¿Quién para que vivas
dice: eres… un algo, un alguien?
¿Acaso la curvatura
de los oficios
nos esconde,
pero somos más
que lo hecho y lo dicho?
¿Quién entonces
de legítima voz
define lo que nos hace
comunes y distintos?
Ni en la negrura original
ni en la luz divina
existen escondites
para el ser indómito, eterno
y fugitivo. Porque en las lindes
de las antípodas
somos matices y coloreamos
o ennegrecemos
vidas e instantes, actos
momentos y circunstancias.
¿Contra qué ruindad nos definimos
poetas, historiadores, antropólogos,
economistas, si siempre oculto
en nuestro simple complejo
somos humanos? Si en las facciones
y los corpúsculos
estamos arrinconados, nuestra ceguera
fanática nos embelesa, olvidamos,
además, que no somos los únicos
ni los más aptos ni los más sabios ni los perfectos:
porque construimos dioses y creímos en ellos
aunque por su favor vamos siempre a la guerra
y nos matamos y nos herimos
y dejamos todas las fuerzas del tiempo
contradictorias entre sí.
¿Quién nos indujo a promulgar
nuestra tiranía si más que hombres y mujeres
somos enemigos por ideas, por creencias;
por ídolos rancios y desvencijados?
¿Por qué no tenemos la simpleza del puma
o la libertad del quetzal? ¿por qué
escondernos en un pecado y en un castigo?
¿por qué no ser como las hormigas y las abejas
sino más bien impulsar todas las formas
de la destrucción? Quienes comandan
liderando la campiña horrenda de nuestro presente
serán la memoria, pero ¿serán los sujetos
recordados por las masas famélicas y moribundas
de todos los tiempos futuros?
Al final todos lucramos con la esperanza
porque nuestro mundo de contradicciones,
de razones, de credos y libros, de palabras
y escrituras, fueron marcados injustamente
como entonces y desde ahí se marcan cicatrices
en los pueblos y los territorios.
Si en nuestra morada auténtica tuvimos
un jardín inmenso, su metáfora inexplicada
secularmente es la vida y no el castigo.
Por esas rendijas de los atardeceres
que confunden al sol con un planeta
nosotros somos, todos, todo el tiempo,
pero nuestra contradicción es violenta siempre
porque no podemos ya volver a la inocencia
ni tampoco encontramos la forma
de conducirnos con razones. Al final
un precipicio distinguirá el camino
que nos une en lo común: nacer para morir,
pero ¿vivir para qué? Quien se define
un algo o un alguien deja de lado
su ser un otro para otros todo el tiempo.

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