La configuración personal de un proyecto de investigación que demoró y tardó mucho en consolidarse, aun cuando pueda ser no estar consolidado, representó una serie de aventuras desubicadas por los territorios de lo escrito. Las disciplinas que inciden en la investigación de la que hablo no pueden ceñirse más a una episteme de la modernidad ni de la postmodernidad. En ese sentido ¿qué tiene que ver la historia del libro, la historia literaria, la historia intelectual, la historia de las ideas y las representaciones con la búsqueda de una forma de comprensión del mundo que permita asumir claves de temas poco convencionales? Pero en sí también el proceso ha permitido componer entramados de autores y obras, de ideas, de pensamientos, de escuelas y formas de elaborar una condición autoepistemológica. Y en esa medida la autoetnografía permite comprender los elementos que nutren detritus de los campos explorados: literario, historiográfico, cultural, simbólico, lingüístico. Para esta configuración que se presenta como una adherencia a las condiciones existenciales de un bibliómano, el recorte temporal y espacial ayuda pero debe ser constitutivo de otra dimensión necesaria, la mental. Porque al final la exploración de categorías psicohistóricas y de elaboraciones socioculturales hace que en el asidero fiable de lo infinito dicho queden resquicios para decir algo no dicho todavía. Y en esa dimensión de jugada del lenguaje innovada la composición del entramado de autores y obras expuestas arriba es principal. No por otra cosa sino por formar un capital cultural y simbólico, un bagaje cultural, un acercamiento, en la distemporáneidad y la obsolescencia, que hizo asumir musculaturas intelectuales.