Los hechos infinitos en los que se puede descomponer el cotiempo no son abarcables más que como particularidades singulares cuando son observados en relación a dicho cotiempo, aunque no de forma dependiente a él. Las versiones de observación estructuralistas permitieron mostrar un entramado referencial y relacional binario y opositivo. En otra construcción epistemológica el historicismo y la hermenéutica construyeron urdimbres interpretativas diacrónicas, más que sincrónicas. En otro sentido, el formalismo ruso se interesó más por la obra que por el psicologismo del autor. La estructura verbal, en ese sentido, fue prioritaria. Esto atañe a concepciones del tiempo. El tiempo sincrónico o cotiempo ya existía como cotiempo o como lo contemporáneo, marcado desde 1789. Pero ¿acaso no es una tiranía el tiempo cotemporal?

La experienciabilidad distemporánea estriba en los factores subjetivos exacerbados en cúmulos inabarcables que hacen posible, en un estado sincrónico totalizante dado por la metafísica internética, la convivencia de infinitas formas expresivas. La idea de lo distemporáneo enunciada así no resulta algo novedosa sino más bien revela la multiplicidad cultural de las concepciones del tiempo en las culturas, históricamente establecidas al dominio cronológico occidental. En ese sentido, lo distemporáneo ha existido históricamente desde la presencia de las variedades culturales y sus contactos, aunque la idea del cotiempo, marcada por el civilizado mundo europeo, diluya la versatilidad de los tiempos. Otro factor de construcción temporal, distintivo y normalizador, ha sido el constructo de nación, como elemento prioritario para definir lo contemporáneo. Pero lo distemporáneo precisamente estriba en esa versatilidad del tiempo no hegemónico, no oficializado, no aglutinante, sino más bien heterogéneo, diverso y excluyente.

De ese modo, la experiencia distemporánea estriba, desde nuestro presente mediatizado por la experiencia web, por las posibilidades de acceso a formas culturales de épocas tan disímiles como libros o textos de la edad media, música de la época clásica, pintura flamenca, cine experimental checo, expresiones étnicas en todas sus variantes, registros sonoros, video clips musicales de distintas épocas, entre un sin número de expresiones. Pero esta versatilidad de tiempos insertos en un cotiempo son inabarcables. En ese sentido una fenomenología de las formas de los tiempos darían forma a las unidades de la distemporaneidad aunque en sí la experienciabilidad distemporánea representa una sensibilidad contraria a la generalización normativa de los tiempos oficiales, patrimoniales, genealógicos y políticamente legítimos según calendarios instituidos.

Un ejemplo de experiencia distemporánea en el pasado histórico queda claro con la llegada europea a las tierras americanas y el choque civilizatorio entre los indoamericanos y los europeos, que ya se había expresado en el choque de éstos con los grupos africanos en el siglo XV. Se trató del choque de formas de tiempo distintas, intraducibles, incompatibles, no negociables, incomprensibles entre sí. De ese modo, bajo el lema de que la historia la cuentan los vencedores, las formas distemporáneas se han mantenido soterradas, subterráneas y ocultas en el decurso histórico, aunque hay ejemplos en los cuales tales formas distemporáneas consiguen institucionalizarse y se convierten en normativas temporales de nuevos cotiempos. Al final, mi reflexión busca mostrar una relatividad temporal-cultural no siempre asumida ni observada, la cual define cómo podríamos experimentar lo distemporáneo, en tanto crítica de lo contemporáneo, primero, como normativa del tiempo último presente, pero también como descomposición alterna de esa mitología de un cotiempo que nos abarca, cuando parece más bien que esa noción de lo contemporáneo resulta una muletilla fácil, hegemónica y legitimadora, que no ve más allá de sí misma, y que necesariamente, según los hechos humanos, debe teorizarse en sentidos distintos a los establecidos hasta ahora. Al menos, asumiendo que nuestra era es distinta y debe plantear distintos problemas, conceptos y realidades, donde cabe preguntarse si lo contemporáneo, válido aún, no comienza a ser anacrónico o si no debería intuirse otra forma de nombrar la experiencia del tiempo presente.

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