Mi narración autoetnográfica, este auto-relato biográfico, ha sido construido desde mi auto-teoría sobre mi mismo y la auto-praxis de mis actos, decisiones y rutas vitales. Si los científicos sociales se han adentrado en la indagación las identidades colectivas, los psicólogos lo hacen en las identidades individuales. Pero ambas formas de identidad no son excluyentes, salvo para su estudio distintivo. La identidad individual y la identidad colectiva están todo el tiempo inteconectdas, en constantes procesos de negociación y fluir, porque como ya lo dijo el griego Aristóteles somos seres gregarios, con los otros y a través de los otros nos conocemos. Esa idea que la psicología cultural llama self o el sí mismo, constituye un elemento de identidad con múltiples variables, cruce de situaciones sociales, geográficas, históricas, estéticas, emotivas y contextuales, profesionales, educativas, económicas, institucionales entre otras más. Ese yo mismo, estimo, tiene su dimensión individual y su dimensión colectiva, siempre relacionada una con la otra en formas la mayoría de las veces insospechadas. Y hoy quiero enhebrar las piezas de un hecho sustancial en mi existencia que ha cambiado de significado en los últimos años. Una experiencia imposible de procesar, asimilar y acomodar en mi vida hasta un pasado muy reciente: mi crisis existencial y mental del año 2002.

En el año 2000 me embarqué a estudiar antropología social en la inhóspita Iztapalapa, en la Universidad Autónoma Metropolitana, por ser hijo de una mujer antropóloga, historiadora y científica social. Aquel año participé como oyente en mi primer congreso estudiantil, el de estudiantes de antropología, organizado por la UAM-I aquel año. Mis graduales aproximaciones al conocimiento humanista y científico social, bastante desatinadas por iniciarse con obras y autores sin orden ni estructura (psicoanalistas, historiadores regionales, antropólogos y obras testimoniales, estudios latinoamericanos, poesía, entre otros), estaban emparejadas con una profunda afición por el rock argentino de los setentas, ochentas y noventas del deslumbrante siglo XX que acababa con el jubileo vaticano, las olimpiadas en Sidney, el virus informático Y2K y mi llegada a una Ciudad de México o Distrito Federal de lo más violenta, estrepitosa y terrible posible. Ese año 2000 había comenzado a tener exploraciones territoriales y urbanas en la capital mexicana, para irme empapando de las formas de sobrevivencia en la gran urbe. Por aquellos tiempos mis colegas estudiantes de antropología de la UAM-I me acogieron y me permitieron ser parte del congreso, de lo cual valoré muchas cosas. Escuché conferencias magistrales estupendas de Roberto Varela, Michel Kerney, Enrique Dussel, Juan Castaigns y Nestor García Canclini. Era un joven inocente e ingenuo, aburguesado, proveniente del mundo de los deportes, temeroso de los bajos mundos, la pobreza, el crimen y los peligros de la gran ciudad para un simple provinciano.

Ingresé a antropología social entre agosto y septiembre del 2000. Llegué a vivir con mi hermano Emiliano, por entonces estudiante de psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México, en un departamento en Iztapalapa, cerca de la terminal del metro Constitución de 1917. El primer día de clases, junto a un compañero llamado Claudio, confundí el salón de la clase y junto a él terminamos entrando tarde a la clase. Era la materia de antropología social con el profesor Ricardo Falomir Parker. Ahí conocí a Diana, Patricia o Paty, a Rocío, de quien me enamoré aunque nunca floreció del todo algo con ella. Ahí conocí a Osiris, a Roy. Conocí a Alma, bailarina estupenda, conocí a Roberto, impecable antropólogo, a Jahaira, a Alberto, a otro Roberto, que terminó estudiando antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia años después, Rebeca y Maya, grandes amigas, la primera sí antropóloga y la otra miembro de la farándula mexicana. Fue particular el universo de amistades que inicialmente nos relacionamos al entrar a la licenciatura. Otro profesor de entonces fue José González Rodrigo, quien convocó a jóvenes del grupo a hacer un tipo de ejercicio de escritura para mejorar la redacción. Se trataba de escribir lo más sin sentido posible el mismo reporte de lectura que entregábamos en forma correcta para la evaluación. Nos habló de los procesos metacofnitivos, que yo platiqué entonces con mi hermano mayor y sus posturas dentro de la psicología cultural y cognitiva. A mitad del trimestre mi madre murió.

Mi mundo comenzó a venirse abajo. Rápidamente me olvidé de estudiar y entré en una profunda depresión. Leí con fruición entonces El descubrimiento del mar de J.H. Parry, El lobo estepario de Herman Hesse, Los días y noches de amor y de guerra de Galeano, El astillero y El junta cadáveres de Onetti. Seguí leyendo sin método ni estructura. Sabía que quería escribir, pero cada vez me interesaba menos la escuela. Llegaba tarde a las clases de Ana Paula de Teresa de antropología económica. Me costaba trabajo leer y aportar en las clases de Angela Giglia. Los cursos de Scott Robinson me significaron también el constante desencuentro de mi difunta madre, cuando intentaba ser parte de su gremio. El primer curso de parentesco con Maria Eugenia Olavarría lo troné. Y me puse a leer poesía, a Baudelaire, a Rimbaud. Me puse a leer El extranjero y El mito de Sísifo de Camus. Algo importante fue que en 2001 participé como ponente en otro congreso de estudiantes de antropología en Mérida, donde escuchamos a Esteban Krotz y su rescate de la utopía. Ahí fue que comenzó mi amistad con Juan Carlos, con Sonia, con Tania, con Alfredo, con Francisco, con Adriana, con Frida, con René, miembros de generaciones anteriores a la mía. Ya tenía entonces, por mi experiencia del 2000, amistad con Axel, con Alma, con algunos de los miembros del comité organizador del congreso en el año 2000. Pero mis graduales fracasos derivaron en el abandono de mis estudios en enero de 2002.

Había comenzado una intensa actividad de consumo de substancias y drogas, experimentando, queriendo olvidar, sin saber cómo darle sentido a mi vida. Todavía por entonces componía canciones. En enero fui a la primera clase de antropología social II, la dama Luis Reygadas, que había sido colega de mi mamá en la Escuela Nacional de Antropología e Historia en Chihuahua. Lo ví, lo salude. No volví a clases, ni con él ni ninguna. Me consternaba y conflictuaba entender mi identidad. Decidí hacer un viaje a Hermosillo, mi ciudad natal, una especie de búsqueda de los orígenes. Allá viví cosas inigualables, grandes aventuras y momentos con personas queridas como Mareen y Alfonso, amigos de mi madre, con las que habían sido mis nanas de bebe, Gila y Luz, con quienes fui a una boda en Basconcobe, cerca de Ciudad Obregón. Y en ese viaje decidí no volver a las aulas de antropología porque mi radiante, glamouroso y bendito padre nos había invitado a todos sus hijos a ir al mundial de fútbol de Corea-Japón. Decidí mal y en mala forma cuando puse en segundo término mi formación. Entonces ya me había enfrascado en ese lectura obligada para los estudiantes de antropología, la tetralogía de Carlos Castaneda y sus experiencias con el indio Yaqui Don Juan Matus. El día de la celebración de la Constitución de 1917, el 5 de febrero del 2002, viajé en camión desde la Ciudad de México hasta Hermosillo. Ese viaje cambió mi vida.

A mi regreso al D.F. en marzo, estuve unos días solo en el departamento que había rentado con mi amigo Eric, nuestro primer departamento independiente. Eric y yo nos conocíamos desde el kinder, habíamos estado juntos en la primaria y la secundaria, éramos dos grandes amigos en la experiencia de la UAM-I y la gran urbe. Antes de que yo me fuera a Hermosillo, él y nuestro otro amigo de Xalapa, Mateo, me habían propuesto dejar el departamento que rentábamos y mudarnos a un mejor lugar los tres. Pero no me decidí por irme de viaje y a mi regresó me mudé con ellos y otro uamero, de biología, igual que Eric, el buen Ricardo. En esa flota, de mucho más capacidad de aguante frente a la marihuana, estaban los que iban al árbol a fumar en la UAM-I, entre ellas una chava sensual y voluptuosa, Arlet, estudiante de química, el Loco, de quien no supe su nombre, el Atlaulto, Israel, Arístides, toda una gama del área de ciencias, macizos, reventados y experimentadores de substancias. Cuando volví al D.F. y me mudé con Eric, Mateo y Ricardo, tenía la fuerte intención de ir a comer peyote a San Luis. Un fin de semana, de improvisto, organizamos la ida con Ricardo y Mateo, pero Eric no pudo ir porque se mamá había tenido un infarto cerebrovascular y se encontraba bastante afectado comprensiblemente.

Fuimos al desierto a comer peyote cerca de Wadley. Hicimos primero el viaje a San Luis y de ahí a Matehuala. Luego tomamos un camión a Vanegas hasta Wadley. Ahí nos adentramos en el desierto pero en el camino nos encontramos con una flota de chilangos, donde se encontraba el desafortunado personaje que bautizamos como Vivaldi porque se la pasaba expresando con ese nombre, de forma irónica y satírica, el ser un gandalla. Para mal nos juntamos con ellos en esa excursión. Estuvimos más o menos 3 o 4 días en el desierto. No sé cómo pude regresar con Mateo y Ricardo a D.F.. En el camino olvidé en algún camión un sleeping bag ancestral que me había prestado Eric, junto a una cinta tarahuamara y alguna otra cosa en un amarrado improvisado. Todos los días comí sin precaución ni cuidado peyote. El último día, completamente extenuado, en el regreso bebí una cerveza pero no podía más. Poco antes de volver a Wadley tuve un evento. Una espina se me clavó en el pie derecho, una señala inolvidable y un aviso del viaje que no pude prever, sobre el futuro cercano que me deparaba la vida.

Entre ires y venires de D.F. a Xalapa, Mateo, oriundo de Guanajuato, tenía una flota de amigos, entre ellos su novia, Mariana, muy asiduos a visitar raves y fiestas de música electrónica. El 13 de abril de ese 2002 iba a haber un rave en Milpa Alta donde estarían DJ consagrados en el mundo musical electrónico del momento: Alien Project, Shiva Shandra, entre otros. Era todo un evento masivo. Fuimos invitados todos los ocupantes de aquel departamento en la colonia Narvarte cerca del metro Etiopía: Eric, Ricardo y yo. Los amigos de Mateo, que yo no conocía, representaron para mí un tipo de amenaza o, al menos, de incomodidad la noche del evento previo a irnos para allá. A su novia la había tratado un poco más, teníamos inquietudes semejantes pues ella estudiaba historia en Guanajuato. Al resto no los conocí mucho, el Parca, Tony y la manzana de la discordia, Dariana.

El rave fue brutal, de fortísimo baile, música estremecedora y rugiente, luces, personajes con disfraces, drogas, alcohol, sexo y otros debrayes. Se trataba de una fiesta temática con el motivo del Mago de Oz, busca el camino amarillo, recrudecido en mis ya por entonces deplorables visos de normalidad. Ahí conocí a Dariana y tuve un evento con ella, insignificante en apariencia, que cambió mi existencia por muchos años. Un amor imposible, una confusión, un teléfono descompuesto, una idealización aparente, un desencuentro. Baile con todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi alma, desde mi intención subconsciente de cortejarla, imposibilitado de hablar, de acercarme, de entender qué me pasaba. El Parca nos había vendido un ácido lisérgico, Greatful Dead, un cuadro con la figura de un amanecer. Bialé con todas las fuerzas de mi juventud, inútilmente. Entre la oscuridad, el gentío y las luces, contemplaba a Dariana bailando, la veía haciendo piruetas con cadenas con bolas de fuego. Me deslumbré. Entre la multitud escuchaba me decían que me había quedado en el viaje. Algo de eso fue cierto. Cuando amaneció grité con todas mis fuerzas, con toda mi incomprensión, con todo el dolor de mis entrañas. Ya no volví a ver a Dariana. A raíz de esos eventos mi vida no volvió a ser la misma. Hace 20 años de esta crisis que me hizo saber que no era nada ni nadie en el mundo. Entré en una espiral de incomprensión, caos, desolación y terror. Nunca supe qué me pasó. Quizá solo me quedé en un mal viaje. Salir de ahí me costó dos carreras, la de antropología en la UAM-I y la de Lengua y literatura hispánicas en la Universidad Veracruzana. En 2010 estuve a punto de ir a conocer a Dariana o, al menos, de tener un encuentro con ella, pero arruiné esa posibilidad con reclamos innecesarios en medio de otra crisis psicótica.

Una autoetnografía esta que no debe omitir que al amanecer en el rave encontré a Arlet y baile con ella una especie de cumbia tanguera en medio de la música electrónica. Imposible olvidar ese momento de la mañana cuando ocurrió el bocinazo y Tania, la colega antropóloga de la UAM-I, Israel, el Marra o Arturo, otro biólogo de la UAM-I, Omar, amigo de Ricardo que iba con una lesión en la mano, tal vez el propio Ricardo, Eric y yo, nos enfrentábamos al sonido de las bocinas en ese rave memorable. Ya no quise vivir de muchas formas a partir de entonces. Yo decía en ese punto: ¿ahora quien me va a proteger?. Roto, desequilibrado, con mi mente destruida y una concepción del tiempo y las ideas revuelta, no volví a ser el mismo desde entonces. A 20 años de esos eventos, la gran parte de mis esfuerzos fueron vanos. Me ha costado mucho trabajo entender esos hechos y circunstancias como experiencias juveniles. Durante mucho tiempo se tradujeron en pérdidas absolutas. Hoy, 20 años después, puedo tratar de perdonarme haberlos vivido. 20 años después, encuentro motivos para vivir.

En un partido del mundial Corea-Japón, probablemente en el partido México-Ecuador.