Al interior de todas las formas disciplinarias occidentales, con fundamentos en los estudios instituidos en las universidades, existen técnicas, métodos y saberes particulares, que dotan de credibilidad argumentativa y demostrativa los principios de dichas disciplinas. Las tradiciones universitarias provienen de la Edad Media europea y se constituyen como elaboraciones de comprensión y construcción de la realidad. La típica referencia al Trivium y al Quadrivium no es otra cosa más que los comienzos fundamentales de las formas de conocimiento en Occidente. El desarrollo institucional universitario trasladado a otros contextos implicó el desarrollo de grupos y clases sociales elitistas bajo la denominación del proceso de educación alfabética y numérica. Por ello, cuando fue sacudido el edifico de los saberes con el humanismo en el siglo XIV y XV, ya existía la necesidad de aprendizaje de lenguas, por ejemplo, momento entonces cuando la cultura alta, de las clases letradas, era predominantemente grecolatina. La malla de saberes y conocimientos entonces se vio sacudida por el resignificado de los autores griegos y latinos de la edad antigua precristiana, porque existía en ese punto una clara presencia de autores cristianos escolásticos, pero la aparición de manuscritos con obras claves del pensamiento de la Antigüedad abrió las puertas al renacimiento de la cultura. En ese punto, el surgimiento y difusión de la imprenta hacia 1455 permitió hacer accesible, en una mayor cercanía, los textos y las obras mediante el libro impreso, aunque no fue únicamente el libro lo que se imprimía. Así, en paralelo, se comenzaba a hablar de la república de las letras, una entidad supranacional, docta y erudita, un foso de tinta, que se definía desde el diálogo y el comentario de ideas, obras, pensamientos, con intercambio de escritos, epístolas, manuscritos, impresos y un sin fin de actividades dentro de la actividad de escritura y lectura. Para el siglo XVI con el protestantismo religioso del norte de Europa la conformación de la Compañía de Jesús desde el Concilio de Trento brindó los pilares para le época barroca y todo un despliegue de un nuevo tipo de inteligencia. La Ratio Studiorum jesuita fue impulsora del conocimiento heredado de los humanistas, particularmente sobre autores griegos y latinos, junto a formas teológicas renovadas, más allá del pensamiento de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, brindando elementos parciales para discutir la realidad desde la impronta interpretativa de Dios. El ciclo jesuita primaria, entre los siglos XVI y XVIII, importa como una presencia sólida que significó un impulso cultural, educativo, económico y social de amplio espectro.
El desarrollo del clasicismo o la edad clásica se enmarca también en la querella entre antiguos y modernos, definida en gran parte por las diferencias entre católicos romanos y religiones protestantes, luteranas, calvinistas, anglicanas, entre otras. Desde esa diferencia, eran los jesuitas los más inmiscuidos en el trabajo de expurgar los libros con novedades del norte europeo como los impresos de Amsterdam, Frankfurt, Londres, París, Ginebra, entre otros sitios. En esa actividad profunda de revisión y ajuste de las novedades, la Inquisición jugó un papel preponderante para definir y establecer el status quo desde el cual el saber podía asimilarse, rechazarse o descartarse. Por ello la actividad censora de autores, obras, periódicos, impresos, varió fuertemente de significado. Ese movimiento descrito por Braudell del Mediterráneo al Atlántico, que incluye con el tiempo un desliz al Báltico, interesa como parte de los movimientos que definieron la libertad de imprenta, la tolerancia religiosa, la formación de las clases burguesas adineradas entre los siglos XVII y XVIII. Esa edad clásica, donde los modernos se asumían como los más viejos en la escala humana y se veía a los antiguos como los jóvenes pioneros, dió a la historia su categoría de magister vitae en donde era a partir de los antiguos, primeros conocedores, intérpretes y explicadores del mundo, que los viejos modernos, los más recientes en el tiempo y el espacio, podían entender la realidad en hombros de gigantes.
Hay que ver también que desde el siglo XIII se configuró el Estado moderno, principalmente monárquico, que fue un elemento principal de la organización de la vida y la sociedad testamentaria hasta el encumbramiento de las formas de modernidades nacionales a fines del siglo XVIII e inicios del XIX. Esta forma de división y jerarquía social sufrió cambios durante este periodo, pero consagró en la figura del monarca las formas legítimas de poder, temporal y natural, bajo la intermediación divina. En sintonía con este poder regio, el mundo natural estaba cifrado en la autoridad máxima de Dios, sus designios y una teleología, o causas finales, que se representaban por los atributos derivados de la institución religiosa. De ahí, como tanto nos han recalcado, la importancia del cisma protestante, luterano, calvinista y anglicano, pues gradualmente fue significan una división regional, territorial y monárquica distinta de las coronas y monarquías afiliadas a la curia romana apostólica. En este modelo social el problema del saber se inscribía particularmente en las clases eclesiásticas, aun habiendo hombres adinerados o favorecidos por mecenazgos, nobles o el propio rey, para desarrollar sus actividades letradas. En sintonía con esta idea del poder natural, la ley natural, como la ley divina, la cronología histórica se basaba en el nacimiento de Jesús y en las historias de los primeros padres de la Iglesia, los porto-cristianos, que dieron pie a su fisonomía institucional.

El periodo clásico entonces dividió a las monarquías entre aquellas apegadas y preferentes de lo moderno, frente a otras preferentes y adheridas a lo antiguo. De ahí entonces que en el siglo XVII se construyan en Francia varias reales academias, igual que en Inglaterra, influyendo en la formación académica en otras latitudes como Italia, Prusia, España, Suecia, entre otros sitios, bajo los auspicios del poder soberano del rey. Así, fue creándose un aparato de inteligencia de Estado, una clase culta, docta, erudita, sapiente, con todos los antecedentes humanistas y clasicistas, que dió forma a proyectos culturales, científicos, tecnológicos, filosóficos, literarios, historiográficos, entre otros. Como elementos constitutivos de esta inteligencia se fue posibilitando una cierta autonomía autora definida por los nombres propios de cada uno de los hombres de letras y escritores de obras, investigadores, científicos, físicos, filósofos, en esa malla de saberes que Foucault asocia a un momento de explicación universal. Ya no es, por lo tanto, la explicación y lectura del texto divino dado en la naturaleza lo importante sino buscar las causas y orígenes de los hechos para mostrar sus componentes universalistas, explicarlos, categorizarlos, describirlos, analizarlos. Es entonces cuando los postulados racionalistas de Descartes, junto a los sensistas de Locke y la escuela empírica inglesa, van a dar estructura y contenido al proceso de ilustración como un cambio profundo de las mentalidades, estructuras del pensamiento y las prácticas del saber. Este tipo de saber se radicaliza a partir de 1750 con la Enciclopedia francesa de los ilustrados deístas, anticlericales, anti jesuitas, bajo las discusiones jansenistas y desde la division de los conocimientos del Novum organum de Bacon del siglo XVII.
El drástico cambio se centro entonces en la reforma universitaria alemana de la primera mitad del siglo XIX y la conformación gradual de las ciencias sociales como otras formas de interpretar la realidad humana, alejada de las formas religiosas y desde métodos y disciplinas susceptibles de comprobación. Este desarrollo partió del idealismo alemán y los fundamentos de la filosofía trascendental con Kant, quien permitió comprender con su modelo filosófico la diferencia entre el objeto de conocimiento y el sujeto cognoscente. Así, la ciencia social y las humanidades tomaron también caminos distintos, unas basadas en procedimientos científicos, otras basadas en procedimientos artísticos.
Todo lo que podemos ignorar, entonces, no se atribuye en sí a los modelos de las formaciones universitarias o a las carencias de los sistemas educativos formales y amparados en el Estado nacional, sino también respecto a aquello que podemos construir como relato de las formas de conocimientos y su desarrollo más allá de una secuencia lineal.

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