Entre crisis y levantadas, deambulando los caminos de fantasmas y presencias, podría indicar con nitidez fuentes de inseguridades y certezas. Una compleja relación entre la saciedad y el vacío se apodera de mi interior. Nadie debería ser juzgado por sus recuerdos o por sus actos. Al final este péndulo oscila de esa trillada frase, Eros y Tánatos. Igual el descredito que mantiene el psicoanálisis, una de mis formas intelectuales, hace parte de este rompecabezas. Junto a esta forma, otras representan formas caducas que me representan: el rechazar lo audiovisual y vivir solo de lo escrito, la filología, la creencia en la institucionalidad educativa, mi indecisión entre asumirme de la alta cultura o de la cultura popular, mi apoliticismo, mi no creencia en la democracia según sus formas del siglo XXI. En mis afanes críticos todas las lagunas de conocimientos y saberes se convierten en mi pretexto autobiográfico y autoetnográfico. Soy un mal lector. Soy el malo de mi sociohistoria.

La renuncia al cuerpo y sus actos, la vivencia de la pornonarcotecnodemocracia global, la neurotización audiovisual, la psicotización de mis recuerdos, todo conviene frente a los contemporáneos exitosos. Esta forma egótica y egoísta, esta falta de empatía, este absurdo recorrer y escribir temas sin interés ni actualidad, no son más que mi excusa de estar vivo. En sí es una condición traumática infantil, no resuelta, lo que potencia este sentimiento de ningunidad. Ya lo había dicho antes, soy un ausente menos. Al finalizar el acto de escritura no logro darme cuenta de las carencias.

Anhelos juveniles, eso sueños no realizados con el tiempo, cifran mi toma de decisiones. Como elegir ser cinta negra y no celebrar con mis compañeros de secundaria nuestra graduación, sacrificio innecesario con el pasar de los años. Como traicionar a mi primera novia y ser traicionado por mi hermana, otra innecesaria memoria que al final no fue más que el rompimiento amoroso y el rencor fraternal. Como dejarme llevar por los abismos drogadictivos hasta perder el sentido y perder a buenos amigos, cosa igual innecesaria porque al final volvimos a ser cuates, pero con otros ya no se pudo. Como ser miembro de una institución educativa de bachillerato y representar un simple omiso. Como ser la oveja negra, siempre decidiendo equivocadamente.
Más que este lenguaje inexpresivo, más que esta vacua y carente animosidad, no puedo definirme. Para los creadores no soy lo suficientemente resplandeciente, para los académicos tampoco, para los emprendedores menos. Me habito y construyo como un residuo, como ese joven de 20 años siendo dirigido por las voces de la televisión, ese año de la santificación de Juan Diego y el primer disco de Natalia Lafourcade. En mi impregnado sinsentido no hay más que la torpe idea de la desobjetivación del materialismo histórico, sin leer a Marx ni a los marxistas. Y van y vienen los modelos de interpretación de la realidad, van y vienen los nombres, los maestros, los años, van y vienen en este pozo de memoria que no identifica nada, ni un género, ni una identidad, ni un oficio, ni una disciplina, sino una entropía, un caos, residual. Este autopsicohistoria descompuesta, absurda, innecesaria, explicitación de una entidad egocéntrica carcomida, sin aliento, sin impulso, siempre tres o cuatro pasos atrás.

Todo cambia, menos este anquilosado ser un desperdicio, este haber dejado de creer en la libertad, ester haber sido colonizado, conquistado, sometido, este innecesario esforzarme por ser alguien y algo en el mundo. Anquilosada herida de envidias, rencores, desprecios, este sentir autobiográfico de no ser incluido, no ser parte. Eso que me hizo sentirme falsamente pleno cuando Fito Páez cantaba “la ventaja de no pertenecer”, esta constante negación propia, este no tener lucha, ni trinchera, ni frente, ni armas, ser una esterilidad que vomita frases, que no sabe versificar, que lee lo que nadie lee y escribe lo que nadie escribe. Un simple pornómano, narcómano, tecnómano, democratómano, un falso teórico. Así, en la raquítica esencia de lo cotidiano, un simple negado, una negación, la negatividad misma, un ser nada, nadie, ninguno. Este sufrir por no haber sido, este sufrimiento por lo que hubiera pasado, este falso arrepentimiento, esta sordera, necedad, obstinación, de algo que nunca fui ni seré, algo que no volverá, algo que nunca existió. Este sin sabor, sin saber, sin sentir, este no-hombre, no-amigo, no-hermano, no-novio, no-intelectual, no-lector, no-estudiante, no-creador, no-emprendedor, no-trabajador, no-pleno, este criticado, expuesto, nimio, incipiente. Todo pudo ser distinto, no volverá.