Amar a alguien que no te quiere
amarlo desconociéndolo
dar la vida por él, entregar el alma.
Vivir en el fuego cruzado
del hábito de la renuncia
y la rebeldía al cambio
como un adaptarse al infinito reiterar
el espasmo violento convertido
en herida-cicatriz reflejo.
Manantial demacrado
entonces es la consigna
de creer inventar un día otro
por la rendija de otredades que son
mismidades de silencios quebrados.
En el gritar vertiginoso
de lo común, estancamiento
residual de todo dolor acumulado,
violentamente soportaste todo
por amar a alguien que no tiene rostro.
Porque el fantasma frente a ti
que te arrincona cada noche
es el inmenso poder de tu miedo y desconsuelo
revolcándose contra ti cada vez más fuerte
hasta que terminé contigo
o lo venzas y construyas
algo que no te atreves a ser desde aquella noche.

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