De recordar no morir

Neruda en mi vida

Leí a Neruda poco, a mis 18 años primero. Mis sesiones de lectura de algunos de sus poemas fueron escuetas y sin consciencia. Creo que nunca podré tener consciencia. Supe era un grande, no lo entendí ni lo entiendo, más allá de su Nobel y de sus hazañas intelectuales. Poeta, chileno, muerto el año de la dictadura de Pinochet, 1973. Para mí no fue un molde ni ejemplo, no fue una manera de conocer y profundizar en la poesía. Esas sesiones de lectura primerizas fueron en el 2000. Con esa incipiente forma de acercamiento sabía de sus cartas de amor, de algunos versos suyos, también por un compañero de la prepa, Josue, el alto basquetbolista, que se fue a estudiar al Tec de Monterrey, deportista, como yo, de alto rendimiento, ajedrecista, él dedicado a las ciencias duras, yo a las humanidades. Neruda no me marcó en ningún momento. Dentro de la cronología de mi inconsciencia ese 1973 marca un año parental importante, aunque no reconozca claramente el año de Allende y las fuerzas yankis en Latinoamérica. Eso sí, es claro que me embarga el recuerdo de ese 2000 y el micro ciclo hasta 2004, año de un ácido lisérgico viendo una lluvia de estrellas con quién conocí las tres casas de Neruda en Chile, Jerónimo, mi mejor amigo, de quien la vida ahora es un cuento de nota roja y cárcel. Y ese 2004, ese ácido que nos hizo compilar un cd con mis canciones, Amenecimos lloviendo estrellas, fue singularmente un evento de sinergias entre voces que se movían tambaleándose como agudos compases. Eventos que se maquinaban o estremecían entre vecinales recuerdos e instantes, aunque el año pueda ser más bien 2003 y no ese 2004, cuando más bien volví derrotado a Xalapa de la Ciudad de México, destruido y fulminado, quebrantado y frustrado, después de haber abandonado por completo mis estudios de antropología social en la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa. Pero para 2005 ya estaba en el intento de estudiar letras, otro sueño guajiro. Y en 2007, igual desde la inconsciencia, viajé a Sudamérica con Jerónimo. Llegamos separados a Santiago y nos encontramos allá. Fuimos entonces compañeros por unos días o semanas de ese recorrido por tierras de Egaña, Bello, Ercila, donde conocimos las tres casas de Neruda: en Santiago, Valparaiso e Isla Negra. Al final nos separamos en el camino, rencillas más o menos presentes por itinerarios de viajes, diferencias y posturas cambiantes. A su regreso a México me obsequió el discurso del Nobel de Neruda en una edición de los dosmiles, que leí con gusto. Nos reconciliamos. Y las fotos de esas residencias de lujo, glamour, excentricidad y coleccionismo, quedan aquí, en memoria de ese viaje, de ese poeta, de ese amigo, Jerónimo.

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