De recordar no morir

Antídoto

Hay momentos en la vida que nos destruyen por completo. No sabemos qué pasa, a dónde ir, en quién confiar, cómo proseguir. Largas horas, que son segundos, inclementes nos hacen sucumbir a la angustia, el dolor, la tristeza, el miedo, la incertidumbre. Perdemos la fe, la esperanza, la paz, la tranquilidad, la estabilidad, el orden y la calma. Entonces las oscuridades de inmensas pesadillas se convierten en nuestra más áspera espada contra nosotros, contra nuestra voluntad y contra nuestra menta. Atacan nuestro corazón, doblegan nuestra emoción, constriñen nuestro querer, conquistan nuestro mentalidad, nos dominan, nos conquistan, enquistan en nosotros toda esa negatividad que sacude los átomos viles del terror, el pánico, la inmovilidad que nos niega y espasma. ¿Y qué pasa cuando en el instante más oscuro nos arropa una tibieza de luz? Surge una pizca ínfima que se llama Dios, una mínima porción de fe, de voluntad, de armonía, de volición que sacude en nosotros, poco a poco, el terremoto por el que transitamos: ese terror, ese miedo paralizante. Oramos, meditamos, nos debemos a ver lo poco, que es mucho, que tenemos, a observar y atesorar el valor de cosas simples, humildes, sencillas. Vemos que el sol sale, que hay alimentos en la mesa, que no somos enfermos terminales, que podemos laborar, tenemos un techo donde resguardarnos, que podemos mantenernos respirando. Esa pequeña luz emerge, surge, se expande. Gradualmente, como glóbulos blancos contra la enfermedad, va conquistando los territorios doblegados por los otrora dominios del miedo, la parálisis y el pánico. La lucha nos es gratuita, no comienza ni acaba, se mantiene. Porque la vida es esa fuerza que nos invita todo el tiempo a la búsqueda de un equilibrio, de una vía media, en los antagonismos entre las fuerzas luminosos y oscuras. Hay días malos y días buenos, temporadas esplendorosas y otras oscurecidas. No dejemos que las parálisis de miedos, angustias, temores, ignorancias, pánicos, zozobras, inquietudes, incertidumbres, nos hagan dejar de sonreír, dejar de sentir, de emocionarnos, de columpiarnos en la luz, en el sol nuevo de cada día, en el nube juguetona del horizonte, en el baile de un niño, en el vuelo de un ave, en el regocijo de ver crecer una planta o abrazar un árbol.

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