En el dolor de los hechos y las vivencias consiguen plasmarse momentos de quiebre y fortaleza. Cuando en 1997 salí de la prepa, sin fiesta de celebración y con pura farándula de por medio, desistí de ser parte del rito de paso de transición de la secundaria a la prepa para irme a la Ciudad de México a presentar mi examen de cinta negra primer Dan. La experiencia había conllevado desde 1996 una investigación, su escritura de resultados, un trabajo de lectura y documental, plasmado en una tesina respecto a los cambios psicológicos promovidos por el Tea Kwon Do. Se realizaron entrevistas y trabajo en fuentes secundarias, se plasmó un escenario posible de Corea, se identificó una idea de corporeidad mesoamericana y otra asiática, entre otros de los principales tópicos ahí tratados.

1997 cuando contaba con 15 años en mi historial vital, punto de inflexión a la vida adulta, mercenario de los textos, péndulo de las palabras, escritor mequetrefe en un abismo de instantes. En el entre cruce de Mariana y los limos vividos de terrenales placeres. Desde el amantazgo de Makloivia, mi guitarra curada por Octavio Aranda. Ese tiempo de arracheras, pláticas de Pedro Aznar, convites a un mundo creciente y desbordante.

Las huellas tejen ese camino de 25 años desde una tesis y la otra, en un abanico de opciones para interrogar la participación ciudadana en el desarrollo del conocimiento. Pero igualmente dan cuenta de una tendencia de polígrafo no siempre muy bien conducida. En ese entonces, bajo la tutela materna, escribía textos con cierto aire académico que representan ejercicios de lectura y escritura no siempre muy bien estimados ni tampoco de la mejor calidad posible. Ejercicios al fin de una carrera de escritura identificable en 1992, tres décadas de escritura, lectura, vericuetos intelectuales, quiebres, crisis, realzamientos, toda una épica personal, este recorrido desde 1992 hasta 2022, pero en sí, bajo los testimonios, desde 1997 y hasta la tesis doctoral que espero defender muy pronto.

Ese poligrafismo me conducía a escribir versos y a leer biografías, me incitaba a trazar rutas según mis propios criterios muy poco fiables. Pero eso sí, versificar desde componer canciones, ensayar, escribir cuentos, sentarme en un escritorio y ponerme a trabajar. Por aquellos años escribía una novela que nunca terminé, Un amor lejos de la realidad y en cambio para el año 2000 preparé mi ensayo sobre educación. Una autoetnografía o autoepistemografía, según sea el caso, cuando se trata de ubicar mis tejidos de relaciones sociales y mi red de saberes y conocimientos. En ese inter, las experiencias universitarias truncas y los esfuerzos por participar en actividades académicas, dieron fisonomía a ese librito mal vendido Retazos quebrados de la vida. Toda una experiencia de escritura, de pasajes de saberes y conocimientos a urdimbres textuales, de análisis y formas críticas de construir un perfil propio desde lo escrito.

1997 fue ese año en el que quedó registrada aquella tesina, un simple ejercicio que no tuvo defensa salvo en el nivel práctico del examen de cinta negra. Al final desistí de la práctica del Tae Kwon Do pero los vestigios de esta escritura quedaron en mi archivo personal, como frutos de mis primeras investigaciones orientado por mi madre, mi hermano Emiliano, auxiliado por mi hermana Luisa, junto la entonces asesoría del profesor Santiago Escutia Martínez, en ese momento director de Moo Duk Kwan Coatepec y después fundador de Excelencia Marcial Coatepec.