Inscrito en un cambio permanente la fijeza de la memoria exprime los sostenes de mi aliento. No me descubro ni me averiguo, no me exploro ni me idolatro, no me identifico ni me defino. El tiempo persigue su presa y los años atisban un remanso de aquella pesadilla de 20 años atrás. Parece que tuviera en la punta de mi lengua ese aullido y esas luces entre oscuridades. Por si acaso no fuera suficiente volver a creer en la vida no a sido fácil. Enfrascado en redactar malos versos me endilgué la facha de un hombre oscuro y retorcido. Entre el tiento de vidas destrozadas y el recuerdo del peor momento de mi existencia se columpia lo inconmensurable de la proyección pesadillezca que mi intuición no pudo contener. A casi 20 años de esos bailes y esos gritos estuve en su lugar de nacimiento, sabiendo ya que nunca volveré a verla. Pesadilla de psicosis y dolor, de aislamiento e incomprensión. Pero en estos 20 años mucho de eso ha perdido vigencia, particularmente desde 2017, cuando vine a su estado Michoacán, a estudiar un posgrado. Finalmente mi anhelo de doctorarme en algo, si es que eso cuenta o vale cualquier cosa, parece estar por cumplirse.

El terror comenzó en el 2000 y en el 2002 se consagró. En 2007 y 2008 se sudamericanizó. En 2010 fue casi la punta de iceberg del mal sueño de 2001 en la colonia Viaducto Piedad. Una especie de dolor y trauma me mantiene en guardia de recobrar mi cara psicótica, pero en cambio desde 2011 me dediqué a formar una vida distinta. Toda la vida he sido criticado y cuestionado, traicionado y vilipendiado. En el fragor de esos hechos ya hoy distantes es imposible atinar a ver lo vivido desde 2010 y como una hazaña de sobreviviencia, voluntad y armonía muchas veces sacrificada. Es como todo ese conflicto gremial que tengo y que me hace, al final, nombrarme humanista. Es como esa herida constante de mi nulidad, de mis esfuerzos truncos, de mis pasajes transitivos por el pantano de la juventud. Ese haber dejado de vivir, esa mutilación y encierro, esa consciencia de la no existencia de la libertad. Estoy, eso sí, plenamente equivocado respecto a la vida, al ser humano, a las mujeres, al tiempo y su pasaje.

Al final del día es esa maldición de todos los odios de todos los tiempos, las envidias, los rencores, las apariencias, la derrota y el subsecuente mutismo. 20 años se enuncian simplemente pero en eso hay la mitad de mi vida. Nunca presente, siempre pasos atrás, atado a la febrícula del pasado. De esos 20 años los últimos 5 han sido fructíferos e importantes, retadores y desproporcionados. 5 años de 20, un cuarto de la mitad de mi vida. Nunca podré descifrar lo ocurrido bajo a consigna comprensible de que todo pudo ser distinto. Así es la inexperiencia, la necedad, la soberbia, este producto de todos los odios de todos los tiempos. Pero hoy aquí me ubico tranquilo y calmo, estimulado y cambiado. Al final no es más que el recordatorio de la muerte de mi amigo y mentor ace 4 años este mismo día, no es más que la compleja memoria de lo inombrable e indescriptible de la más destructiva confusión de mi vida. No es más que la reminiscencia de esa absoluta frustración que cifró mi vida hasta hace una década. Hoy, aquí, envuelto en el sentido de mi insignificancia como autor, como poeta, como investigador y académico, en mi desquiciado intento de tener un lugar en el mundo, me descubro otro, cambiado y estimulado.

No todo en la vida depende de nuestras propias decisiones ni todo es para obtener bienestar. Tropiezo así de nuevo, una y otra vez, mecánicamente, contra la impostura de los años y de las ausencias. Pero descubro igual otro sentido de mi existencia, otro cariz de mis actos, otra vida, otro yo. Siempre perdido y extraviado, siempre lejos de lo actual, siempre innecesario, aquí estoy, otra vez.