La metáfora militarista del arte parece un obsoleto anacronismo de un “avance” hacia una “victoria” ya muy deslocalizada respecto, por ejemplo, a los capitales globales. Lo que deberá perdurar es el ejercicio de la crítica, pero no hay quien haga la crítica de la crítica, ni hay crítica de los críticos. Seguir dando forma al pensamiento vanguardista, mal ubicado, permite asumir un rol de participación activa en la historia bastante aparente. No se reconocen los límites ni los esfuerzos ni las formas que las alternativas marginan, si la historia desde la hegemonía plantea a unos desposeídos, ¿quiénes son los desposeídos de los desposeídos?
No creer en la libertad implica aceptar condicionantes biológicas, existenciales y sociohistóricas, que fungen como determinaciones más allá de los procesos de reinstitucionalización global. Hay seres sin agenda que no entran en la agenda pública y seres que deberían ser prioridad para la agenda global que en los hechos materiales no lo son. La idea de la libertad, con derechos y obligaciones, es la piedra de toque de todas las formas no acabadas de colonización, esclavismo, explotación, segregación y discriminación. No es un discurso de “tolerancia” al estilo de Voltaire o de regímenes que se suceden, traslapan o sobreponen, sino que, en los 400 años que van de la gloriosa revolución inglesa hasta hoy, han marcado las elaboraciones maniqueas y dicotómicas para legitimar y validar un gradiente de experiencias en sí inabarcables. En sí, el principio de libertad se restringe por el principio de individuo, donde empiezan mis derechos terminan los de los demás, pero en una creciente sociedad digitalizada, desalfabetizada y desinstitucionalizada (o reinstitucionalizada) la libertad parece fincarse como un paradigma tradicionalista, con genealogías intelectuales y actitudinales, en proceso de renovación y no de crítica.

No se puede, desde este falto de criterio comentario, evadir el hecho de la no resistencia o la no oposición a actos y conductas, pues al final resistir, con ese manto de dignificación, depende de esa visión armamentista de la vida, de la historia y de los hechos. ¿Qué hay más allá de esa metáfora empleada con el revolucionarismo y la resistencia y la vanguardia empleada de forma romantizada para indicar caminos y acciones colectivas? Seguir creyendo en la vía revolucionaria no hace visibles las contradicciones de muchas revoluciones, como la cubana que de la mano de Castro y Guevara mantenía alianzas políticas y diplomáticas con los más cruentos opresores de las guerrillas mexicanas desde los sesentas. La idea de revolución, como movimiento extremo, tampoco es comparable en nuestro presente a una modificación paradigmática, actitudinal y social, suficientemente capaz de mostrar salidas a problemas de formas alternas. Eso no niega las alternativas, pero en sí esta imaginación revolucionaria es igualmente tradicionalista, conservadora y maniquea. Sin duda, la transformación del mundo es uno de los valores principales de la acción humana y en este ingenuo observar el encasillamiento simplista de lo vuelto e mover no me es posible más que admitir que también la metáfora de lucha, como resistencia, no es suficiente. ¿Cuántos hombres y mujeres de acción frente a trasnacionales globales, crímenes de Estado, despojos campesinos, agresiones estudiantiles y un largo etcétera ha terminado asesinado por su resistir y luchar? En la idealización romantizada de estas metáforas militares, pensando en los ejemplos de los periodistas asesinados año con año, ¿cuántas voces son silenciadas con el asesinato y cuánto se pierde con ello? Porque junto a las dimensiones y roles de las formas instituidas, contrarias a los anarquismos posibles, detrás de los líderes y representantes hay familias, antecesores, precedentes. Como detrás de los asesinados hay familias, hijos, parientes, colegas, que dejan todo para sobrevivir. No es entonces mi intención justificar la pasividad social, pero las formas de transformación del mundo deberían también actualizarse para evitar seguir reproduciendo los anacronismos “libertad”, “revolución”, “resistencia” y “vanguardia” como epítetos romantizados que lo único que encubren son las formas contradictorias de existencia. Por eso, no es que se haya terminado el neoliberalismo o que no se deba modificar y criticar el sistema capitalista, pero en nuestra metafísica internética ¿enteramente es válido luchar por una vanguardia, se puede resistir al sistema con todos esos muertos y muertas, se puede revolucionar el mundo para que quepan todos los mundos (incluidos los mundos de los tiranos), se puede creer en la libertad cuando somos cada vez más interdependientes?

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