Desinstintividad musicalista

Se hizo cuchillo en mí

Charly García hizo parte de mi crecimiento y mi existencia, hizo parte de mis días, de mi juventud, de mis búsquedas y de mis primeras pesquisas como un incipiente y mal historiadora de la música, del rock argentina del último tercio del siglo XX. he contado otras veces de mis anécdotas sobre mis incursiones y confluencias con la argentinidad, que ha sido mucho más musical que literaria, cinematográfica o teatral. No soy ninguna excepción. En México hemos sido recolonizados por los Argentinos desde los setentas y ochentas del siglo XX con la bandera de un latinoamericanismo en disputa porque también ha habido una vertiente chilena, peruana, colombiana, venezolana, boliviana, uruguaya, y entre aquellos existen igualmente pugnas, querellas, diferencias. No es aséptico decir argentino-mexicano como no lo es decir peruano-mexicano ni colombiano-mexicano, etcétera. Y la dominación argentina en México vino de la mano de su rock nacional, sus migrantes y académicos, sus exiliados. Con los chilenos pasó algo parecido, en menor escala, igual con los peruanos, en otros sentidos. No conozco todos los ejemplos, ni sé todas las variantes, aunque tengo cercanía con experiencias de índole diversa. Eso sí, en el nombre de Latinoamérica se enarbolan conglomerados con tintes bolivarianos que no siempre asumen las diversidades étnicas en cada situación, mucho más emparentadas en Perú y México que en Argentina y Uruguay, por ejemplo, con Chile como un ejemplo más mediado. Pero el rock argentino potenció esta reconquista sudamericana, lo que hoy en día es la hitología de la escuela decolonialista, el perfil mitológico profundo y ampliado de las camarillas académicas, los grupos intelectuales y la profusa dimensión de interpretaciones culturales en mucho metacríticas de lo eurocentrado desde su eurocentralidad antieurocentralista. Más allá de eso Charly García me hizo recorrer sus proyectos musicales, en una recomposición muy rota, muy desfigurada, muy maltrecho. Desde la infancia con su Yendo de la cama al living y hasta la potente Hija de la lágrima transité por los vericuetos asombrosos de Sui Generis y las travesías absolutas de La Máquina de Hacer Pájaros. Los bajos increíbles de Pedro Aznar, la batería de Moro, los descomunales teclados de Charly. Me embebí de Seru Giran con la magnífica guitarra de David Lebón, sus requintos limpios, bluseros, melancólicos, los Beatles en español, una banda incomparable. Y Con el fin de siglo me fui involucrando en otros proyectos de Charly, con su proyecto de Say no more, sus devaneos con la era electrónica, sus tributos a los Beatles, sus caprichos, su época con el crack, con sus excesos, cuando se aventó de un quinto piso a la piscina en un hotel. Pero de ese tiempo es este inmejorable disco Alta fidelidad que grabó con Mercedes Sosa, incomparable, experimental y grandioso. Una pieza que dentro de mi colección de discos, ahora ya tan poco empleados y recurridos, hizo parte de mis búsquedas, andanzas, adquisiciones, momentos y vivencias. Esto disco que obsequié en copia a mi amiga estimada y querida Erika Carrillo, de quien hace poco murió su madre, emprendedoras ambas, grandes mujeres ambas, luchadoras, impulsoras, inigualables, grandiosas. Siracusas esta última línea como homenaje y recordatorio a esta dupla de mujeres, que hoy viven una transformación absoluta, rotunda y total en su hacer vital, una por su partida, otra por su permanencia y orfandad. Al final, este disco, de muchas formas, se hizo cuchillo en mí.

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