La teoría se basa en los casos y en sus generalizaciones, pero también representa una posibilidad de aplicación. En cuanto a la teoremática que nos concierne aquí el semantema ‘pornonarcotecnodemocracia’ representa una aglutinación no posible en lengua española, al estilo del idioma alemán, pero que denota un estado de las cosas. Asociable al patriarcalismo histórico, conjuga el elemento de la mujer sexualizada explicitamente con la dimensión de un espíritu narcótico junto al desarrollo innovado tecnológico y el juego político de las minorías. En su dimensión sexualizada la mujer ostenta una simbología que niega la vejez y la infancia, para colocarla en su esplendor maduro físico, pero no mental. Esta sexualización femenina se trasloca al hombre y las minorías de identidades de género, consiguiendo un efecto de sexydelia o exposición sexual. La explicitación responde a la hegemonía masculina y masculinizante histórica, cuya contra parte institucional sería la familia, la iglesia, el Estado, el matrimonio, entre otras formas instituidas.

La existencia de un espíritu narcótico, descolocado de sus funciones rituales, mágicas, chamánicas, litúrgicas y ceremoniales representa otro nivel del semantema. En ese sentido, la narcotización legitima un estado de ensoñación, tan bien definido como paralelismo del industrialismo, bajo la premisa de la negación del bienestar. Esta narcotischengeist en un mal alemán es parte del furor que remite al technogeist festivo, un dejo de abandono al tradicionalismo o una refuncionalización de la tradición a partir de lo innovado. El espíritu narcótico representa un paradigma ineludible del constructo sociohistórico de la rebeldía entendida como negación institucional, que exacerba la hybris cultural, ideológica y fisiológica. Pero no hay en sí, salvo casos dramáticos de la realidad, una segura manera de experimentar con este ethos narcótico sin sondear los abismos de la locura, la enfermedad mental, el delirio, la muerte, la cárcel, la hospitalización psiquiátrica, entre una gruesa variable de fenómenos derivados de la actividad de narcotización. No hay, por ello, una excepción drogadictiva que permita comprender algo distinto a la experiencia de la negación de la realidad. Tampoco es en vano la política pública anti-adictiva implementada desde muchas trincheras, cuando puede haber rasgos de comportamiento adictivo en instancias no bioquímicas ingeridas, como lo son el sexo, el juego, los video juegos, la comida, entre un largo número de experiencias y actos que pueden construir modelos enajenates. Sin un afán moralista, de lo que se trata hasta aquí es de esta pornotización de la cultura, de la explotación sexualizada de la mujer y del mismo sexo, como una forma de saturación estimulante, que niega, como la narcotización, las realidades. Pero, en un tono de reducción al posible recrudecimiento moral de esta idea, la dimensión lúdica perdida, la que rompe los límites de la recreación, es la que genera esta exageración pornonarcótica.

Como tercer elemento está la tecnificación y la masividad de lo tecnológico innovado que abre las pautas para que exista un amplio espectro de experiencias expresadas mediante mecanismos exoepiteliales y que dotan de una infraestructura con fines culturales al grueso de la población. La híper tecnificación de la sociedad posindustrial se amalgama con el acceso fácil, expedito, cierto, seguro y fiable a los cuerpos desnudos y en actos sexuales, al ludismo sexual, también, pero igualmente al mercado drogadictivo, mediante los dispositivos tecnológicos. De ese modo, como mencioné, el espíritu techno deviene en narco espíritu y en porno espíritu, como mecanismos que enaltecen dimensiones y formas de actos criminales pero legitimados por la ahora falsa idea de la adultez. En sí la teoremática expuesta aquí es indisociable del mito democrático —y democratizante— que en vías de la defensa de la pluralidad incluida como totalidad promueve una segmentación social bastante dudosa. En sí, el juego democrático, no sólo en el nivel político sino también en el cultural, representa una fórmula desligitimadora de la diferencia al intentar aglutinar en mayorías los cuerpos minoritarios. Las diferencias minoritarias de segmentos sociales, no sólo de los vulnerables, discriminados, inferiorizados, segregados y estigmatizados, intentan ser agrupadas en formas de legitimación (derechos humanos, estudios académicos e institucionales, movimientos políticos), que si bien mantienen su valor en sí mismos, cuando son instituidos parecen perder su peso específico diferencial.

De ahí, entonces, que este semantema o teorema de la ‘pornonarcotecnodemocracia’ ostenta una existencia cultural de un tipo de ser y estar, de actuar y sentir, el mundo en el siglo XXI. Más allá de lo equívocado de las aseveraciones en este planteamiento, de lo que se trata es de reflexionar una categoría suficiente que englobe las formas contradictorias del hommo internéticus y su vivencialidad postinternética. Lo innecesario de esta opinión y discusión, no está en duda.

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