De recordar no morir

Una sesión de fotos de dos semixalapeños en el Distrito Federal en los albores del siglo XXI

Bueno, pues éramos dos amigos que desde el kinder nos conocíamos. Nos reencontramos en la primaría en 1991. Pasamos la secundaria juntos. En la prepa estuvimos en diferentes escuelas pero nos seguimos frecuentando. Y en la Universidad seguimos el mismo camino la Autónoma Metropolitana en Iztapalapa.

La sesión fotográfica corrió a cargo de una admiradora, estudiante de comunicación y periodismo que se afanó en sacarnos las fotografías. Sin mucha complicaciones atendimos su petición. La cosa fue clara respecto a que no serían publicadas ni utilizadas las fotos (cosa que ahora se rompe años después sin fines de lucro ni otros que simple rememoración). Éramos dos pimpollos, provincianos, con distintos perfiles, uno inclinado al área de ciencias, otro al de humanidades. Con distintos tipos de historias familiares, con distintos perfiles formativos, distintos gustos, distintos intereses, distintas pasiones y hobbies, distintos horizontes y expectativas, etcétera.

Cuando pasaron los primeros tiempos de adaptación de cada uno, viviendo con familiares, conociendo los ritmos voraces de la vertiginosa urbe, nos fuimos a vivir juntos a la colonia viaducto piedad, cerca del metro viaducto y la zona de Tlalpan. Ahí rentamos un micro departamento, dos recámaras, una cocina comedor, un baño, una zotehuela, muy rústico todo. Vivimos juntos un tiempo, hasta que yo, en mi frustración, abruptamente decidí emprender un viaje al Noroeste mexicano, a conocer Sonora, Hermosillo, a buscar mis raíces. Y después de ese viaje, que fue el comienzo de mi gran crisis de ese momento en 2002, volví a vivir con él y otro amigo del kinder, la primaria y la secundaria, Mateo, pero que se había ido a Puebla y luego decidió por la UNAM, pero había ya otro involucrado, el buen Ricardo, conocido de la UAM-I, de asuntos de biología, del reventón y de la vida, de los giros del tiempo y de la adultez.

Las fotos, de 2000 o 2001, son la muestra de nuestro punto de llegada, de nuestro momento previo a la pérdida de la inocencia. En mí caso lo que representó una crisis absoluta y tremenda, en el caso de Eric, mi amigo, un reto que superó y lo llevó a afianzar su pasó por la carrera de biología, relacionarse con proyectos y lograr obtener su título de biólogo. Al final, la adultez llegó para él, para mí fueron años de retroceso y pérdida. Pero a este amigo, a este hermano, a este compañero de vida, de correrías, de tiempos y espacios, lo tengo en el corazón, por encima de penurias, de distancias y caminos recorridos.
Aquí solo un recordatorio de nuestro semblante a 20 años de estar viviendo juntos en aquella aventura que diferenció nuestras vidas en todo sentido.

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