigo y de lo que intento ensamblar como mi problema de trabajo, porque al final no tengo un programa. Pero eso sí, mis exploraciones de lectura dan cuenta de búsquedas algunas veces más firmes y otras veces más dispersas.

Ocasionalmente naufragué en el trauma de la modernidad, es decir, en el instinto industrializado de pretender ser moderno cuando ya ser moderno era ser obsoleto. Entonces me endilgué el problema de ser posmoderno cuando ya ser posmoderno es ser obsoleto. Entonces me muevo en la obsolescencia, porque al final de cuentas no alcanzo a actualizarme. Y en sí el tema es mucho más simple y menos contradictorio de lo que yo puedo concretarlo. Porque finalmente el tema trasciende las disputas entre lo angloamericano y lo latinoamericano, entre las dimensiones diferenciales de la crítica posmoderna a la modernidad y la metacrítica decolonial a la posmodernidad eurocéntrica. Y entonces me doy cuenta que no estoy en sí en los puntos de discusión actuales sino que intento hacer una arqueología que me hace empantanarme y darle vuelta a discusiones que tienen 30 o 40 años, que han avanzado y que desconozco a detalle. Y me encuentro de pronto con trabajos, como uno de Octavio Paz, donde de pronto se ubica la definición de modernismo como la primera corriente cultural y literaria compartida entre España e Hispanoamérica al finalizar el siglo XIX e iniciar el XX, desconocida por la crítica y los estudiosos anglosajones. Y en esos vericuetos de autores, corrientes y escuelas, en esa retícula de personajes, pensamientos, ideas, tendencias y paradigmas del pensamiento, muy bien establezco 1979 con La condición postmoderna de Lyotard el punto de partida para una discusión que llegó hasta El fin de la historia de Fukuyama y la tan aclamada época del fin de las ideologías en 1989 y hasta 1991 con la caída del muro de Berlín. Una micro historia finisecular del siglo XX que en esos términos, eurocentrados, pasa por las críticas dusselianas, por las renovaciones y ampliaciones de la teoría de la dependencia, por el proceso paradigmático del decolonialismo latinoamericano, por la reflexión y discusión de un tipo de modernidad, mito original de la dominación europea en América.

Entonces en mi desfase de tiempos, disciplinas, autores, obras, paradigmas y momentos, en mi escueto intento arqueológico, naufrago en las épocas y los estilos, en los tiempos y las escuelas, en las disciplinas y las subdisciplinas, en las formas históricas de la episteme. Porque injertando otra variable, la de los constructos culturales nacionales, que también fueron cuestionados como metarrelatos en el trabajo de Lyotard, mis intentos navegan por una sombra, un espejismo o imaginario, bidimensional, que plantea un relacionamiento profundo donde existen posibilidades de interpretar, contrariamente a las dimensiones políticas, una dependencia cultural nacional en México de vertiente española en el siglo XIX. Pero no adelanto más, porque la escuela alemana no fue leída directamente, sino por traducciones españolas, es decir, los románticos como Schlegel. Porque nos llegaron en su tiempo histórico los románticos franceses también traducidos por españoles. Los ingleses en traducciones españolas. Todo permeado por una intensa actividad hispánica. Aunque sí, en ocasiones, arribaron obras auténticas de Francia, Inglaterra o Alemania, que construyeron, ejemplarmente, algunas muy selectas bibliotecas, aunque no siempre se trató de ejemplares de última novedad, me refiero por ejemplo a Hegel, a Kant, a Fichte, a Herder, a los hermanos Grimm, a los hermanos Schlegel, a Goethe, a Schiller, a Schelling, entre la égida romántica e idealista alemana, que da un giro en todos los sentidos a la episteme y las formas de conocer y crear, frente a los modelos del siglo XVIII. Y en esto hay que ver además el rechazó que tuvo la Iglesia católica a estos autores, como a otros, en esa querella entre las raíces tradicionales católicas y protestantes, entre los tildados de conservadores y los liberales, según las denominaciones económico-políticas de la época, porque al final esa rotulación también incluía las definiciones de tipos de gobierno, ora monárquico, ora republicano constitucionalista. Y eso fragua el siglo XIX desde sus inicios, desde la Constitución de Cádiz de 1812.

Pero, mis búsquedas y mis inquietudes, faltas de ópticas, de actualidad, de reflexión y conocimiento presente, no pueden ser más que anacrónicas y distemporáneas, fuera de tiempo, dislocadas de la comprensión sincrónica y diacrónica de las posibilidades hermenéuticas que las evidencias me presentan. Porque al final no es más que un intelectualismo falto de entendimiento, una categorización de conceptos y tendencias estilísticas —con sus co-relatos ideológicos— lo que me inclina a ver una linealidad que no es más que una especie de hitología estilística muy poco cierta y creíble según el principio de modernidad habermasiano, la novedad de la moda es el estilo innovado que sustituye al previo como último paso del avance y el progreso. Esa linealidad, tan definible entre los siglos XIV y XX, es una diacronía y continum cuyas discontinuidades son notorias y que representa, más una cronología certera, desde la teleología de las modernidades históricas, un esquema de ubicación para detectar puntos de transición, cambios y modificaciones estructurales, mentales y paradigmáticas, en las formas culturales de la creación estética verbal y el estilo.

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