La poshistoria eventualmente anula la historicidad o al menos estrecha sus nexos extrínsecos con el hacer humano. Una inmensa sincronicidad avasalla los instantes en los cuales nos colocamos como observadores del devenir del tiempo. Pero si nos ubicamos como sujetos sociales y no exclusivamente como átomos individuales lo distemporáneo se fragua como amalgama de las condiciones postmodernas históricas. Aunque la postmodernidad niegue lo histórico siguen existiendo elementos de historicidad pero ahora movilizados en una diáspora heterogénea, hípersemántica, en un movimiento que consta de grupos, colectividades, pero igual de átomos individuales. Entonces lo distemporáneo es como el relativismo humano heterogéneo y polifacético, que no se ancla más en los meta-relatos de la nación, el género, la religión, sino que indaga y explora micro-relatos identitarios. Y si la teleología como las causas finales representa una fachada axiológica (a partir de causas y movimientos sociales metanarrativos como la libertada, la emancipación, la nación, la felicidad, entre otros) que ahora se ha diluido en el trance a la época xerox de reproducción ad infinitum.

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Ya no existe una teleología unívoca, eso nos lo dejó en claro lo postmoderno, pero en la multiplicidad de los eventos, las agrupaciones, los ideales, la postmodernización del tiempo, eso que es parte de lo distemporáneo, comulga con una serie de agendas multinacionales y establece, así, otras formas teleoloógicas. En el péndulo que oscila del sin sentido del suicidio al compromiso con micro causas sociales, lo distemporáneo permite el aglutinamiento de seres, ideas, expresiones, personas. Sin regirse por un exclusivo principio de autoridad, la sociedad distemporánea evoca un jarrón hecho esquirlas, el jarrón de la modernidad, que se ha caído del pedestal de la unicidad y que ha fragmentado multifacéticamente la totalidad de la experiencia humana. El ser distemporáneo social aboga por una multiplicación de lo sorprendente y lo micro narrativo que puede volverse viral, hasta el absurdo y el cansancio. Ahí es donde el atomismo social, individualista, consagra a lo distemporáneo una fenomenología de lo cultural. Entonces las teleologías imperantes desde instituciones trasnacionales configuran asideros desde los cuales la distemporáneidad se practica y ejecuta. Agendas individuales, agendas globales, agendas regionales, agendas locales, agendas nacionales, una multitud de teleologías sacuden el ser del tiempo histórico distemporáneo, conceptualización histórica de lo distópico, de la desestructuración social, de la deconstrucción, de la destotalización.

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Las agendas teleological remiten a puntos hito en el devenir de los acuerdos internacionales, pero la viralidad de eventos culturales, fenómenos naturales, catástrofes sociales, entre otros fenómenos, da cuenta de cómo frente a esas teleologías (impuestas por la ONU, la UNESCO, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de la Salud, entre otras) la concreción y realización de sus programas no representa más que una condición postmoderna en la postmodernidad, una opción más dentro de las opciones posibles de su realidad. Por ello, el sujeto partícipe de lo distemporáneo abarca e incide en ámbitos absolutamente antagónicos y concreta así todas las dimensiones de la contradicción lógica que pueden fraguarse entre un pendular movimiento oscilante del capitalismo más exacerbado y contumaz a un anticapitalismo esclerótico y aislante. Pero en sí, el problema del sujeto distemporáneo no se reduce a los antagonismos maniqueos sino que se permea por las confluencias disímbolas y divergentes entre experiencias vitales, sociales, identitarias y culturales polihédricas, multifacéticas, multiculturales, políglotas. Así, las restricciones subjetivas son oportunidades de solidificación identitaria, la pluralidad cultural es un modelo constructivo de sociedad, frente a los fundamentalismos, los anquilosamiento retro modernos, la espasmódica hechura de nuevos totalitarismos.

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