Rompí mi juramento de cinta negra. Traicioné mis principios. Abandoné el camino recto que había trazado. ¿Cómo definirme hombre en este mundo de identidades mutantes? Desproporcionadamente me doy cuenta que mis fracasos juveniles me potenciaron en mi actualidad. La primera década de los dosmiles fue una explosión agridulce, de vaivenes contradictorios, excesos, deseos de muerte, reintentos, indecisión, aventuras, desorientación. Esa primera década de incredulidad, de falta de aceptación, de negación de mis problemas de salud y psicológicos. Primera década de búsquedas mal encaminadas, sin método, sin disciplina, muy explosivamente, inconscientemente. Navegué entonces por rumbos disímiles, por conflictos heredados de la muerte de mi madre, de ausencias y presencias, de cercanías y distancias. Tiempo que se truncó en muchos sentidos, iniciático con la antropología, formativo con la lengua y literatura españolas, fatídico con las mutilaciones de proyectos de vida. Esa primera década del siglo XXI y los episodios dramáticos y tristes, depresivo, de encierros, de aislamiento, de rupturas, de grandilocuencias exageradas y ficticias, de búsquedas y exploraciones intelectuales, de mucha rabia, mucho dolor, un resquebrajarse de mi mundo.
He notado dede ese tiempo como aspectos de ese mundo propio, de ese cosmos de vivencias, personas, instituciones, seres, ha ido desapareciendo: muertes, cambios de nombres y proyectos, deserciones, traiciones, distanciamientos. A mi hermano y amigo Jerónimo le dije hace años, por aquel 2010 en tiempos del bicentenario, que mi vida sería la de un cometa. Y tal vez solo sea eso, un simple cometa que pasa, obscureciendo y alumbrando.
Traicioné mis principios, rompí mi juramento de cinta negra. Perdí mi ética, mi moral, mis valores, mis preceptos. Perdí mi guía. Hoy intento ser un hombre más centrado en una forma de vida positiva. Lo hecho ya no puede remediarse.