Encendería toda calma ese manto derruido como vestido de lentejuelas en el trance al acto erótico pero en el quebranto mismo de los extinguidores vaporosos el mal humor reina. Las consabidas maniobras de elocuencia reverdecen en el triste musitar de los astros. Gallinas atómicas demarcan el territorio de los astringentes mareos en el colapso cuantioso del nombrar. Al finalizar el desquicio del tedio la culpa es solamente de quien escribía con pluma fuente. Por si no fuera necesaria la vocal en medio del diptongo un hiato parece surcar el maremoto cierto de la sinécdoque que interfiere con esta metáfora incrustada en las astillas verbales de la tabla alfabética de las palabras. Pero contra viento y marea los apostillados momentos de escarnio contumaz encintan la vileza de los panteones contra los candiles indómitos de las rendijas fugitivas de la cornisa mental. ¿Cuánta esterilidad es necesaria para ver lo innecesario de esta palabrería como de autor jamás consumado ni por consumarse? Entre tanto las maquinarias de tu boca con tu aliento trapean mi lengua y al fumar el humo destrapea mi paladar. Porque toda la vida parece que estoy esparciendo ese elixir polvoso que es mantenerse en pie después de cinco minutos de felicidad y decirle a Dios, para, es momento de una auto constricción volitiva. Contra señalo los quicios mismos de lo indecible porque el trecho que recorre mi mano es tipográficamente infértil y porque al señalarme la lid del quid de los años me endilga la hoz luminosa de racionalismos ya esterilizados por las postmodernidades ramplonas y heterogéneas. Por eso mi polvo es humo trapeador y mi aliento es trapeado también con ese polvo, mi vista es polvo, mi polvo es carne, mi carne es tierra, mi tierra es sueño, mi sueño es paleta helada de limón, mi limonero es territorio de hormigas, mi hormiguero es letra, mis letras son abismo, mis abismos son gallinas atómicas.