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La inclemencia de los fanatismos

A Lennon lo asesinó un fanático, como al archiduque de Austria-Hungría cuando inició la Primera Guerra Mundial. Las dimensiones actuales del fanatismo son infinitas, incontables, impredecibles. Lo que para mexicanos y latinoamericanos descolonialistas representa la hispanofobia para los españoles lo representa la anglofobia y para los alemanes la francofobia, como para los yankis la mexicanofobia o para los hebreos la islamofobia y viceversa. Igual puede haber marihuanofobia para el cocainómanos o crackofobia para el marihuano como cristalofobia, como puede haber heroinofobia para el alcohólico o puede haber acidolisérgicofobia para el naturopata ritualista peyoteri o ritualista con teonanacatl. Puede existir homofobia para el el heteronormado, lesbofobia igual para la heteronormada, transfobia igual para una heterosexual ortodoxo, o puede existir fobia a la bisexualidad. Puede haber fobia a los futbolistas por parte de los beisbolistas o basquetbolistas y viceversa o fobia por parte de los volleybolistas hacia los jugadores de hockey o patinadores de hielo o puede haber fobia de los maratonistas hacia los taekwondoines hacia los kunfutekas o karatekas o judokas o aikidotekas. Puede haber fobia igual de parte de los pizzeros contra los sushistas o de los paelleros contra los cevicheros o los asadores o de los pozoleros contra los rosticeros de pollos o de los panederos contra los vinateros o de los vinagreros contra los nueceros y así infinitamente. Todos los odios de todos los tiempos representan todos estos fanatismos vigentes, nutridos, condensados y enraizados aquí, en este presente distemporáneo. El que prefiere un equipo y tiene rivalidad con otro, el que odia a una figura pública por preferir a otra, el que ataca a un personaje de la farándula o prefiere un alimento o un deporte o un pasatiempo o un país o un hobby o una disciplina o un saber o un tipo de ropa o marca o idea o estereotipo o técnica o arte o libro o autor o máquina o tiempo o cultura o etnia o territorio o región o hecho físico para colocarlo por encima de cualquier otro hecho o fenómeno. Porque es ese tejido de prejuicios, ideas que no se mantienen ni sostienen más que en la medida en la que se componen de supuestos vacuos pero que devienen actos pasionales y de opinión sin sustento, justo como lo que aquí esbozo con mi ínfima reflexión sin argumentos ni bases científicas ni método ni bagaje cultural ni configuración propia ni sentido ni crítica ni sentido constructivo. ¿Cuál sería mi fanatismo? ¿Contra qué me erijo? ¿Cuál es mi oponente?

Fanatismos que provienen de todas las formas humanas desde las invenciones más tempranas hasta las más tardías, desde el origen del fuego hasta el de la vacuna de Covid-19, fanatismos que atraviesan la experiencia por la que nos propulsan las gamas y tonos que transfieren las hazañas y los negocios de la vida y de la muerte. La necropatía viene por lo menos desde 1919 y se agudizó en 1945 pero no es el fin de las ideologías en 1989 lo que nos induce a creer en el micro ciclo hasta 2001 y una nueva disposición yanki islámica terrorista, globalizante, entre 2010 y el 2019 el de un ethos que ahora reivindica el pacifismo. Una cultura de paz donde caben la agenda de la ONU 2030 y una sin fin de proyecciones, retos, tiempos y futuros en donde no cabemos todos los sujetos ni todas los voces, donde no hay espacio para una totalidad que pueda componer mundos de otredades que no sean distorsionantes o ilegítimas. Eso sí, actos de futuros inextinguibles o incasables o tendenciosos según territorios interpretativos de subalternidades y progresiones acorde a agendas y políticas de instituciones transnacionales, globales y democratizantes —de los “beneficios” y de las desgracias—. Actuación de los fanatismos en el maniqueísmos de todos los odios de todos los tiempos y la dimensión de una cultural global, la aldea global, los gloclalismos infinitos posibles, en su dimensión distemporánea y contemporánea, en su neo metafísica y neo ontología, en su hyperfanatismo: la ligereza, la superficialidad, la simpleza, la espuma de lo accesible. En esta dialógica constante: Manchester VS Arsenal, Cowboys VS 49’s Dodgers Vs Red Sox para hablar solo de estos maniqueísmos catárticos masivos, los fanatismos movilizan en su dimensión más convencional. En su modalidad global las trincheras se convierten en pugnas nacionales en estadios que dirimen (convertidos en orgías multiculturales) en representaciones deportivas las querellas y los mitos identitarios. Pero en el rancio acomodo de los fanatismos y del reconvertir de las elaboraciones ideológicas, en este pedazo de ser desactualizado, desfasado, rezagado, atrasado, mutilado y distorsionado, desterritorializado, destemporalizado, desidentificado, despolitizado, desobjetivado, desubjetivado, en este siglo XXI, el problema radica en una espesura que cataloga primariamente las antípodas en la experiencia de la repulsión. La propagación de las modalidades virales de los fanatismos no permiten otra cosa que el impasse en un estatus necropático rotundo y contundente, un estatuto falsificado, diplomático, de esquematización infértil, fáctica y rota. Porque en este híper fanatismo, en la hyperfanaticidad todo se vale, nada se pierde. Odiaros los unos a los otros, podéis ir en guerra.

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