Cuando dudé sin conocer
fui fiera y rebelión
de tiempos futuros muertos.
Desencripté el dique
del pensamiento
para volver caos
un orden perecedero.
En la más alta cúspide
del esfuerzo corporal
psicotizado envolví mis esperanzas
en el fondo profundo
de un desamor corrupto e inamovible.
Fue entonces el murmullo
de la oscuridad, locura desquiciada,
el que cobijó mis sueños.
Embalsamé una imagen
jamás vuelta a conquistar
para solventar el museo
de mi derrota rotunda.
Con lo incomprensible
confeccioné mi regazo,
padecería de felicidad
otrora reinante
llenó mi angustia catatónica
de remolinos infértiles
como palabras no dichas.
Cociné en la hoguera
de la tristeza y la soledad
los nombres de los vivos
cabalgantes de sus vidas
mientras el eco de mi desgracia
en círculos concéntricos
emanaba un pesar longevo.
Pesadumbre de vidas pasadas
como infancia perturbada
mi voz fue heroína del desamparo.
Injusto y egoísta convertí
mi andar en la tierra
en una desvencijada poltrona
gris, mustia e insípida.
Cada año revivía
conmemorando
el día de la tragedia,
repleto en su ser histórico
de Luna llena, desde entonces
despreciada y recordatorio
de lo frágil y escueto
que fue mi existir
entre trémulas fugas
al olimpo de pesadillas
jamás vinculadas
a los encantos hechiceros
de un bailar solo entre multitudes.
Electrificado mi ser
como corto circuito
mi alma vivió el apagón de su esencia.
Sin remedio respiraba
habitaba escombros
de una juventud prometedora.
Entonces depuré mis ratos
de dicha y regocijo
para cernirlos
en la malla del desconsuelo,
el dolor y el soberano gobierno tirano
de ausencias y anhelos innecesarios.
No supe bien si desperté o no
del sueño
pero recuerdo
los prados sólidos
de la derrota
cada vez que en el museo
de mis desgracias
resulta inexplicable
quien fui cuando ocurría
la vida
y deliraba portentoso
las estructuras estruendosas
de un desamor siempre esperanza.