Desdibujé en diciembre mi presencia virtual en internet dando una manita de gato al sitio. Perdí tráfico y tal vez lectores, pero ha valido la pena recomponer el camino. Ahora estoy de tesista empedernido y con poco tiempo para dedicar a escribir. Pero retomo la lógica autoetnográfica para la búsqueda personal en la composición de algo que pueda llamarse Romulaizer Pardo. Me encontré con los altibajos de la cuesta de enero y en busca de resolver varios problemas y temas. Ahora todo parece más claro. He estado leyendo algo de literatura y un poco de historia cultural y literaria mexicana para mi investigación. Lo difícil de ser tesista financiado por el Estado mexicano es el tiempo que se requiere dedicar al trabajo, pero bueno, uno puede encontrar maneras de ir buscando otros horizontes de actuación. Es mí caso, por completo.

El último Diario público refería a mi traición a mi juramento de cinta negra, esa desestructuración moral y ética que tuve en mi temprana juventud cuando, hace veinte años, me involucré en episodios de alto consumo de drogas psicoactivas y tuve una profunda crisis psicótica. Al final las experiencias valiosas remiten a lo trascendido a partir de malas decisiones, errores y tragedias personales que se resuelven de una forma más amable. Pero pensé, ingresar a la educación superior mexicana en humanidades es afrontar distintos horizontes de experiencias no siempre claramente definidos: consumo de substancias, sexualidad, trabajos remunerados, fiestas y reuniones adultas, desencuentros amorosos, en el caso de las chicas embarazos, a veces no deseados, responsabilidad académica y un largo etcétera. Al menos eso parecía ser la vida cotidiana de la educación superior en humanidades hace 20 años. Los retos a los que se enfrenta la juventud al ingresar a la educación superior representan distintos marcos de experiencia y actividades, que en el caso humanista pasa por la lucha política, la crítica a las instituciones, el libertinaje, la bohemia, pero además las posibilidades, no siempre explicitadas, de encontrarse con nudos emocionales y entrar en crisis. Ahora que recién con la pandemia se pone en alto el tema de la salud mental, hace veinte años era todo un tabú. A mí incluso amigos me tacharon de loco y quedado en el viaje cuando tuve mi crisis. Al final se trata de ese apodo tan circunspecto en México del fósil, el quedado, el que no siguió adelante. Pero bueno, la vida da muchas oportunidades y al final lo importante más que ser alguien importante en el mundo interesa ser simplemente. Gracias a esa crisis supe con quien contaba y con quien no, supe que había personas muy desapercibidas interasadas en mí y que quienes creía mis amigos más cercanos no lo fueron. Aunque todo fue un mal entendido que con el tiempo ha cifrado mi identidad en ciertos círculos de personas, finalmente fue también ese momento cuando realmente empecé a mecanografiar y escribir sin parar, todo lo malo que he escrito y tengo en mis diarios desde 2000 hasta 2010. Al final toda experiencia, que no implique la muerte, el manicomio o la cárcel, representa una oportunidad para aprender a vivir en este país de entre ríos que tan violento y hostil es para vivir.