La posmodernidad nos arrojó a un tiempo poshistórico, al fin de los meta-relatos, a la muerte de los grandes proyectos, a la ruptura con las teleologías basadas en formas de filosofía de la historia cuyo sujeto era el pueblo, los Estados nacionales, la univocidad de la ciencia o la literatura. En su interpretación de los movimientos como átomos bronwnianos la heterogeneidad y diversidad posmoderna planteó deshacerse de los modelos unívocos de legitimidad y abrir el espectro de lo legítimo a una diversidad multicultural. Y entre finales de los setentas y el fin del siglo XX, con la caída del muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética, el resquebrajamiento del modelo marxista-socialista, el fin de la historia de Fukuyama pronosticó el auge y poderío capitalista. En ese tenor fue consagrándose una nueva institucionalidad en el marco del proceso de globalización: Organización de Naciones Unidas, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, G-20, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, entre otras varias que han ido desempeñando un creciente papel de institucionalidad multinacional. En el proceso de globalización, no obstante, han derivado, como secuencia de las condiciones posmodernas, la construcción de colectivos y referentes en trascendencia de postulados binarios y totalizarentes como lo fueron las interpretaciones de la modernidad. Estos colectivos parten de procesos culturales, ideológicos, prácticos, sociales y de identidad en una pugna abierta contra los modelos hegemónicos. Me refiero por ejemplo a las formas históricas derivadas de la revolución sexual de la segunda mitad del siglo XX donde hay que ubicar planteamientos feministas y de la comunidad LGBTTTIQ actuales, la significación y lucha de los núcleos afro en el continente americano, la defensa y protección de las infancias, adolescencias y vejeces, la estima de las comunidades de personas con capacidades diferentes, entre otras. El marco de la globalización pareció hacer sincrónico algo anteriormente no dado en un tiempo fijo, sino desde la especulación, lo suficientemente histórica, de lo contemporáneo. Esta vertiente Multi-nacional, Multi-identitaria, multi-étnica, Multi-genérica, multi-etarea, tiene una base sólida en las dimensiones de subjetivismo, doxología y validación de interpretaciones fuera del control hegemónico del Estado-nación. No en vano lo contemporáneo asemeja una fantasmagoría cuando desde el desarrollo de las interconexiones web y su proceso de digitalización de la vida remite a un principio de saturación infinita e inabarcable, dentro de las expresiones subjetivas exponencialmente crecientes y disociadas en el tiempo y el espacio. Así, más que algo contemporáneo, o en un mismo tiempo, vivimos un momento distemporáneo o de los destiempo, más que el fin de la historia o el no tiempo histórico, eso que muchos nombran poshistoria. Esto distemporáneo es una modalidad de vivir y habitar el tiempo desde los tiempos, un tiempo no común preestablecido y sus dislocaciones expresivas en todos los posibles fenómenos de tiempo presentes en el ahora. Tiempos de tiempos, des tiempo, des temporalidad, des-sincronía. Lo común, entonces, es eso llamado viral, lo mayormente testificado, advertido, conocido, cuya legitimidad no estriba en su ser trascendente sino en su ser accesible. Distemporaneidad que significa, como lo ejemplifican las redes sociales, poder ver, estar, vivir o revivir, presenciar, testificar o leer, múltiples formas de los tiempos humanos expresados en forma cultural, ese destiempo de los tiempos plurales. Es entonces una categoría fenomenlógica porque al final la unidad orgánica de comprensión del tiempo cortada, de la sincronía estructural representada por el co-tiempo, queda deconstruido.

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La pornonarcotecnodemocracia deriva de la sexualización de la mujer desde los medios de entretenimiento Hollywoodenses y el auge del cine comercial norteamericano, en su versión incluida del cine XXX. La mujer simbolizada un objeto sexual encuentra una tradición histórica y literaria que proviene desde los siglos XVII y XVIII en el norte de Europa, promovida por las versiones no católicas de la organización social y religiosa como el protestantismo, el anglicanismo o la tolerancia religiosa de los Países Bajos. En esa medida, la pornografía como expresión histórica de las sociedades tiene un correlato con el desarrollo de la sociedad capitalista, basada en el derecho patrimonial romano y en la negación sociocultural, política y económica de la mujer. El simbolismo sexual es claro desde mediados del siglo XX protagonizado por mujeres de cierta estética, cariz, tipo intelectual, pero particularmente físico. La cultura del entretenimiento es otro de los fundamentos de la cultura de masas como forma de quiebre social de las sociedades posmodernizadas, tecnificadas y complejas. Junto a esta simbolización en fetiche sexual de lo femenino el desarrollo de la narco cultura, una cultura basada en el consumo y exceso, descontextualizado, de formas de substancias psicoactivas es proclive a la vivencia de aquello que Baudelaire llamó paraísos artificiales, aunque en el siglo XIX. La vivencia de la realidad como narcotizada, a partir de espejismos distorsionadores de los aspectos realistas, lo comparten en brutalismo expectante de la pornografía, irrealidad y ficción no comprendida como tal sino interiorizada como norma de conducta sexual, junto a la narcotización, legal e ilegal, natural o sintética, que se desveló como nodo de la psicodelia. En esa medida el constructo pornonarcótico de nuestro tiempo estriba en la negación profunda y completa del ser sexual femenino en sus formas de expresión históricas no neuróticas y del exacerbado síntoma del consumo narcótico, aspectos que dan fisonomía a elementos de negación de la realidad, inmediata y mediata, junto a una no asimilación de la conducta propia de estados psicológicos y de desarrollo de la personalidad apropiados para la convivencia. Como proceso paralelo la tecnología creciente e informatizada, el proceso posmoderno de la tecnificación es otro nodo en este núcleo semántico acumulado. En sintonía con el auge neoliberal de la última parte del siglo XX, acentuado ahora con los procesos de globalización, la tecnología genera una impresión de cercanía cuando consiste en una dimensión exógena a formas de vida y cultura concretadas en actividades materiales. La tecnificación del mundo y de la vida se corresponde a ese sopor y fermento pornonarcótico, mediatizado y saturado por las expresiones tecnológicas. Finalmente se corresponden, desde el neoliberalismo, con los procesos democráticos no autorepresentativos sino hegemónicos, es decir, no bajo procesos culturales e históricos, como lo ejemplifican la democracia étnica de Bolivia, sino desde la desmistificación del autoritarios y la resignificación de la autoridad, el juego político y las funciones participativas del electorado bajo el modelo del juego de las minorías, los grupos y sectores medios, la sociedad civil, entre otros colectivos. Ya no es únicamente la representación de conglomerados masivos en la participación ciudadana la que define el rumbo y los roles de elección popular para la dirección, cada vez más administrativa, por no decir retórica, de las élites dirigentes.

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La distemporaneidad pornonarcotecnodemocrática global está representada como una conducta de las formas de ser y estar, de hacer y vivir el mundo en el siglo XXI. Por definición no es absoluta, o teórica, sino fenomenológica, o casuística, pero impregna las condiciones axiológicas de la cultura derivada del occidentalismo o, al menos, de los fundamentos eurocéntricos. Los subjetivismos y las subjetividades o se identifican pornonarcotecnodemocráticas, pero habitan en este nodo simbólico, lo practican, ejecutan y ejercen, en mayor o menor medida. Es el producto más refinado de las políticas neoliberales finiseculares del XX, bajo la idea de la libertad, la felicidad, la legalidad, el bienestar, a ultranzas, como valores disfrazados, enmascarados o simbolizados en el proceso del capitalismo antropocénico. Los roles culturales adjudicables a esta supra entidad teórico-práctica, son factores de distemporaneidades donde no importa la vida, sino la expectación, no la acción, sino el voyeurismo, la complicidad, lo efímero y lo mutilado. Hay otras formas de las distemporaneidades como filosofías del des tiempo histórico o la descronología, o policronía, multinarrativa y multitemporal, pero esta especulación filosófica propia carece de trasfondos susceptibles de verificación. El estudio de las formas distemporáneas como formas simbólicas de deshistoricidades importa no sólo como una aplicación y versión humana de ya vieja teoría de la relatividad, sino como una configuración macro estructural, un ethos que no tiene, necesariamente, el valor pornonarcotecnodemocrático descrito arriba.