En principio leer remite a un acto de diálogo. No siempre se está frente al libro que abrirá tu mente y emoción. Tampoco hay un tipo de diálogo definido en la lectura. La gran mayoría de las veces puedo tener entre mis manos un libro y solo creer que quiero leerlo por referencias secundarias. Otra cosa es cuando leo y me engancho. Al leer descubro rutas para verme a mí mismo de formas nuevas, para escuchar esa voz interior que me identifica con el mensaje del libro. La descodificación del mensaje escrito es diferente del diálogo en el lenguaje oral. Pero al leer ejecuto una de las primeras formas virtuales de la humanidad. Conozco y recupero versiones infinitas del mundo, como bien nos hace recordar Roland Barthes en El Placer del texto. De ahí al torrente de referencias y circuitos comunicativos expandidos presentes en la lectura existen cosmovisiones y constructos culturales que me definen como lector. Una cosa es la lectura de hechos atribuibles a la realidad y otra la de hechos atribuibles a la ficción. La lectura implica un desmontaje de capaz de sentido para un lector especializado pero también la coincidencia con un cúmulo de emociones que trascienden lo racional. Por eso leer es adentrarse en el territorio de universos y mundos distantes y ajenos que me hacen aprender y sentir, conocer y explorar, acudir a la mística fértil del dialogar. Leo como cualquier ser humano que desea aprender a escribir. Leo para nutrir mis recorridos mentales. Leo para no olvidar. Leo porque encuentro en ello algo menos abrupto e intransigente que discusiones estériles y faltas de sentido. Porque al leer me desdoblo e imagino, me adentro en el paradigma de una voz ya cercana o lejana, pero humana. Al leer descubro los insospechados caminos de otras formas de ser yo y de encontrarme en el otro que escribe. Leer, además, implica ubicar recorridos y genealogías, estilos y épocas, edades y culturas, civilizaciones y sociedades, individuos y circunstancias.

En los habitats lectores por los que desenvuelvo mi personalidad adquiero un sentido auténtico y propio que intuye la voz del mensaje escrito. Leer es esa imposible manera de estar cerca de alguien alejado en todos los sentidos. Al leer me involucro con el pensamiento y la emoción con una otredad que busca expresar un mensaje polihédrico. De ahí entonces que al leer seleccione y clasifique, averigüe y complete, desconozca y aprenda, distintos mecanismos, distintas pasiones, distintos juegos, distintos tiempos y haceres. En la lectura ubico oportunidad o límite, interés u omisión, narración y espacio, argumentación y lógica. Porque al leer un libro reúno las piezas de mi experiencia y descubro formas cifradas del lenguaje. Porque en mi idea de vida alfabetocéntrica me zambullo en los pantanos abismales de tradiciones y modernidades. Además, hay muchos tipos de lectura, muchos tipos de autores, muchos tipos de libros. Hay un paso decisivo para escribir y es leer. Yo no pude, quizá aún no puedo, discernir ortográficamente el valor de los acentos hasta que me dediqué a transcribir La literatura universal de Arqueles Vela. En ese proceso comprendí, quizá aún no lo comprendo del todo, una interiorización significativa de la acentuación. Y eso me me exenta, como cualquier ser humano y escritor, de cometer errores en todos los sentidos y niveles. Pero al leer se ejecuta un dispositivo simbólico en una lengua definida que además cuenta con sus variantes dialectales, en este caso el español. Al leer construyo la voz de lo que leo y establezco el diálogo con esa voz y mi voz mental y emotiva. Es ahí donde desdoblo mi mundo interior y el mundo exterior, donde compagino experiencia con sensación, donde mediatizo simbólicamente ese cosmos dialógico virtual.

No es igual leer por autor que por época, por país o por estilo, por género o por tema. Porque lo escrito se finca en una multiplicidad de fórmulas y de atributos que especifican estructuras y significados, elaboraciones y tradiciones, conocimientos y perspectivas. Cuando leo asumo lecturas de otros tiempos o me descubro completamente ignorante. En el leer advierto mi trampolín a los códigos secretos de constructos gremiales para los que la escritura representa un medio de comunicación. Por ello leer es una actividad de goce y de fascinación, que engendra ese misticismo de una otra voz que dentro de mí habla para mostrarme un mensaje. Una voz interior que viene de afuera a partir del desciframiento alfabético y que construye imágenes, ideas y emociones dentro de mí. De ahí que leer entonces sea un pretexto (un texto antes del texto) para escribir, un sentido común para facilitarme el acceso a ese diálogo de resarcimiento de la distancia entre el autor o la obra en proceso de lectura y la construcción de mi criterio como ser humano.