Diario publico de Romulaizer Pardo

Diaro público de Romulaizer Pardo 21

Comencé a escribir versos cerca de 1995 sin tener idea si quiera de qué era la poesía. Cuando leí Cartas a un joven poeta entendía que no debía desistir de mis intentos. Pero toda mi vida ha sido la constante lucha entre abandonar lo que para otros es un talento y permanecer en el esfuerzo por conseguir construir un estilo y voz literaria propia. Cuando entré a estudiar antropología social me interesé por la dimensión cultural y entendí que mis inquietudes se abrían a campos mucho más vastos que el de la simple literatura: el arte, la música, el cine, la gastronomía, una serie de expresiones múltiples. Pero después se trató de mis principales escollos y problemas para aterrizar en algo concreto que no fuera exclusivamente las bellas artes y todo se fue al traste con experiencias psicodélicas y mágico-rituales mal encaminadas. Fue el tiempo de mi gran crisis humana que definió mi vida.
Entonces no tuve otro refugio que la escritura y conservo las libretas de aquellos años como testimonio de un lirismo poco fiable, oscuro, escueto, no estudiado, catártico. Un conjunto de vestigios, de esta imposibilidad de definirme, de comprender qué me había pasado —y me estaba pasando— para poder saber que mi vida estaba cambiando para siempre. No dejé de escribir desde entonces, aunque ya desde el año 2000 me había enfrascado en la escritura de poemas y versos que compartía aquí y allá con conocidos, familiares, amigos y amigas. Quería ser poeta, nunca supuse existieran escuelas para serlo ni entendía debería leer poesía y poetas para aprender a escribir poesía. Solo un flujo de conciencia me invadía y salían de mi versos en forma libre y espontánea, sin conocimientos más que elementales de versificación, muy rudimentarios y escuetos, simplones. Ese periodo oscuro de escritura, entre 2002 y 2005, de libretas, sueños y pesadillas, de catatonismo, de crisis, negación, excesos, pérdidas y frustraciones, me condujo de la Ciudad de México a Xalapa nuevamente.
Fue en 2005 después de un cierto nivel de reflexión que ingresé a estudiar letras y lengua española en la Universidad Veracruzana y entonces me enfrenté a nuevos retos y problemas de estudios. Al final lo que me condujo por la senda de la poesía fue la dificultad de comprender el estructuralismo del siglo XX a partir del Curso de lingüística general y de las funciones del lenguaje de Jakobson, particularmente la poética. Me era completamente incomprensible el cambio terminológico entre “poética” y “teoría literaria” que justo se da entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, con las distintas escuelas estructuralistas (Saussure, la Escuela de Praga y la Escuela Rusa), pero no podía en mis escasas disquisiciones al respecto asumir ese cambio o esa modernización conceptual. Principalmente porque desconocía los elementos que fincan esa tradición cultural, literaria y estética. En mi inquietud por descifrar qué era la función poética del lenguaje, la estética verbal, cómo distinguir lo teórico literario de lo bello, lo poético (teoría) de lo poético (poesía o género literario), mis días transitaban entre versos y sacudidas emocionales, escritura sin rumbo, con poca orientación, ponencias como siempre me ha gustado participar en congresos, entre otras labores. En ese ínterin fue que conocí La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies. Y eso me condujo a una rotunda crisis de mis saberes cuando intenté leer la más importante poética escrita en lengua española, según ciertos críticos literarios. Pero aunque no terminé letras españolas, la leí en aquellos años (2008-2010) con ahínco, sin comprender cabalmente muchas cosas, con inquietudes, lagunas, vacíos de información, ignorancia, sorpresa, maravillado.
Ahora que intento hacer una tesis doctoral utilizando este magna obra aprendo de poesía, conozco de métrica, de estilos de versificación, de acentos, de ritmos tonales, de versos, de sílabas. Cada vez más lejos de El arco y la lira y cada vez más distante de los poetas actuales, cada vez más interesado en el siglo XVIII, en la España Americana, en los libros viejos (muchos ahora digitalizados), en los repositorios en línea, en manuscritos antiguos (que en su tiempo eran modernos), buscar interpretaciones novedosas a textos que hasta hace unos 21 años eran prácticamente desconocidos, encamino mis pasos. Y en esa búsqueda, reconociendo mi falta de conocimiento y bagaje cultural, me voy acercando a autores que pueden conformar una tradición interpretativa (aunque contra el autor que investigo) que abren mis inquietudes en varias latitudes. Me encuentro entonces con oportunidades de crecimiento, de apertura, de construcción. Y en ese proceso sigo aprendiendo de poesía, hoy, que nadie o pocos poetas recurren a la métrica en opinión de algunas voces, hoy que no interesa, o cada vez menos, la métrica clásica griega y latina, hoy que estudiar algo como el neoclasicismo puede representar incluso un tipo de excentricidad y exquisitez, por su cultismo, demasiado aristocrática. Y si bien tal vez no llegue a escribir un libro de poesía, no llegue a concursar con un poemario, no llegue a publicar fuera de este weblog mis poemas, aprendo de poesía. Eso lo disfruto. Me falta leer a los poetas, que cada vez me fastidian más.

Con uno de los pocos poetas que sí puedo leer

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