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No saber bien nada, saber poco de nada, ni comprender, no entender, carecer de método. Desde el absurdo del Mito de Sísifo que me destruyó en el 2002 hasta Sloterdijk no tengo un devenir certero ni fiable, una lectura cierta de los que Habermas llamó neoestrucuralistas (Focault, Derrida, Barthes, Deleuze, Lacan, Bourdieu, varios más). Son referencias vacías, vacuas, como Auge, como Godelier, como otros muchos, Chartier, Bloch, Lefebvre, Althousser, Febvre, Goldman, varios, muchos, la escuela francesa. Pero eso me pasó también por Sartre, por el imbécil que me endilgó el Curso de lingüística General en el 2001, cuando solo me podía entusiasmar con una antropología estructural levistrosiana de poca monta. Todo después fue circunstancial, porque al final de Camus pasé a Lyotard, de Lyotard a Habermas, de Habermas a Sloterdijk, en seguimiento de mi amigo Juan Carlos, por aquel entonces interesado en antropología política y una crítica del marxismo. Y pasé también de noche por Marcuse, por la instauración de la filosofía del derecho y la teoría social de Hegel, por el marxismo (siempre como una marxista frustrado, un izquierdista frustrado, un hombre frustrado de lucha social), frustrado de la comprensión de la escuela de Frankfurt, de la escuela crítica, de Benjamin, de Adorno, de Horkheimer, de todo el escolasticismo del siglo XX. También de la escuela inglesa, de Hobsbawn, de Thompson, de Carr, de de Kahler, de los dos Anderson. También de la escuela de Budapest. Ignorar todo eso, todo el circuito intelectual, las dimensiones intelectuales, académicas, culturales, del pensamiento del siglo XX, pero eso sí, haber leído un poquito de psicoan´álisis, muy poco, de Fromm, de Jung, de Freud. Salvo eso tal vez no conozco nada, muy pocas cosas, muy pocos autores. El absurdo también lo circuncidó la tetralogía de Carlos Castaneda de Don Juan Matus, un misticismo que ya dejé fuera de mi vida hace muchos años. Una memoria de los tipos del absurdo que tal vez no hacen más que establecer los patrones de mis desquiciados episodios psicóticos. Pero eso sí, leer, lo poquito que he leído, para tener una simple consciencia de alguna forma.

De Lyotard y de Wittgenstein me quedaron los juegos del lenguaje pero a diferencia de ellos, en la creencia de la prohibición de hablar solo de lo conocido y de hacer nuevas jugadas, me aventuré a la exploración de un sin fin de terminologías, neologismos, falacias argumentativas, redundancias, tautologías, silogismos contradictorios, equívocos, aporias y construcciones lógicas simples falsas hace 11 años. En ese tener me movilicé en un entramado retórico sin avance lógico, sin construcción de sentido, sin significado, con estructuras semánticas dudosas, falaces, falsificadas, faltas de argumentación y desenvolvimiento. Me perdí en la lectura inversiva del español del siglo XVIII y sus formas argumentativas. No entendí que el trabajo del historiador es hacer observaciones de los hechos y no mimetizarse con ellos. De ahí entonces que mi identidad con el testimonio no pueda dotar de significado cierto el producto de mis observaciones. En el equívoco tautológico (denominarme escritor autor literato terapéutico/ autor escritor literato teórico/ escritor autor literato poeta) no hay más que una ramplona intención de aglutinación léxica en lengua alemana (desconociendo el idioma alemán) como sigue: HEILKUNST LITERARISCH SCHRIFTSTELLER VERFASSER, THEORETISCHEN LITERARISCH SCHRIFTSTELLER VERFASSER, DICHTER LITERARISCH SCHRIFTSTELLER VERFASSER. No es entonces el falso neologismo del narkotischengeist lo que puede estar en juego (cuando habría que pensar las posibilidades de la narcoticidad en una fenomenología muy abigarrada y compleja, siempre que tampoco soy filósofo), pero eso sí, como paralelo del Teckhnogeist. Yo entonces intenté hablar de la pornonarcotecnodemocracia, falacia añadida a mis irreverentes inventos léxicos. Al final a duras penas hablo español, no sé acentuar, balbuceo un inglés como de granjero de Tennessee, no habló francés, aunque leo un poco, mascullo italiano y escribo poquísimo, alemán he aprendido menos que lenguas originarias americanas, pero bueno, el colonialismo perdura, incluso en los premios en lenguas indígenas. Entre Lyotard y Sloterdijk las dimensiones de fragmentos académicos, de intentos por ver hacia el futuro, por aprender y jerarquizar, por interpretar, por construir un criterio, fueron ese parteaguas de 2010, ese año de la muerte de Montemayor, de Monsiváis y Saramago, ese año del bel de la Paz para Internet, pero eso sí, un año terrible y después un giro, cuando cumplía 29 y me preparaba para otro otoño, otra década. La compulsión entonces por los libros y las librerías de viejo, por la manía bibliófila, por los adquisiciones, por ese inmenso arsenal hoy ya más disponible, de los procesos de digitalización de la Web, cuando en en el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española hacía mis primeras búsquedas. Y hoy, con otro perfil, ese universo de libros, portadas, caminos, autores, tramas, disciplinas, academias, personajes, tiempos, recuerdos, memorias, ausencias, todo, se va, se irá, no habrá más que relatos conforme pasan los años, los vestigios y remansos de tormentas, acontecimientos, actos, colectividades, grupos, hitos, momentos. Entre 2012 y 2015 visitar la casa de Pitol y las tertulias de ópera con él y su grupo, con las maestras de la Facultad de letras españolas acusadas por la familia del escritor penalmente, las malas de la historia. Las intrigas, las herencias, los malos entendidos. Bueno, Pitol terminó publicando un último libro, El tercer personaje que nos llegó a obsequiar a los tertulianos, que leí, que me sorprendió, que me hizo comprender el último tramo de su existencia, sus últimos momentos, los pasos y tonalidades de su hacer y actuar, sus decisiones, el marco de esas reuniones donde cercanos y extraños convivíamos con el maestro. Cómo olvidar su muro de fotografías, como olvidar su estatuilla de Cervantes, como olvidar su estatuilla del premio Herralde, como olvidar alguna noche que cenamos alcachofas, o que comimos Fruit cake, o que iban a la panadería el Bigote de Tirso Pérez a comprar cuernitos rellenos de chocolate. Como olvidar a Homero y Lola, cómo olvidar a esos amigos. Y ahí también un italiano, Ricardo, una japonesa, Akie, Roberto y Melisa, los cubanos, que llegaron cuando yo ya me estaba yendo, toda la trama, todo el conjunto.
En ese tiempo igual mis días de estudiante de historia, mis búsquedas absurdas, como siempre, mi falta de tiempo, de criterio, de comprensión, de actualidad, de guía, de aprendizaje, pero eso sí, no de ganas. Entonces la búsqueda de un canon, de un tipo de herramientas, de una forma de canalizar inquietudes. Y junto a Raymond Aron, el intento de construir una discusión paralela con el blog que tenía entonces, de humanidades y mujeres porno. Pero ahora sí, también, la lectura de Sloterdijk y esta incomprensión rotunda, inmensa, completa. De Lyotard a Sloterdijk una vida entre literatura e historia. Cuando al final en 2015 me abrigué con la historia intelectual y cultural, todo cambió para siempre en mi vida y después, con el final de mi carrera de historia, con mi tesis de licenciatura, un pináculo era la forma de un tiempo en el cual todo parecía coincidir en una cosa: letras, libros, tiempos.

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